Perros, conejos y una jaca en La Cantincharia

Francisco López Herrera

 

En un día veraniego fui con mi padre y, creo que con mi tío, ‘el cazador a la espera’ (pues a este tipo de caza empezó mi tío Fausto a dedicarse y así tener algún éxito), a una finca de uno de sus mejores amigos, distante una legua larga de la nuestra. Era famosa por su abundante caza de conejos, en sus montes y tupidos barrancos.

Como estaba lejos, llevamos un caballo (o jaca) no grande, pero sí mal encarado y algo peculiar, que tenía mi abuelo. Allí llevábamos los pertrechos de caza. Bajamos al río por la empinada senda que daba a los chopos debajo de la casa principal de La Boticaria, la que ocupaban mis abuelos y dos tías con sus familias. Lo cruzamos y seguimos la senda casi en dirección a la casa de El Murciano. Entonces, joven de doce o trece años, todavía vistiendo pantalón corto, que creía poder y saber hacer más de lo que sabía y podía, intenté subirme a la jaca saltando por detrás en una cuesta arriba. Por la situación física de la jaca y por no ser especialmente ágil, no pude llegar a colocarme en la grupa del animal.

Por instinto y protección del cielo, al ver que me caía, para no rozar a la jaca, empujé con fuerza sobre las ancas de la bestia con ambas manos y salté así hacia atrás. El mal caballo tenía la peculiaridad, desconocida para mí, de cocear al tocarle en las ancas. Una herradura del caballo me rozó la piel de una espinilla, haciéndome un levísimo arañazo, que yo, temeroso de alguna bronca, oculté a mi padre.

Hice, como los demás, todo el recorrido andando y charlando. No teníamos que molestarnos en mantener los perros cercanos o atados, pues perros no llevábamos.

Finalmente, a hora todavía relativamente temprana, llegamos a la finca de los amigos. Y así pudimos echar un par de horas largas de caza en zonas no lejanas a la casa solariega. Los perros, desconocidos, de nombre sin importancia y que antes de regresar a La Boticaria ya había olvidado pues no tenía interés en recordarlos siquiera, se movieron bien entre la maleza. Se metían como podían en aquellos grandes chaparrales y otras matas, sin casi ver nunca conejos, sólo oliéndolos y haciéndoles salir. Cuando los conejos salían, los varios cazadores cercanos, generalmente en las laderas de aquellos anchos y fértiles barrancos, disparaban con cuidado y gritos de “¡ahí va!, ¡por allí!, ¡mío!, ¡cuidado!” con harta frecuencia. Yo contemplaba aquella cacería, nunca antes experimentada por lo abundante, y sentía ser demasiado joven para acompañar a los adultos en tal tiroteo.

Y llegó la hora del almuerzo. Algún rato charlé con Alfredito, el sobrino de Pepe (el gran amigo de mi padre), y de nombre como su padre, el cuñado de Pepe. Era éste un señor que no vivía de ordinario en Lavinia. De él recuerdo, especialmente, sus fuertes botas de caza, con las que andaba sin peligro y bien protegido en la abundante maleza. Nosotros, todos los demás, íbamos calzados con las clásicas alpargatas o zapatillas de cáñamo o esparto y lona, sin calcetines, como se hacía por entonces en nuestra tierra. ¡Qué retrasados pueblerinos!

Deseaba que acabara la comida, abundante y buena, pero de la que no recuerdo detalles. Deseaba que acabara porque quería llevar al caballo a una fuente a más de un kilómetro de distancia cuya agua llegaba hasta la casa. Quería montar en la jaca, cuidando ¡claro! no tocarle en las ancas, ya que no había podido hacerlo en el viaje mañanero.

Y así fue. Al acabar de comer, mientras los adultos estaban de sobremesa, contando sus hazañas y disparos de la mañana, me fui al corral y solté el ramal del caballo que estaba sin aparejos y bajo techado, medio dormitando en el calor de la siesta. Y así, a pelo y conduciéndolo forzadamente, sin bocado ni riendas, sin estribo ni espuelas, con sólo una soga sobre la boca, fuimos muy lentamente hacia la dichosa y en apariencia bien lejana fuente donde hacer que el rocín bebiera de la, para mí, muy deseada, sana y refrescante bebida.

Cuando llegamos, por más que insistí, el caballo no quiso beber. Entonces, siempre sobre él, di la vuelta para regresar a la casa de la finca. Apenas le toqué en los ijares con mis alpargatas cuando el caballo se puso al trote largo, casi al galope. Apenas si podía mantenerme sobre su lomo. Iba más bien, agarrado a la corta crin del mal bicho, casi echado sobre el pescuezo del animal, al que le urgía llegar a su destino como alma que se llevara el diablo. A los pocos minutos, cuando ya me iba manteniendo un poco más erecto sobre el caballo, llegamos al corral. Lo último que vi cuando el animal entraba bajo el techado fue un recio larguero de madera a la altura de mi frente que con celeridad se me venía encima. Instintivamente bajé la cabeza y me salvé, creo, de milagro.

En aquel momento, mi juventud recibió una luz de prudencia y ya jamás intenté montar en aquella mal encarada jaca. Por la mañana, el animal me pudo fácilmente romper una pierna; por la tarde, me pudo romper la cabeza. Sin duda alguna, Dios o mi ángel de la guarda estaban conmigo.

El resto de la tarde fue como la mañana: más conejos, más tiros, más muertes, más perros cuyos nombres olvidé antes casi de conocerlos y que no importan hoy, ni aun ayer.