El venado zombie

Juan Carlos Ponferrada

 

No recuerdo con exactitud el nombre de aquella finca, ni siquiera el de la mancha que nos tocaba montear, de lo que sí me acuerdo como si fuera ayer era que estaba en Ciudad Real y que el programa contratado constaba de dos manchas de la misma finca, que se daban en distintas fechas. Supongo que uno tiende más a memorizar un solo acontecimiento cuando éste es relevante y se olvida de los detalles que rodeaban al mismo.

El hecho es que después de un día de montería bastante flojito, debido fundamentalmente a que no paró de llover en ningún momento, nos reunimos los monteros participantes en un bonito cortijo, cuyo pabellón de caza estaba flanqueado por dos grandes chimeneas que hacían las delicias de los que nos había caído encima el mismísimo cielo durante toda la jornada. Recuerdo que tiré un buen cochino al que el hecho de soltar el paraguas, coger el rifle, quitar seguro y disparar, le salvo la vida bien salvada entrando al monte en su huída.

Tras la comida y en la tertulia del café, captó mi atención un señor de unos 60 ya cumplidos, con un inconfundible acento madrileño que narraba un lance que bien merecía la pena escuchar: Contaba este señor, al que acompañaba su mujer (la cual asentía con la cabeza todo lo narrado) que estando en el puesto escuchó una ladra cercana que no tardó en traer una collera de venados de frente, a los cuales abatió a escasos metros del puesto, quedándose “fritos” bajo la intensa lluvia que caía. Esto, ocurría a pocos minutos transcurridos desde la “suelta” de perros; y durante todo el puesto aquellas dos reses quedaron inertes frente al mismo, siendo incluso mordisqueadas por los perros que los levantaron y dirigieron hacia su muerte. Pues bien, al terminar la jornada y con el rifle en su funda, se acercó para ver y marcar los venados como manda la costumbre y cuál fue su sorpresa que al tocar la cuerna del venado mas grandecito de ambos, éste se levantó, se tambaleó durante unos segundos y salió corriendo como alma que lleva el diablo, sin presentar signo alguno de estar herido. Entre los espectadores, que habían crecido en número a medida que aquella historia avanzaba, se observaban caras de incredulidad, aunque nadie se atrevió a opinar o contradecir aquella extraordinaria anécdota.

Por mi parte, como monteaba solo y no conocía a nadie excepto al orgánico, busqué la forma de acercarme a la pareja mientras ojeaba las escasas reses que conformaban la Junta de Carnes. Estaban junto a un venado de 10-11 puntas y aproveché la ocasión para preguntarle si ese era uno de los que había abatido en el lance que había contado junto a la chimenea y el hombre me miró con cara de alivio y me volvió a contar la anécdota con algún detalle más, sintiéndose respaldado por un espectador anónimo que parecía creerle. Y la verdad es que no me esforcé mucho en creer, ya que su voz y su calma al contarlo me convencieron definitivamente de que aquel hombre decía la verdad.



De regreso a Ciudad Real (donde vivía en aquellos años), se me alternaba la imagen de mi cochino huyendo ileso y la de aquel hombre al tocar los cuernos del “venado Zombie”, mientras conducía bajo la lluvia que no había parado desde la noche anterior ni un solo momento.

No pasaron ni tres semanas cuando estaba de regreso en aquella misma finca, para montear la siguiente mancha. No pude evitar buscar con la mirada a aquel señor, ya que a pesar del tiempo transcurrido su historia me volvió a la cabeza, pero no pude identificarlo.

