El mono de Chimo

Diego Ruzafa

 

El pasado 16 de enero fui invitado por el amigo Rafa a una tirada de tordos en una de las diversas fincas que tiene por la zona de Reolid (Albacete).

La verdad es que no es una de las modalidades de caza de las que más me gusten —a decir verdad, nada— pero, ya que me había comprometido con Rafael, me desplacé a pasar unos días con su familia y, de paso, a tirar al estornino.

Rafa se dedica a gestionar una serie de fincas, tanto de caza menor como mayor, en una zona de las mejores de Castilla-La Mancha y disfruta rodeándose de amigos, los cuales ya nos conocemos de varios años, siendo ya famosas las tertulias de sobremesa que, normalmente, se alargan hasta altas horas de la madrugada.

El día de la cacería ‘el grupo estaba cargado por el diablo’ pues la composición era de sevillanos… gaditanos… alguno de Huelva y… uno que era la primera vez que venía, de Castellón.

Llegamos de cazar sobre las ocho de la tarde. Cena y, ante la copilla de rigor… a la tertulia… a sacarle provecho a nuestros lances de caza.

Juan empezó comentando que no ha tenido suerte ya que había abatido unos 30 pájaros y recogido sólo 14 que, como no tiene perro y le ha tocado una zona de mucha maraña, pues la cosa ha ido mal.

¡Pisha!… ¿Cómo te ha ido a ti el perrillo? —pregunta a Manolo—… Pues el Curro va de cine, me ha cogido lo menos 40, y eso que es el primer año que lo saco… pero es una figura.

Pues el mío es una máquina —nos dice José—, me los ha cogido todos… hasta los que iban de ala… lo dicho, una máquina, es el mejor perro que he tenido nunca.

¡Quiyo!… le dice el sevillano a Chimo, el de Castellón… ¿Cómo te ha ido a ti el bretón ese, que tiene buena pinta?

El Rufo… muy mal… casi no ha recogido ninguno… sólo los que le caían delante, y de mala gana, pero es normal ya que está acostumbrado a salir a cazar con el mono, y hoy no me lo he traído porque hace mucho frío, y debe echarlo de menos.

Según parece, Chimo, por la profesión que tiene, viaja mucho y en uno de sus viajes se trajo un mono que, ya de entrada, no hizo buenas migas ni con sus hijos… ni con su señora, armando unas escandaleras de mil demonios cada vez que los veía. Sólo a Chimo no le chillaba.

Chimo es un gran aficionado a tirar al tordo, no perdiendo casi ningún día de cazar en toda la temporada, pero con el problema del mono, ya que nadie quería quedarse con él, no se le ocurrió otra cosa que llevárselo al puesto. Lo dejaba en el coche durante todo el día.

A los dos o tres días de llevarlo, el mono se ponía a gritar cada vez que veía el perro correr. Chimo, cansado ya del dichoso mono, lo soltó… pensando que sería un alivio si se largaba y dejaba ya tranquila a toda la familia.

Su sorpresa fue mayúscula: el mono corría como el perro, buscando los tordos que caían y cobraba más que el Rufo. Desde aquel día —nos dijo— han formado un equipo que no se dejan un pájaro en el campo. ‘Han tratado de comprarme la pareja por mucho dinero, pero…’

Todos quedamos callados y sorprendidos de la historia del mono.

Pasado un rato, Juan se dirigió a Chimo diciéndole que luego tenía que hablar con él para que le dijera de qué raza era y dónde podía comprar un mono como aquel.

Una estruendosa carcajada salió de nuestras gargantas…

El mono existió y debía ser un ‘figura’, ya que no podía ver a Chimo ni en pintura pues, según parece, un día intentó morderle en la muñeca y se rompió dos dientes con la cadena del reloj.

Estas anécdotas son lo mejor de las cacerías.