Sí señor, por eso

Hidalgo Reyes

 

Cuando entré por la picada del medio, sentí el atropello del chancho y se tumbó pa atrás Martillazo (mi caballo zaíno), di de lleno con la espalda en suelo pardo y se espantó el caballo.

A la merced de la salvajina está el jinete, y en su nublada vista sólo ve un blanco y una sombra negra peleando en la picada del medio de aquel invierno amargo. Yunque… dogo blanco puro… se prendió por abajo… solo a solo paraba la embestida del chancho que espantó el caballo.

Del piso le gritaba VAMOS PERRO… VAMOS… MATE, MATE AL CHANCHO. Usted sabe lo que quiero, muerda, muerda. PERRO, haga presa, canejo… ¡¡¡No lo deje caminar…!!! Ponga todo su peso… Y clave, de hocico al mañero. Y luego, pego un silbo profundo, llamado único a mi caballo en medio la oscuridad y en el silencio de luna blanca, siento que vuelve mi zaíno. Y yo como nunca en suelo, casi inválido, inútil, nada pudiendo, solo mi voz y gritar como un loco, enmedio el silencio. Solo digo: ¡No abandone, carajo!… su amigo Yunque está peleando solo a solo… ¡Meta, Martillazo, ayude carajooooo!… ¡Oh Dios! que entienda el caballo… vamos mi zaíno… ayude… meta… meta.

Pasa que Yunque y Martillazo se criaron juntos allá en el páramo. Desde cachorros los dos se criaron en el establo, pande iba uno iba el otro, será necesidad de compañía que será pero se apoyaban siempre. Martillazo siendo potro nomás, lo críe como el mejor, pa las carreras de caballo aquí en el pago… llamadas cuadreras. Linda Yegua era su madre ganadora y fija y yo quería tener una cría. Después, con un vecino nos enteramos que la Yegua había mal ligado con un cojudo criollo, será descuido del capataz; pero no querían al potro. Y cuando se enteró el dueño de la Yegua lo que había pasado; le cayó como un martillazo el descuido del peón, eso después me lo cuenta él, por eso a ese potro le puse de nombre MARTILLAZO.

Entonces como andaba el potro sin el fin deseado, a mí me lo regalaron y siempre le creí que algo de su madre ahí tener, aun siendo mestizo. Por eso dije que lo crié como el mejor y le puse de nombre Martillazo, y el tiempo me dio la razón. Tal vez fue que no era tan ligero como caballo pa cuadreras, pero descubrí que tenía un gran corazón pa todo menester del campo. Animal capaz pal trabajo, hasta de yunta en arado lo puse y a una sola práctica, suficiente pa martillazo. Luego lo bañaba un poco, y al rato, cuando precisaba ir pal baile… ahh, sí, parecía que entendía… ese zaíno… cobraba color y luego brioso partía como pa lucirme con las mozas del pueblo.

Bueno, aquí viene lo mejor… la amistad inseparable con el perro. Siendo Yunque cachorro su vida era el caballo, chicos los dos se criaron juntos, mirá che eran como gemelos… mirá vos un caballo y el perro. Así crecieron y fueron de todo menester. Y como yo salía a caballo… ahh quien iba tras el rastro… el perro no había forma de dejarlo… mirá vos, cortó cadenas, lazo, tiento de doble lonja… no había forma de atarlo… y bueno me acostumbré a llevarlo cuando salía a caballo.

Pero este aquí, cosa rara… únicamente cuando salía con Martillazo. Luego él no tenía problema. Bueno esa dupla, había que ver en el monte, invencibles, arriamos vacas bagualas, salvajes, que nunca se dejaron tocar por algún cristiano y quien las encaraba, allá en el bajo. Mi perro y mi caballo (Martillazo), animal capaz pa sentarse con el lazo, dos silbos y Yunque mordía la molleja y Martillazo cimbraba el lazo y al suelo el toruno bicho bagual carajo…

No había salvaje que se resista ante semejante dupla. Por eso, conocedor de la lealtad de estos animales que crié con esmero y devoción, en un momento difícil y poco común, atiné a su fidelidad llamando al caballo… Venga Martillazo… venga y ayude… vamos zaíno… mientras Yunque prendido… tenaza su agarre, remolinea el chancho cae por suelo Yunque, media vuelta y otra vez prende, corre la colorada, dejó su marca el chancho.

Y yo, dedos quebraos por la caída, golpe duro en el coxis casi temblando y en la oscuridad mi voz como relámpago, como estampida, dirigía a mis fieles sanchos… ¿qué más podía hacer? Con dolor y tirao en el piso… ¡estaba inválido!… ¡oh Dios, qué dolor…!

Aquella noche de luna vi como nunca pelear como almas gemelas a dos grandes compañeros; mi caballo y mi perro. La pucha sí me daba gusto, escuchar y poco ver por el claro del camino cómo se complementaba, el perro paraba y en cuanto Martillazo levanta las patas el perro largaba. Te digo que le erraba por poco el golpe al chancho. Que si le caía encima con las patas… espinazo quebrado y chancho al gancho. Nunca vi ese complemento… el padrillo pudo escapar… sé que después un amigo de la estancia vecina encontró… un chancho tirao, al ver muchos cuervos, será que algún golpe recibió, pero la verdad, estaba muerto.

Esta es la pelea que no he de olvidar jamás porque vi la grandeza de estos fieles animales… el caballo y el perro pelear juntos en defensa de su amo herido que no pudo ayudar. Y cuando paso todo… ¿saben una cosa? llamé y llamé al caballo… no podía ni sentarme… quien se acercó a mi lado… Martillazo, me acerco su hocico, me olfateó y le toqué su cara, luego se puso de costado y me agarré del estribo; suavemente agarré la rienda y me llevó despacio al rancho paso a paso… ufff qué dolor hermano, llegamos a gatas. Después de muchos estudios y rehabilitaciones, hoy camino. Por eso a ellos este relato como homenaje a los fieles compañeros de la vida de campo. Nobleza toda, ¡por eso los amo! Sí señor, por eso.