El cachorro

Francisco López Herrera

 

“Remi, iam itum”.

Apareció un día, gorda, cansada, bien preñada. Era hermosa, de pelo largo todavía invernal, orejas puntiagudas, con el morro negro. La entrada de La Boticaria, llena de pinos plantados por el abuelo a finales de los años cuarenta, era un lugar acogedor para su situación. ¿La abandonaron allí mismo? ¿La dejaron por el cruce de la Autovía del Noroeste-Río de Mula y la carretera vieja de Caravaca? ¿La echaron de algún lugar no lejano? El caso es que, al día siguiente de llegar, parió ocho perritos, cuatro machos y cuatro hembras, éstas últimas sin vida. A las dos semanas dos cachorros murieron ahogados a pesar de que un joven agricultor de la finca intentara salvarlos repetidamente.

Cuando vi por primera vez a la perra loba y a sus dos cachorros, le di la razón a mi hermano, que me había recogido en mi coche en el Aeropuerto de Barajas: parecía la loba capitolina con su Rómulo y Remo. Por ello, y como no se sabía el nombre de la perra, días después decidí, con permiso o aceptación imprecisa del nuevo dueño, llamarla ‘Roma’.

En pocas semanas se llevaron al cachorro más grande, el de pelo muy parecido a la madre. Pero al más pequeño nadie lo quiso y se quedó en la finca, con su madre y al lado de ‘Kan’, el perro joven, basto, feote, destrozador, más o menos cuidado por el aparentemente desinteresado empleado del Estado que vivía, ya largo tiempo, en la vetusta casa de la finca, antiguamente casa de caseros, reconstruida hacía pocos años después del terremoto que a finales de siglo hiciera tanto daño en la antigua Lavinia y sus alrededores.

El cachorro parecía totalmente un gordo osito de lana negra, con pequeños ojos casi aún más oscuros y orejitas todavía medio caídas. Pero, como decía el joven agricultor, era de raza y pronto tendría las orejas bien puntiagudas.

Y así fue. Apenas tenía el mes y ya mostraba las orejas bien paraditas, atentas, delanteras. Naturalmente estaba siempre con la paciente madre, de la que mamaba frecuentemente. A manera que pasaba el tiempo le mamaba menos y comía más alimentos sólidos. Era un poco tímido y huraño, pero siempre juguetón; le gustaba mordisquear el bajo de los pantalones, los cordones de los zapatos, las patas y casi el cuello de la madre y de ‘Kan’. Como le traíamos restos de comida de nuestro almuerzo en la Casa de Paco, un restaurante de aldea cercano, se iba haciendo más y más amigable; al silbarle venía corriendo a disputarse las sobras con la madre, a la que dábamos comida extra por su lactancia. Y así, con cierta ferocidad y rapidez, comían juntos.

La madre y cada vez más el cachorro daban paseos con mi esposa. Se venían a la casa, pocos meses atrás construida, que estábamos acabando por dentro. Y el cachorro crecía; se veía, se notaba casi a diario cómo ganaba peso. Y seguía siempre negro, con las orejas triangulares erectas y los ojitos azabache.

Hasta que un día al regresar del almuerzo le silbé, como de costumbre; le silbé repetidamente, y lo esperé… pero el cachorro no venía. Y no vino. Le pregunté al indiferente dueño, habitante habitual de la dos veces centenaria casa de su madre, pero no sabía nada y no hizo comentario alguno sobre el asunto. Lo busqué por la balsa y la piscina de la finca temiendo un final semejante al de sus dos hermanos, pero, gracias a Dios, no lo encontré allí. Pregunté al joven agricultor, dueño de un trozo de La Boticaria, pero no lo había visto en unos días. Como yo, pensaba que no lo habría matado ningún coche en la vecina carretera; habríamos notado algo en el pavimento. Con mi mujer, empecé a creer, como última alternativa, que lo habían robado. ¡Sería irónico que no habiéndose encontrado a nadie interesado en el cachorro si es que de verdad se le buscó dueño, como siempre oí ahora, quizás, lo hubieran robado!

Pasaron las horas. Sentía una continua intranquilidad, cierta preocupación por el paradero del cachorro. Andaba por la finca mirando, por si acaso, con mis orejas como de perro en acecho, paradas, observando a la madre…

Al atardecer de todo aquel día en que no habíamos visto al cachorro la madre se fue de mi lado, andando de forma extraña hacia ningún lugar en concreto. Con más preocupación seguí el paseo vespertino con mi esposa, charlando y, a la vez, escuchando lejos. Y de pronto, como a las nueve, oí como un medio llanto, un apagado quejido que mi mujer creyó ser de algún niño. Pero no; era la débil, lejana llamada de socorro del cachorro en medio de la huerta, entre los albaricoqueros, cuyo fruto quería ya tomar color y tamaño.

Cuando escuchando y llamando llegué junto al cachorro lo encontré en una arqueta honda para el riego, un pozo rectangular de cemento de un metro de profundidad, intentando inútilmente salir.

Sacarlo y llamar a la madre, que no andaba lejos, fue todo uno. Entonces ¡qué de suspiros y ladridos y lloros y saltos y mordiscos y retozos del cachorro a ‘Roma’! A manera que andábamos hacia la vetusta casa en busca de agua y alimento para el cachorro, éste repetía incansable, feliz, quizás traumatizado, intensas muestras de cariño hacia la madre.

El cachorro bebió agua largo y tendido. Y luego saltaba y gemía, pequeño y lanudo escarabajo opaco, junto a la madre, mientras continuábamos todos, ya tranquilos y serenos, nuestro diario paseo por La Boticaria.