A mi querida ‘Mega’

Luis Dávila Renedo

 

Podría decir muchas cosas, contarte muchos de esos momentos juntos, por sierras y jaras o por llanos y campiñas, incluso por esos mosaicos de labor que constituyen un edén para el cazador y el perro perdicero en los primeros días de apertura de la veda. Son tantas las anécdotas, tantos momentos en que he sentido tener la perfección a mi lado, tantos días de caza en la que pasaste de acompañante a compañera… Lejos quedan algunos reproches, algunos errores (casi siempre por mi parte).

¿Te acuerdas…?, sí, tu primera media veda. Que con poco más de tres meses ya llorabas desconsoladamente porque no podías cruzar el estrecho río allí en Montalvo, tras ver en la otra orilla la tórtola recién abatida tan cerca de ti… sí, aquella media veda en la que conseguiste que hasta el ‘Blanco’, ese podenco soberbio y altivo, tuviese que emplearse a fondo en cobrar todas las tortolillas posibles para llevarse alguna felicitación de su amo, ya que tú, con esos escasos tres meses, ya le sacabas los colores a aquel experimentado podenco. Ahí ya supe que serías importante en mi vida, que juntos pasaríamos grandes momentos en soledad tras las esquivas perdices, esas perdices con las que rápido nos compenetramos.

¿Cuántas habremos cobrado, eh…?, ahora, de no ser porque nosotros mismos fuimos los protagonistas de tantas historias, me costaría hasta creer algunas de ellas. No se me olvidará ese día en Palomeque. Entre tanta gente como había en aquel terreno libre, conseguimos colgarnos tres perdices rápidas y luego esas otras tres que te trabajaste, cuando ya estaba todo pisado, cuando ya la gente había frenado su ímpetu y permanecía en los coches, y solo unos locos seguíamos dando patadas por aquellos rastrojos y barbechos… vaya cuando llegamos al coche, con esas seis perdigochas, ¿eh?, no se lo creía nadie.

¿Y en Criptana… te acuerdas en Criptana? Sí, aquel día que ya muertecitos a las dos y media de la tarde todavía llevábamos un buen bando en dirección del coche, y a pesar del diluvio que nos machacaba, te quedaste puesta en aquella asomada sin coronarla. Un bonito gesto por tu parte, ya que permitió asomarme y sorprender a todo el bando, que saltaron casi de mis pies… Ja,ja,ja,ja… todavía te recuerdo no sabiendo cual de las tres que yacían en el suelo traerme, y cuando te decidiste por una, de tus mismas patas arrancó otra rezagada, y ¿cómo la descolgué, eh? Ya, ya sé que no era para menos, y que era una perdiz facilona, pero te recuerdo que metí el cartucho lo más rápido posible y encima estaba de rodillas por el resbalón.

¿Y en Badajoz…? Las seis que hicimos en esos jarales tan tupidos en aquellas laderas diabólicas de aquel terreno libre. Ya sé que tu trabajo era mil veces más complicado que el mío, y no creas que no te he agradecido veces cómo me esperabas en los casi inexistentes claros, ya que no veas como peonaban las tías por debajo de esas jaras de espanto, mientras yo torpemente me iba dejando las espinillas para intentar seguir tus guías, de no haber sido por esas esperas no podría haber entrado a esa zona en ventaja para culminar los lances. Es cierto, a demás de la belleza de aquel cazadero y de los bonitos tiros, lo espectacular eran los cobros, muchas veces a un centenar de metros ladera abajo, y muy difíciles de recuperar.

Además, ya sabes que yo soy muy mal cobrador, que puedo tenerla en los pies y no me entero… y en eso te lo reconozco, para mí, no tenías rival. Que sí, que me acuerdo perfectamente de los cobros en aquel río seco en Zalamea de la Serena. Fíjate, me acuerdo perfectamente de las siete perdices consecutivas, que una tras otra me fuiste sacando en aquel enmarañado río seco… estaban cansadas, pero yo no lo estaba menos, por eso no centré a aquellas dos que alicortas te lo pusieron difícil con tanta maleza. Pero al final, como siempre, saliste triunfante, cobrando con esa manera tan pictórica que tenías de embocar los pájaros. En mi descarga diré por eso tiros mal centrados, que ese día me diste mucha caza y que la decena de perdices y las tres y sobre todo las tres rabonas que llevaba en el macuto tuvieron también algo de culpa.

¿Cuántos bonitos momentos…? ¿Y malos…? ¿Aquel día…? Ya lo sé, no hace falta que ni lo menciones. Guardo un recuerdo de él como el peor día de caza de mi vida. Qué mal lo pasamos, en especial tú. Y no me digas que aquel primer domingo de febrero, y último día de la temporada, las culpables fueron aquellas perdices que nos hicieron hacer un sobreesfuerzo y seguirlas unos cuantos kilómetros más. Que yo, al que se le supone el ser racional, fui el que a pesar de la ventisca, del aguanieve y de aquella terrible sensación térmica, insistí en seguirlas cuando cruzaron la carretera de Alcázar dándose a las barbecheras ‘de los galgos’. Cuando me quise dar cuenta, ya no podíamos más… fue todo muy rápido, yo no me lo esperaba, y te pido disculpas por mi error, por mi falta de inexperiencia. Y encima se acentuó al ver que ya no podía salvar a las dos, y te elegí a tí. Pensando —de buena fe por supuesto— que llegaríamos al coche, y los últimos tres kilómetros de caminata los realicé con la escopeta atravesada en las tirantas del macuto, llena de barro, y contigo en brazos… Completamos aquel fatídico día, en el que pensaba que te morías en mis brazos a escasos metros del coche, pues ya no respondías…

