Un «ganchito» de categoría

Rayón

 

Un día había una montería en una finca cercana a la casa de Manuel, motivo por el que decidió irse a los peñones del mirador (lugar desde donde se avistaba toda aquella zona de Sierra Morena donde él vivía) a escuchar los tiros e imaginarse los lances que se producirían en ella. Llevaba allí casi una hora sentado contemplando la sierra, cuando por la ladera de "Garbancillares" que daba al río vio subir una marrana con una piara de lechones y primalones detrás de ella que venían huyendo de la "quema" de la montería.

Los siguió con la vista pudiendo comprobar como la marrana iba buscando alguna zona con abundante monte para quedarse resguardada con su prole, pero al parecer no le gustó ninguno de los sitios donde fueron parándose, pues siguió río arriba hasta que llegaron por encima de la presa del Rumblar, tomando desde allí la dirección del "Cerro de la Majada". Un cerro que estaba rodeado casi en su totalidad por las aguas del embalse, donde además había un monte bastante apretado y tupido que al parecer si que le gustó a la marrana para quedarse resguardada y tranquila con toda la comparsa que llevaba a su cargo.

No había pasado un cuarto de hora, cuando por los rastros de la piara empezaron a venir marranos casi en procesión. Había veces que por el poco tiempo que mediaba entre el venir de uno a otro se llegaban a alcanzar antes de llegar al cerro.

Llegó un momento en que Manuel perdió la cuenta de cuantos habían subido por la ladera del río, pero de lo que no tenía duda es que habían sido un montón.

Al día siguiente se encargó de buscar a los otros tres chavales componentes del inseparable grupo de aventuras caceras para informarlos de lo que había visto y de que había que organizar rápidamente un "ganchito" en el cerro. Además les dijo que por la cantidad de marranos que había visto meterse en él, si andaban finos podían abatir tantos como en una montería de las de postín.

Aunque al principio le llamaron exagerado, hubo un momento en que por su insistencia lo llegaron a creer, tanto fue así, que incluso pensaron llevarse cada uno una caballería de las que tenían en los cortijos para transportar los guarros abatidos.

Al día siguiente por la mañana, muy temprano, se juntaron en el lugar que habían convenido el día anterior y, desde allí, se dirigieron hasta una hondonada que había antes de llegar al cerro, donde dejaron las caballerías atadas y tapadas de la vista de la gente.

Por el camino les fue comentando Manuel, que según venía el aire los puestos había que ponerlos en la umbría de un suave barranquete que bajaba desde casi lo más alto del cerro hasta las aguas del embalse, ya que así, además de no echarle el aire a los marranos podían tirarlos en la "solanilla", cerca del arroyo antes de que lo cruzaran, pues allí el monte era más escaso que en la umbría y tenían buenos claros como tiraderos. También por el camino fueron haciendo el sorteo de los puestos y de quien tenía que entrar con los perros, así que cuando llegaron ya sabían que Valentín era el perrero y el orden en que tenían que ponerse los tres restantes.

Nada más llegar, Enrique se bajó hasta unas piedras que había a unos cuarenta pasos del agua y a unos veinte del arroyuelo para cortar la parte baja como le había tocado. Manuel se colocó en el centro, a unos veinte pasos también del arroyo, y Andrés se subió a la parte alta, a unos cien pasos de Manuel y a unos setenta u ochenta de la corona del cerro como habían acordado.

Ya estaban los tres colocados esperando oír el tiro de Valentín indicando que había soltado los perros y Manuel no paraba de hacer cálculos de distancias e intuiciones de los "viajes" que le podían traer los marranos y de los lugares hasta donde debía dejarlos cumplir, dándose cuenta que debía correrse cuatro o seis pasos más arriba, ya que un chaparrejo que había entre el arroyo y él le tapaba un clarete donde no era difícil tirar algún marrano.

Sonó el tiro de Valentín indicando la suelta de los perros y, con él, empezaron los nervios a hacerles latir a los corazones de aquellos tres chavales más deprisa de lo normal, pues sabían que en cualquier momento podía asomar el primer guarro por el puntal que tenían enfrente.

No habían pasado dos minutos cuando Andrés pegó dos tiros que parecían más de metralleta que de escopeta, por lo que Manuel pensó que lo que fuera "se le había ido a criar". Al momento sonaron otros dos de Valentín, distanciados uno de otro por unos diez segundos, algo que le hizo pensar a Manuel que éste si "había cortado pelo", ya que el segundo podía ser perfectamente el de remate por no haberse quedado con el guarro en el primero pero sí haberle atizado con él.

