Astucia bajo la luna llena

Diego García Ortiz

 

Corría el mes de octubre de 2010. Ya con la veda abierta y autorizados para hacer aguardos nocturnos a los jabalíes en el coto denominado ‘Las Chiquillas’, en el término municipal de Navas de Estena, mi abuelo y yo, un par de cazadores a los que este deporte ha enamorado desde el primer día que lo practicamos, nos disponíamos a hacer una espera en un comedero que tenían bastante bien cogido un par de cochinos muy curiosos y desconfiados.

El sitio en cuestión era un llano sin monte en lo alto de la sierra que estaba rodeado de monte y lindando con un pinar a la izquierda. El cebo era el delicioso maíz. Fuimos un viernes, ya que yo vivo en Madrid y mi abuelo me esperó hasta el fin de semana para que yo tirase. Todo estaba perfecto. Sabíamos que los animales entraban por la espalda y cruzaban el pinar para dar la vuelta al comedero. Nos pusimos una hora antes de que se pusiese el sol.

Pronto la luna llena comenzó a iluminar el montón de piedras y a dar una sensación de tranquilidad que solo se puede conocer escuchando los sonidos del campo al caer la noche. Una tranquilidad que se vio interrumpida cuando, aún siendo muy temprano, empezamos a oír los primeros ruidos. Efectivamente ya faltaba poco.

Los dos majestuosos animales, probablemente el señor de la noche junto con su fiel escudero, comenzaron a informar de su presencia con el tremendo ruido que hacían al romper el monte a nuestras espaldas. Desconfiados, no se atrevían a salir del monte sin antes asegurarse de que estaban solos. Tras diez minutos dando vueltas no se percataron de nuestra presencia, ya que no hacíamos ruido, ni estábamos aireando.

Una vez salieron del monte se dispusieron a cruzar el pinar pero cambiaron de idea y bajaron a hacernos una visita. Estaban tan cerca que los oía respirar. Procuramos agacharnos para taparnos con las jaras del puesto y que no fuésemos delatados por nuestra silueta bajo la luz de la luna. Ellos siguieron su camino hacia el comedero. ¡Estaban muy cerca! Como dicen en mi pueblo, ‘ya me estaba afilando los dientes’. Todo era cuestión de tiempo.

Yo seguía atento a sus movimientos cuando, de repente, vi a simple vista una sombra que se movía. Cogí los prismáticos sigilosamente y vi a un jabalí aproximándose al comedero. Le pregunté a mi abuelo que si le tiraba y él me contestó que no, que ese era el escudero. El animal, con paso firme y haciendo pequeñas paradas, se dirigió hacia una baña que había al lado del comedero. Se paró frente a ella y, de repente, ¡salió corriendo como si le hubiesen pegado un tiro! ¿Pero por qué? No se podía haber aireado. ¿Quizá nos vio? ¿Quizá lo hizo por desconfianza propia?

En cualquier caso daba muy mala espina. No escuchábamos nada. Parecía que se habían ido definitivamente. Aun así decidimos esperar, más sabiendo la astucia que tienen estos animales, y fue una buena decisión. Una hora y media después del primer encuentro volvimos a escuchar ruidos. Estaban muy cerca del comedero, así que permanecí sin hacer ni un movimiento. De pronto vi una sombra entre las jaras que se acercaba al comedero. Cogí los prismáticos y vi un majestuoso jabalí que iba avanzando con un paso chulesco y desafiante. Era el doble de grande que el anterior.

Mi abuelo me dijo que este era el animal que estábamos buscando. Apoyé el rifle, cogí aire, apunté, y en una de las veces que se paró efectué el disparo, encontrándose en ese momento la cruz de la mira telescópica en su codillo. El animal dió un paso justo cuando disparé por lo que me dejé el tiro unos centímetros trasero y tuvo como consecuencia el posterior rastreo del mismo.

Yo inmediatamente me puse a escuchar y le deje de oír de golpe en mitad de un espeso jaral, por lo que me hizo suponer que había muerto. Fuimos a ver el lugar donde le había tirado y nos encontramos un rastro de sangre enorme, por lo que nos hizo confirmar nuestra hipótesis de que el cochino no había podido continuar su carrera.

Llamé a mi padre, que estaba en el pueblo, para que se trajese al perro, un teckel de nueve años llamado Lacky, muy bueno para cobrar las piezas. Mi padre acudió al poco tiempo y soltamos al perro. El pequeño dio con él al instante, como era de costumbre. Había corrido unos cincuenta metros. El animal pesaba unos sesenta kilos y tenía unos 13 centímetros de colmillos. No era muy bueno, pero era tan grande la satisfacción de haber abatido a un ser tan astuto que no nos importó.

Volvimos a casa con el jabalí y pensando que esta espera sería inolvidable.