Un macareno de leyenda

José Luis Lobo Moriche

 

Churubito me ayuda con lo que en estos trances dificultosos llamamos ‘dar un pie’, para que trepe un alto mesto que se alza empingorotado en medio de la hoya. El sitio atrae a cualquier buen cazador: algo enmontado, un lugar propicio para que un macareno tome aire; y de esos menesteres, las lunas lo habrán enseñado bastante.

A mi izquierda se eleva un enorme alcornoque del que apenas veo el vuelo del pie. Arranco un garrancho que está clavándose en mi espalda, corto las puntas de una rama y cargo con dos cartuchos de bala mi escopeta. El cielo, a esta hora de despedida de la tarde, nos regala a la Luna y a Marte por encima del castillo de Cortegana, y a Venus y Júpiter en el oeste. Veo a Marte, a la izquierda de la Luna, como si fuese una naranja brillante. ¿Por qué tanto lirismo?, quizás porque esté cansado de haber sido, durante varios meses, paisaje alrededor de un animal y me haya convertido en un hombre romántico que se ha dejado atrapar por el medio. Por ello, tal vez, repito serenamente versos de poeta: ‘A la luna de enero te he comparado, que no hay luna más clara en todo el año’. Luego la miro fijamente y no me hace daño.

Sigue el silencio, roto de vez en cuando por el sonar entrecortado y metálico de un cencerro en los huertos altos de El Hurón. Se me viene a la memoria una leyenda que habla de cómo unos cazadores persiguen un jabalí blanco, lo hieren y cuando van a rematarlo se escapa y huye. En el lugar exacto donde acosaron al animal albino, los cazadores fundaron una aldea, ¿El Hurón?

Cae la noche, que hace al paisaje noche también. Sin olvidarme de la leyenda, pienso en las cosas que rodearán a Churubito, por qué costado le entrará el viento sureño. Recapacito, ¡estoy dejando de ser cazador en la noche!, y acaricio la culata. No he mirado el reloj, serán más de las ocho. ¡Nada! Apenas domino el suelo del cabezo que se inicia a escasos metros de mí. Levanto la escopeta y me figuro que la jara que está a mi derecha es el bulto del cochino. Meto la cara y encajo la mata entre las dos palometas de papel de plata. ‘Si fuera el macareno, sería mío’. Bajo la Garbi y la tiendo sobre mis piernas. Luego, sacudo los hombros, la espalda y elevo mi cuerpo una cuarta desde la rama. El cencerro ha dejado de sonar en los huertos, y de nuevo me hago noche.

Hace un rato miré el reloj; ahora mismo serán las nueve y media, cuando mi cuerpo ha dado una especie de repeluco. Un acto instintivo me arrastra a que coja la escopeta y eche el seguro hacia delante. Esta vez el macareno viene empujando los matorrales. Sesgo el cuerpo hacia la derecha y me mantengo en posición de tiro, ¡se me ha presentado de sopetón! Unos veinte metros de negruras nos separan, ¡ahora sí que aprovecharé esta oportunidad! Apenas veo el bulto, y de nada serviría echarle la luz. ¡Tengo que jugármela, ser decidido y algo más! El bulto se ha parado, o por lo menos me lo parece. ¡Sí, ahí está!, apunto de mitad hacia delante y aprieto el gatillo delantero. Sigue al disparo, ladera abajo, un ruido estrepitoso de matorral arrollado. Retuerzo el cuerpo tratando de seguir el ruido y me quedo mirando hacia El Hurón. Aquel fantasma de cuatro lunas llega hasta la pared de los huertos y enseguida —sin dejar la inicial carrera— describe un arco que lo lleva hacia el sur, hacia mí. Esta media luna significa muerte, al igual que su instinto de buscar los limpios huertos de higueras. Ahora sube la ladera, a mi izquierda, y le regala una segunda oportunidad al cazador. Pasa por debajo del alcornoque de la caña alta; y tal como se va escabullendo, aprieto el segundo gatillo en una posición muy forzada debido a que mis brazos no me han dado el juego necesario para apuntarlo bien. Se lo ha tragado la tierra, ¡no me importa porque conozco la torpeza de mis oídos! La corrida ha sido propicia para que pronto sea mío. ¡Ahí viene Churubito con la ligereza que prestan las ilusiones!

—¡Bájate! ¿Qué ha pasado?

—¿No lo has oído pasar a la umbría?

—¡No! ¡Al collado no ha llegado; lo hubiera sentido!

—¡Entonces, tiene que estar muerto! ¡Ha corrido hasta los paredones del huerto, pero es una tontería buscarlo allí, porque el segundo tiro ha sido en ese alcornoque! ¡Que se haya torcido es muy buena señal!

—¡Vete al sitio donde lo has…!

—¡Por aquí ha saltado! ¡Cuántos trangallones va dando!

La noche es noche, una vuelta al lugar del primer tiro, la sangre hasta los paredones, la media luna, el alcornoque, las dudas y los temores infundidos por un jabalí sabio.

—¡Qué peste a guarro!

—¡Aquí está tu macareno!