La curiosidad… ¡te puede matar!

José Manuel Redondo

 

Y si no, que se lo pregunten a aquella liebre que estuvo jugando conmigo a ‘guardar las distancias’ un frío día de invierno de hace ya treinta años en un coto del término de Horna (Albacete)…

La verdad es que digo unas cosas que hacen ‘tiritar’ (en esta ocasión, más por lo impropio de la frase, que por el frío de la zona), puesto que: ¿Cómo se le puede preguntar algo a un animal que no habla? Y, a mayor abundamiento, aunque el animal tuviese la facultad de hablar: ¿Cómo va a contestarnos un animal que acaba de caer fulminado por un cartucho del calibre 12 y plomo de sexta?… ¡Estoy de ‘atar’!

De cualquier modo, voy a contar lo sucedido aquel día para que se pueda apreciar cuanto hay de verdad en la afirmación que encierra el título de este relato. La mañana era fresca, tanto que incluso podríamos decir que era más bien fría, y tan fría que sin esforzarnos demasiado y sin faltar un ápice a la verdad, cabría afirmar que hacía un frío de ‘cojines’ (cajínes es a cajones, como cojínes es a… x; despejar x y sustituir por su valor), que te dejaba los dedos tan duros como estacas, a pesar de llevarlos cubiertos con guantes y metidos en los bolsillos del chaleco de caza. Había quedado ‘raso’ la noche anterior y caído una helada que había dejado el terreno completamente blanco, hasta el punto de parecer que, más que ‘escarchar’, hubiese nevado y, la temperatura, más que caer… ¡se hubiera ‘desplomado’!

El cazadero era una finca con el 20 % de labor (rastrojos de cereal) y el 80 % de monte (pero monte, monte)… El conocido como ‘Cerro Cuadrado’, que se extendía a lo largo de la propiedad y que servía de refugio a toda la caza de la zona, en cuanto sonaban los primeros disparos de escopeta. La subida costaba un poco, pero tan pronto alcanzabas la zona alta, era bastante plana y, por ello, cómoda de andar (o de cazar, ‘tanto monta’). Una vez arriba, nos abrimos en ala y comenzamos la ‘mano’. Al poco, ví una ‘rabona’ que, con las orejas pegadas al lomo, levantó delante de mí, pero a una distancia que juzgué ‘fuera de tiro’, por lo que me limité a seguirla con la vista mientras se alejaba. No hizo más que andar unos metros y se paró, se empinó sobre sus patas traseras y, volviéndose hacía nosotros, se quedó mirándonos con curiosidad, mientras proseguíamos nuestro camino… Al ver que no nos deteníamos reinició la carrera y, después de alejarse unos pocos metros, se empinó nuevamente y se quedó mirándonos, supongo que inducida por su curiosidad… He de hacer constar que aquél animal parecía utilizar un ‘colimador’ (de los que usan los profesionales para medir electrónicamente las distancias) o bien un GPS de última generación, ya que siempre que se detenía, parecía hacerlo ‘fuera de tiro’, por lo que en ningún momento se me ocurrió echarme a la cara mi escopeta para probar fortuna.

Hubo un momento en que la perdí de vista y pensé que se habría ‘escurrido’ hacía la falda del cerro, pues es lo que normalmente suele hacer la caza: ¡subir al monte, cuando estás en la labor; y bajar a la labor, cuando estás en el monte! Pero, algo más adelante, volvió a mostrarse, apareciendo como si de un fantasma se tratase, al coronar un pequeño promontorio… Llevaba un ‘trotecillo borriquero’, como si no tuviese prisa alguna, digo yo que confiada en sus facultades para ponerse fuera de nuestro alcance emprendiendo veloz carrera, si la ocasión llegara a requerirlo.

Las paradas para ‘curiosear’ se repitieron, al menos, en cuatro ocasiones y, excepto en la última que me pareció se realizaba algo más cercana a donde me encontraba (pero no mucho más que las anteriores), en todas ellas, la liebre respetaba escrupulosamente la ‘distancia de seguridad’… Llegado a este punto, me detuve y, mientras la observaba allí de pie, delante mía, pensé que la escopeta que llevaba aquél día ‘alargaba’ mucho (era una FN semiautomática, de muelles; con cañón largo, de las primeras que entraron en España, que fue de mi padre y, anteriormente, de mi abuelo) y me pregunté —pero bajando la voz, no fuese a oírme aquél curioso animal—: ¿por qué no probar fortuna, aprovechando que parecía haberse detenido algo más próxima? No contesté mi pregunta pero me encaré la escopeta, apunté un ‘pelín’ por encima de la punta de sus orejas y apreté el gatillo: ¡¡¡pum!!!, retumbó el disparo y cuando levanté la vista: allí seguía la liebre empinada sobre sus patas traseras… No me sorprendió verla así, porque pensé que había fallado el tiro… Lo que me sorprendió, y mucho, fue ver, un instante más tarde, como caía de lado tan larga como era. Cuando me acerqué a recogerla, comprobé que tan sólo tenía —aparentemente— un perdigón alojado en la cabeza…

Al final de la mañana y mientras se terminaba de preparar la comida, comenté el lance con los compañeros de cuadrilla… Todos coincidieron en que las liebres son muy curiosas pero, también, en que suelen ser muy prudentes… Sin embargo, en esta ocasión, pudo más lo primero, que lo segundo… Por ello y sin temor a equivocarnos podemos afirmar que ‘la curiosidad, te puede matar’, como le sucedió a la liebre de mi relato… ¡Queda dicho!