El ‘tocaor’

José Luis Lobo Moriche

 

Apenas almorcé, sólo comí nervios. Antes de las cinco de la tarde ya estaba en el rellano delantero de El Cañuelo, con los avíos en las manos. La luna apenas alumbraría, así que ensayé lampreazos con la linterna, las cinco y media, viento de poniente, escopeta montada, linterna liada con gomas bajo los cañones, palometas, pelliza y cinco balas en el bolsillo del pantalón.

Entro en el campo de batalla imaginándome que yo soy el ‘tocaor’, levanto la pisada, me engurruño y acaricio las matas que se me presentan delante. Me subo al alcornoque, y acomodo mi cuerpo sesgándolo hacia la izquierda. De frente y asolanadas, Las Camorras y Maladúa; de frente y umbrío —mucho más cercano— el hondo venaje de murtas, madroñeras y demás barbasco que llega hasta la rivera y donde seguro que el duende se encama; y a veinte metros de mí, la solitaria baña que lo espera. No es momento de lirismo alguno, mi cuerpo en alta tensión no es sensible a las bellezas. Me esfuerzo en alejar el sol, halo del lucero y de las estrellas. Oigo las voces de un cabrero llamando las cabras rezagadas, y por fin la tarde se apaga. Unos mirlos se inquietan en el venaje y vuelan no sé a dónde. Los mirlos son nuestros alcahuetes, como si me estuviesen anunciando que el carrasqueño está desperezándose antes de tomar el baño. Los oigo más abajo, anunciándome: «Ahí lo llevas». Instintivamente muevo el seguro de la escopeta hacia delante; y, como Churubito, siento más de un repeluco.

Chasquea alguna mata escarchada. ¡Esto es llegar y pegar, no me lo creo! ¡Lo voy a matar casi con sol! Falta ‘el casi’, es terco, no deja el venaje, ¿qué andará tramando? Debe salir ya, ¡pero no sale! La agonía de la luz natural no lucha a mi favor, sin embargo a él le está dando vida. ¡Tendré que echarle la luz artificial de la linterna!, ¡la tenue luna no me sirve ahora! ¡Por fin sale! Lo barrunto; si yo fuese Churubito, seguro que también contaría sus respiros. ¡Qué astuto! ¡Cómo esquiva la baña! ¡Cómo se tuerce buscando el falso collado para desde allí ventear mejor! Lo sigo barruntando. ¡Estará casi a tiro! ¡Hay que esperar, dejar que empiece su aseo! La escopeta busca ya la baña, ¡él aún no! Me pica el cuerpo, la espalda, las piernas, algo muerde mi piel, un insoportable hormigueo picante de rabudas incordia mis manos, las sacudo y, terriblemente, mis botas se descuelgan al vacío y suena a bornizo raspado. ¡Adiós al instante sublime! ¡He echado la espera a tierra!

¡Qué furia de animal salvaje! No bufa ni tampoco huye huraño ni se esconde bajo las primeras estrellas de la noche. Muy al contrario, inicia múltiples rebotadas sin apenas coscarse del mismo sitio. Desafía al ruido extraño del bornizo, sabe que algún intruso ha invadido el lugar del baño; no tiene señales evidentes del invasor porque el viento de poniente no está despidiendo chero humano, chasca el matorral como si acerara el collado, ¡terroríficos derrotes a las viejas jaras y terroríficos chasquidos de sus defensas al aire! ¡Se ha convertido en ‘bailaor’, oculto tras el tumbaviso del collado! De nada serviría que encienda la linterna. Ya no hay nada que enderece el entuerto. Sigue en sus treces de romper el barbasco del collado, él no bufa pero sí truenan los chasquidos de las jaras abiertas en garranchos. Estoy en alto, fuera de su alcance. Sin embargo los furiosos envites al matorral me imponen casi pavor. Espero subido, él también espera, ¿a qué?

De repente callan los chasquidos y él se hace más huraño. Tiempo para que calme las iras, para que reinicie su campeo. No sé qué rumbo ha tomado. Si Churubito estuviese aquí subido, oiría palpablemente sus pisadas por las solanas de Las Camorras o barruntaría sus chapoteos mientras se baña en la aliseda de la rivera. Aunque soy tardo de oídos, creo haber sentido, en tino de la alambrada de La Caballona, unos fuertes zarpazos de fiera atrapada. ¡No estoy seguro de tan extraños ruidos! Descargo mi escopeta y me bajo del alcornoque, ¡sigo sin ver al ‘tocaor’!

Ahora vendrán los días de lamentaciones y las noches de pesadillas a la espera del olvido. Han pasado quince días y es hora de reiniciar la danza de la búsqueda carrasca por carrasca. Vuelta a empezar: Merendero, Gamitas, Caballona y Cañuelo. Nada en las marrás, nada en los viciales, nada en las hoyas de alcornoques, nada en el quejigal, nada en el encinar de la umbría, nada en las enlamadas de la rivera, nada en las tres primeras coladas de la cumbre de El Cañuelo. ¡Ay, de mí!, ¿quién fue el desarmado cazador que colocó el alambre acerado con forma de lazo? Me paro en la cuarta colada, sólo quedan como muestras de su fiereza un grueso tronco de encina amarrado con alambre y el gastaero del carrasqueño que tocaba el bordón y que bailó desafiante muy cerca de mí. Murió, pues, sin una muerte digna. Murió aprisionado por el acero, la misma noche de la danza, a escasos metros de quien lo esperaba. ¡Si aquella noche Churubito hubiese estado subido al alcornoque, seguro que —como armado cazador— lo hubiese socorrido!


‘lampreazo’: fogonazo de luz.
‘venaje’: inicio de un regajo en una ladera.
‘carrasqueño’: jabalí menudo y de buenas defensas que acostumbra a encamarse entre carrascas (coscojas).
‘tumbaviso’: lo que está detrás de la línea de visión.
‘marrá’: pequeño sotobosque de arbustos, generalmente de coscojas y charne-cas.
‘vicial’: lugar pantanoso, con bañas.
‘gastaero’: lo que queda de una res comida por las alimañas.