La hipotermia fue terrible. A Dios gracias, que ya en casa, conseguí secarte y respondiste estupendamente al agua con miel que te di con aquella jeringa, y por supuesto a esas fuerzas y esas ganas de vivir y cazar, a ese entusiasmo que siempre me mostraste animándome incluso en los peores momentos. Yo, por mi parte, te prometo que no tenía frío a pesar de estar calado hasta los huesos… Eso sí, una vez noté tu mejoría, me vino todo de golpe, quedándome hecho polvo, físicamente, pero más moralmente. Gracias que la ‘Mora’ y su instinto de quedarse en aquel caserío, la salvó de aquel temporal y pudimos recuperarla sin problemas, demostró una vez más que ese instinto animal, lo preferiría mil veces a esa racionalidad que pretendemos sembrar de manera horrible los hombres.

No quise ya recordar nunca más aquel día, todavía cuando algo me lo trae al recuerdo, siento que tengo algo clavado muy dentro, algo que me sigue oprimiendo el pecho. Por eso, y por tu edad, nuestras jornadas pasaron a ser de menor duración, aunque siempre intensas. Pues prefería que al paso de mi padre disfrutases de la caza de manera más sosegada, sin mis manías, sin mis exigencias, sabía que con él tendrías manga ancha, incluso para adelantarte en alguna que otra ‘asomada’ de cuando en vez. Por eso y porque a ti te decía que te fueses con mi padre y te ibas —siempre me has dado lo que te pedía—, no como a la ‘Mora’.

Te confieso que a veces creo que no me entiende… le digo, le hablo, le chisto, y ella me mira con esos penetrantes ojos atentos, pero no me entiende… Eso sí, no te niego que bate el campo con primor, con ganas de agradar, que sus muestras son espectaculares, pero no me entiende… Además, sabes de sobra que no todo está en la nariz, en la muestra o en los lazos… que hay que saber rebañar los lindazos, y las primeras o últimas de una viña o emparrado, que los barbechos y siembras también esconden caza, que no se puede perder un momento con una perdiz alicorta en un emparrado o en un jaral, que en las asomadas hay que esperar un poquito…

Ya me conoces, que soy un cazador raro, que tirar a perro puesto acaba por resultarme aburrido, que me gusta la sorpresa… Me encanta cuando latías las liebres o conejos de los que no me había enterado de su arrancada, o esas perdices que arrancaban ‘sordas’ cuando me las había pasado y les chillabas para que en un giro inesperado lograra abatirlas… ¿que es otro estilo…? será entonces ‘Mega’, pero ya te digo que la ‘Mora’ no me entiende…

Aun con nuestro distanciamiento, pude todavía la temporada pasada abatirte algunas piezas, sí, cuando te hacías la ‘sueca’ y aparecías buscándome por el cazadero, y acababas por encontrarme, ya que te conocías los mismos rincones y las mismas esquinas de emparrados, viñas y olivares. Anda, que aquel machaco que corría delante de ti con ese CHA-CHA-CHA, y no quería volar amparado en la frondosidad de la pámpana…!! Como para pararlo a muestra, ¿eh…? Anda que no le chillaste hasta que rompió a volar, cómo me lo mandaste de ‘pico’ como sabes que me encanta. En mis pies se quedó, y la que venía cruzada también, para recordar el último doblete juntos… La ‘Mora’ miraba como desconcertada buscando con esos ojos la carrera fugaz de la rabona. Mientras, yo bajo la suave loma de viñedo esperaba preparado, sabiendo que era una patirroja y no liebre lo que me mandaste… Je,je,je, ¡qué picara!

Agradezco esas piececillas que todavía me diste la temporada pasada, ya que te echaba mucho de menos. Ya un poco sorda y con menos vista —achaques lógicos de la edad—, pensaba finalizar esta temporada juntos, que fuese tu temporada de despedida… pensaba sacarte a partir de las doce y tomarme la caza con mesura y aprovechar ya tu experiencia para seguir disfrutando de ti, y todavía colgar alguna perdicilla remolona, dejando de lado la potencia de la ‘Mora’ y buscando esquinar las cansadas… Quería que antes de que te quedases en casa ya a descansar de una vida de caza, todavía poder cogerte una patirroja con esa manera tan dulce que has tenido de embocarlas…

No ha podido ser, ‘Meguita’… un indeseable ha preferido que nos separemos para siempre, que no cumplamos ese sueño de cobrar nuestra última patirroja en la soledad del páramo… Todavía me cuesta asimilar el terrible dolor que el veneno de ese malnacido te ha causado. Y que en solo dos días te ha llevado de mi lado. Parecía que estabas esperando a verme para despedirte de mí… ya que por el maldito trabajo no pude acudir antes a la cita contigo, tras esa fatal llamada de mi padre diciendo que «la Mega está muy malita. Luis»…

Te vi muy mal, unas caricias, unas desesperanzadoras palabras de ánimo y de apoyo… Volví al trabajo y yo ya tenía muy mala cara. Esa misma noche, tras marcharme, sobre las tres de la madrugada nos dejaste…


A ‘Mega’, mi compañera de soledades tras las perdices, Mayo de 2000 a Mayo de 2012. Descansa en paz.