En esta ocasión el día acompañó y lució el sol toda la jornada. Me tocó un puesto de carril, que a pesar de ser bastante feo, dominaba en frente, a escasos 70 metros, un trozo de testero de monte bajo, coronado por un lantiscar atiborrado de monte. El resto de mi visión era prácticamente nula fuera del carril, ya que había un pronunciado barranco con monte tanto delante como a mi espalda. Soltaron con la “mano alta”, es decir, de arriba hacia abajo y a escasos 300 metros de mi posición. Permanecía atento a los perros que se aproximaban al lantiscar, mientras pensaba en la posibilidad de un cochino encamado que tomara el testero en cualquier dirección. Cuando la rehala entró al lantiscar la ladra saltó al instante, resonando fuerte y agresiva, como cuando levantan un buen cochino. La ladra, para mi pesar, se convirtió en agarre y todos los perros de la rehala se echaron encima, yo no veía nada más que perros y monte moviéndose y me mantenía alerta a cualquier cambio de dirección del agarre. Pero no fue así, el perrero no tardó en entrar cuchillo en mano y acabar con la ladra en un par de minutos, echando a los perros para que siguieran con su labor recién empezada. Por fin se calló y el perrero me llamó la atención y me dijo:

—¿Luego lo señala usted?

A lo que respondí con una voz afirmativa.

Transcurrió la mañana con más pena que gloria, ya que las ladras iban todas hacía abajo y no fue sino al final de la mañana cuando un incauto “cochinete” intento cruzar el carril quedándose en el intento y un venado medianito intentó llegar al lantiscar pasando por el testero y sacándome los cuatro tiros antes de caer. Bueno, no era lo esperado en esta montería, pero me daba por satisfecho con no haberme mojado como la vez anterior y además haber matado dos reses.

La vuelta de los perros fue por el carril, propia del cansancio que acusaban, así que di por terminado el puesto y tras apartar un poco el cochino, me encaminé hacia el testero para señalar las reses, la propia y la ajena. No me costó mucho seguir el rastro de sangre de mi venado, que presentaba tres de los cuatro tiros propinados, todos mal colocados claro está y me encaminé a señalar a lo que creía que era un cochino. Me costó trabajo apartar monte y poder avanzar poco a poco al lugar indicado por el perrero y tras una jaras aprecio una buena cornamenta de venado, tras lograr apartar todo el monte doy casi de bruces con un venado de 16 puntas pero de cuerna demasiado blanca, como decolorida, algo raro (por el porte de la misma) para un venado enfermo que los perros agarraron con facilidad. Aquel animal estaba raquítico y aparte de los mordiscos del agarre, presentaba una deformación en la cabeza, cogí las cuernas y volví la cabeza para comprobar qué le pasaba; presentaba una herida (llena de gusanos blancos, objetivo sin duda de alguna mosca) que empezaba en el mismo hocico del animal (del que le faltaba algún trozo y algunos dientes), para continuar hasta el ojo derecho que estaba de color grisáceo, hinchado y casi cerrado.

—¡Me cago en la pu…, este venado es el que se le levantó al madrileño!

Observé a aquel animal y traté de recordar el lance contado en la montería anterior y todo apuntaba a que aquel animal cayó al suelo conmocionado por el disparo, y se quedó inconsciente durante toda la montería hasta que su dueño se acercó a marcarlo. Así que aquel montero decía la verdad, el animal murió y resucitó en la misma mañana, bajo la mirada atónita de aquel matrimonio.

Le comenté al orgánico lo sucedido y éste no dio muestras de entusiasmo alguno por el hallazgo, incluso asintió la cabeza cuando le indique que debería de llamar a aquel señor y al menos comunicárselo por si quería el trofeo, pero mucho me temo que no fue así, en aquel momento su preocupación estaba centrada en el pésimo resultado de la montería al que en esta ocasión no podía achacar a la lluvia. Como en tantas ocasiones, lo pagado y lo matado, no se correspondían.

Me hubiera encantando poder comunicar a su dueño que el venado zombie había aparecido, que en verdad merecía una tablilla, tanto por la cuerna como por la increíble historia vivida con que aquel pobre animal, de la que por puro azar me hice partícipe. Sirva entonces este pequeño relato para que “alguno” se sienta retratado y para que ese mismo azar lo haga llegar a su propietario.