Manuel mientras tanto no quitaba ojo del puntal que tenía enfrente, esperando ver algún guarro asomar. Pero el primero que asomó se dejó caer a media solana derechito a Enrique, así que aunque Manuel lo llegó a apuntar no se le ocurrió tirarle, pues por el "viaje" que llevaba le iba a entrar a Enrique a "cascaporro". Y así fue, lo tiró a menos de diez pasos y totalmente atravesado, haciéndole rodar como una pelota hasta el arroyo.

Manuel se empezaba a mosquear un poco, ya que el único que no había tirado todavía era él. No le duró mucho el mosqueo, pues según estaba mirando vio asomar un buen guarro trotando entre las jaras por lo alto del puntal que tenía enfrente. Se paró nada más volcar hacia la solana con la cabeza en alto haciendo una observación visual y escuchando, algo que no le gustó a Manuel, pues penso que al iniciar otra vez el trote podía coger el "viaje" del anterior y dejarlo con tres palmos de narices. Pero no fue así, ya que al empezar de nuevo a andar tomo un "vereón" que lo llevaba hasta donde él estaba. Lo esperó hasta que llegó justo a un "pelaete" que había antes de cruzar el arroyo, y allí le soltó el "pildorazo" que le hizo doblar y rodar hasta quedar con las patas para arriba en la caja del arroyo.

La suerte no le quedó ahí, pues no había acabado de doblar el marrano y cargar de nuevo la escopeta, cuando por el mismo sitio le asomó otro mucho más grande. Según bajaba por la solana ya lo llevaba apuntado esperando a que llegara al arroyo para atizarle, algo que hizo justo cuando se disponía a cruzarlo. El bicho hincó el hocico en el suelo, pero con las mismas se levantó y empezó a correr hacia atrás a toda velocidad. Le sacudió el otro tiro y no le tocó, pero antes de coronar el puntal pegó un "batacazo" contra el suelo y se quedó tieso.

No había pasado un minuto desde que tiró Manuel, cuando sonaron otros dos tiros de Andrés que parecían más de una metralleta que los anteriores, algo que le hizo pensar otra vez a Manuel que había fallado, pues de lo contrario no se podía entender esa precipitada forma de tirar un segundo "zambonbazo".

A Enrique le entraron después otros dos marranos juntos, a los que les soltó dos "tirascazos" que atronaron el barranco. Al preguntarle Manuel si les había dado, le contestó que sí, que sobre todo "fuerza para que siguieran corriendo con más velocidad de la que llevaban antes de tirarles".

Al rato asomó Valentín silbando por encima del puntal por donde lo habían hecho los marranos en dirección a Manuel, y antes de que llegara a él ya lo habían hecho Enrique y Andrés. Nada más llegar Valentín, les dijo que tenían que ir con él a sacar un marrano que había matado en la "hoya" de detrás del cerro, que era tan grande que él solo no lo había podido ni mover del suelo. También les comentó que se habían equivocado con el puesto de Andrés, que tenía que haberse puesto más arriba, ya que se habían pasado un montón de marranos rebozando la corona del cerro a los que no habían visto tan siquiera. Enrique en tono de broma (como tenía por costumbre hablar siempre) le dijo que no había que ser tan ansioso, que tenían más que de sobra con los que habían abatido, que tampoco era lógico hacerle la competencia al carnicero del pueblo, a "Juanaca".

Después empezaron a hacer el recuento de los guarros abatidos y Manuel se quedó un tanto sorprendido, pues con los tiros tipo metralleta de Andrés también había abatido un par de guarros.

Cuando recogieron y juntaron en el llanete de una vieja carbonera que había a media umbría los seis marranos abatidos, Enrique y Valentín se fueron a por las caballerías para cargarlos, mientras que Manuel y Andrés navaja en mano se quedaron haciendo la peor faena, aviándolos.

Con los seis guarros cargados en las caballerías tomaron el camino de la casa de "Juan Canelo", que era el guarda de la finca, al que le regalaron un guarro, y otro a los pastores que vivían en un chozo un poco más abajo de la casa, por lo que se pusieron más contentos que unas castañuelas. Y desde allí, desde la casa del guarda, se marcharon cada uno con un guarro cargado en su caballería hacia su casa.