Galgos

Francisco López Herrera

 

Verdaderamente, la caza del galgo la conozco más por narraciones y reportajes que por haberla experimentado. Sólo recuerdo una vez que mi padre trajo a la finca de La Boticaria un par de galgos y por las faldas de El Lomo cazamos unas horas. Creo que echamos un par de liebres y casi quiero ver que conseguimos una. Los galgos corrieron, los vi un poco en la distancia, pero nada muy excitante. Por esto, mi recuerdo es hoy bien nebuloso.

Ciertamente, en muchas ocasiones he echado liebres y deseado haber tenido un buen galgo, o dos, para haber experimentado otra forma del apasionante mundo de la cinegética.

Como, por ejemplo, en una ocasión muy significativa para mí. Apenas tenía catorce años cuando mi padre me dejó su bella escopeta de la casa Éibar, del 12, de cañones paralelos, repujada y con el cañón derecho liso. Y me dijo: “Jaime, hijo, eres casi un hombre. Ya puedes usar mi escopeta. Recuerda mis enseñanzas y sé prudente”.

Casi siempre, en aquellos veranos inolvidables, cuando íbamos de caza, mi tío Fausto, casado con la gemela de mi madre, era parte integrante del grupo. Nunca aprendió a cazar ni a disparar bien, pero era un gran entusiasta y siempre estaba dispuesto. Era, además, entretenido cazar con él, pues hablaba mucho y exageraba un poco.

En la ocasión que menciono, mi tío y yo salimos temprano de casa. En quince minutos llegamos a las laderas de Los Chopos, el coto de un gran amigo de la familia, colindante con nuestra finca y con derechos de agua del río Lavinia como la de mi abuelo, aunque con menos horas, pues la finca de regadío era más pequeña. Estos montes, que lindaban por un lado con la carretera que llevaba al interior de la provincia a lo largo de unas cuestas con curvas por el barranco, generalmente con muy poca agua, llamado El Agüica, y por otro con el río Lavinia, eran estupendos para cazar. Con buena tierra y bancales cercanos donde los animales podían comer, con zonas tupidas y otras muy ligeras de arbolado, con colinas, algunos cerros y bastantes peñascos y madrigueras, huella de antiquísimos terremotos en la zona, era un coto precioso para la caza de conejos y perdices, particularmente, que ya conocía bastante bien cuando cazaba con mi padre y que, con el paso de los años, llegaría a conocer como la palma de la mano.

Eran las siete de la mañana, lo recuerdo bien. De pronto, oí un tiro a mi izquierda. Claramente era de mi tío. Algo habría visto y, casi seguro, lo que fuera, y lo digo sin ánimo de ofender la memoria de mi tío, de quien guardo agradable recuerdo, seguiría corriendo o volando, con cierto sobresalto, por el lugar.

Yo ascendía la leve pendiente dando cara a la carretera que quedaba a quinientos o más metros a mi derecha. Iba por una senda ancha, todavía con poca vegetación, en busca de la altura y de lugares donde podría abundar —pensaba— la caza. A los pocos segundos del disparo, viniendo en mi dirección, un poco por mi izquierda, se acercaban corriendo alocadamente dos liebres, sus orejas bien levantadas y con punta negra, saltando, quizás sin ver que yo, silencioso y atento, iba en dirección opuesta. Venían, sin duda, buscando la senda por la que mejor y más desenvueltas alejarse del peligro, alejarse de mi tío.

Jamás en mi vida había visto dos liebres vivas juntas. Jamás volví a ver dos liebres juntas en el resto de mis cacerías en el viejo mundo, aunque sí en el nuevo. El corazón me saltaba de emoción. Rápidamente me encaré la escopeta y, aun antes de que llegaran a mi altura, disparé a una que cayó fulminada. Aquello me bastó. Levanté la escopeta e hice caso omiso a la otra liebre que siguió corriendo pasando cerca de mí hasta perderse en la distancia. ¡Mi primer disparo con una escopeta del 12! ¿Cómo iba a disparar por segunda vez a otra liebre? Eso era casi imposible por la emoción del momento, por la primicia de mi disparo. Hoy día pienso que si hubiera esperado un par de segundos, al estar alineadas en mi dirección, con un solo disparo podría haber abatido las dos liebres.

Nunca más dejé de disparar los dos tiros si la ocasión se presentaba. Más de una vez dispararía a dos conejos, uno después de otro, sin recargar. Muchas veces disparé a dos perdices o dos codornices o dos palomas… Cada vez que surgió la ocasión, siempre descargué los dos cañones. Una vez me salió una perdiz y la maté de un tiro. Al caer al otro lado de aquel pequeño barranco, salió un conejo al que le descargué el segundo cañón del arma; sin embargo, marré este segundo tiro.

Pero aquella vez, aquella mañana con mi tío, aunque no disparé el segundo tiro, fue única e inolvidable. Fue mi primer tiro con la escopeta grande de mi padre. Ya a los catorce años, como cazador, empezaba a ser un hombre.

Aquella mañana bien pudo ser una mañana para llevar un par de galgos a mi lado y soltarlos al ver las dos liebres acercándose. ¡Qué experiencia tan especial habría sido entonces! Pero no llevaba galgos; nunca llevé personalmente galgos. Dudo, sin embargo, que la emoción con dos galgos pudiera haber sido más intensa para mí. Habría sido más bonita, sin duda alguna, diferente, con seguridad, pero no más aguda.

Mi tío llegó pronto y me dio, alegre y sincero, la enhorabuena. Y casi empezó, exageradamente, a compararme con mi padre, por el éxito de mi primer tiro.

Aquel episodio sucedió, sí, a las siete de una mañana veraniega, lo recuerdo bien.