Las últimas perdices de la temporada

Luis Dávila Renedo

 

Se acerca el último día de caza de la temporada, y aunque algunos desisten de ir, para otros muchos es quizas la jornada más importante del año cinegético, la que nos permite dar la despedida al cazadero, y tomarnos el pulso por última vez con las perdices…

Sabiendo que el año no ha sido bueno, el desencanto ha reinado como en otras campañas infringiendo en el cazador un gran pesimismo y falta de compromiso para los que van perdiendo afición. Sin embargo, la ilusión de poder disfrutar de este último momento debe primar y superar la creciente moda del «gatillo facil», donde los autenticos aficionados saben de la austeridad de la caza a rabo, y sobre todo si la perdiz de campo es nuestro objetivo… Esto siempre fue asi y asi lo aprendimos.

Una temporada más nos enfrentamos al último día de caza… ese que tras sacar los perros del carro y mientras damos las primeras patadas por terrones y cepas, o jara y carrasca no podemos dejar de repasar jornada tras jornada, asintiendo con la cabeza cuando decimos que la perdiz no remonta, que esperábamos algo mejor, que desde el primer día se mostraron intratables, en fin, que el desencanto a reinado y no por las perchas que ya nos vienen de vuelta, sino porque vemos que nuestra reina no despega y no hacemos nada por ayudarla.

Lejos quedan ya aquellas temporadas donde se veían perdices, donde el último día seguía siendo un reto, y aunque ya algunas andaban emparejadas aprovechábamos esta circunstancia para redondear la última percha del año cinegético. Aun así solo faltaba que el campo quedase en calma para que entrado marzo se volviesen a ver perdices canturreando por cualquier sitio… donde estuvisteis en jornadas pasadas…?

Solo les falta pasar el escollo del reclamo, ese que egoístamente ponemos en tela de juicio los que ya hemos disfrutado durante esta temporada de la reina, ese al que no tenemos el más mínimo reparo en calificar de alevoso, ese del que solo sabemos que nos mata nuestra perdices a traición como si solo nosotros tuviésemos la patente y derecho para descolgar perdices…

Por fin vemos la primera pieza, es una liebre que va a tres tiros de distancia, llevamos varias temporadas que la liebre juega a ser perdiz y corre larga, inquieta… se para, escucha y vuelve a correr en otra dirección… de nada ha servido que nos quedásemos estáticos, no pudimos avisar a nuestra perra y su veloz carrera alertó a la rabona sobre nuestra posición…

Seguimos la dirección de la mano, aunque ya apenas vemos al compañero por la distancia. Nos hemos separado mucho, pero necesitamos esta libertad, necesitamos afrontar este último día en soledad.

Por fin se escucha los primeros disparos, estos nos hacen salir por un momento de nuestro trance y nos devuelven a la caza, volvemos a estar alerta… el jipío de la única podenca de la cuadrilla se acerca, podemos verla correr hacia nosotros muy larga pero no alcanzamos a ver nada delante de ella… la tensión sube por momentos, ya que lo que sea se nos viene encima, y lo que sea resulta ser una liebre, la rabona no viene a toda su velocidad y da síntomas de acusar algún impacto del disparo mal centrado del compañero… aguantamos quietos como una estatua, mientras nuestra perra a quedado de muestra en un rodamundos enganchado en una cepa… nos surge la duda, y queremos mirar a los dos sitios a la vez, pero comprendemos que lo primero debe ser matarle la liebre a la podenca, que su persecución no sea en balde, y que el animal herido no debe morir agónicamente… en ese momento rompemos nuestra posición estática y con una voz y aspamientos con los brazos nos presentamos ante la liebre… esta por un momento queda paralizada ante el cazador, incluso el cruce de miradas ha sido frío y pareció durar un siglo… da un "rabotazo" y se torna sesgada, momento en el cual la hacemos rodar… segundos después ya está la podenca encima de ella, mordiendo con rabia, arrastrando al animal que casi da su mismo peso. Pero nosotros ya tenemos nuestro nuevo objetivo, casi ni hemos dado importancia al lance… el recuerdo la perra de muestra nos invade y en un abrir y cerrar de ojos estamos encima de ella, que ya no aguanta más tanto escándalo y rompe la muestra haciendo salir al perezoso conejo… otro disparo suena, y la perra se hace con él, lo zarandea y lo suelta, no cobra bien… no le hemos prestado el tiempo necesario y hemos cometido muchísimos errores en su adiestramiento, y ahora nos pasa factura en el cobro.

Tras unos intensos momentos volvemos a la calma, que se vuelve a tornar larga ya por la media mañana, pero por fin vemos volar dos patirrojas de la punta de una viña, nos olvidamos de todo y no quitamos la mirada del objetivo y las vemos tomar tierra, la zona no es mala, tiene unos cerritos y si las presionamos bien quizás tiremos.

Las llevamos delante, la perra se come el terreno, y ya vemos a una peonar aunque demasiado fresca, corre con el cuello estirado y parece muy grande, pero no arranca a volar… curioso, eso es que quizás la otra esté cansada y se nos haya amagado…

Dejando la perdiz de lado nos llama la atención el barbecho colindante al olivar… seguro que está allí, esta no se ha peonado a ningún cerro y nos quiere dejar pasar de largo. En una carrerita estamos en los primeros terrones del barbecho, momento en el que quedamos inmóviles a esperar que la perra lo cace, y con una sonrisa vemos a la perra bajar su intensidad hasta quedar inmóvil fijando en un terrón… este momento nos abstrae de todo, y el campo junto a todos sus sonidos desaparecen… solo quedamos nosotros. El nivel de concentración es máximo, y no queremos desaprovechar la oportunidad que nos brinda la perra para colgar la última patirroja de esta gris temporada… De repente, una veloz carrera de la perdiz por el barbecho poniendo varios metros de distancia y ganando mucha velocidad para su arrancada nos hace dudar un poco, y nos saca de esa confianza plena que teníamos para abatir la perdiz, llevándonos a una precipitación en el disparo quedándonos bajos y descolgando las patas… sin dilación y aunque con el estomago encogido ante la posibilidad del siguiente fallo y la perdida de la perdiz, tomamos bien los puntos aguantando con frialdad ese instante preciso ántes del disparo y ahora si cae como un trapo… Con la patirroja en la mano es momento de sentarse, de disfrutar del cazadero durante unos minutos que se nos harán eternos, observemos todo el coto desde nuestra atalaya, no tengamos prisa por buscar esa segunda perdiz, es el último día, disfrutemos de la reina todavía en nuestra mano, es preciosa… limpiemos las plumas de la boca de la perra y peinemos la bonita patirroja, debemos de cuidarla hasta el último momento.

Después de un buen rato de contener el impulso de cazar, de haber disfrutado del cazadero tranquilamente sentado, de desear la mejor cría para la próxima campaña, y de habernos comido un guinda de chocolate o algo de turrón o mazapán que año tras año nos vuelve a sobrar de las Navidades, es momento de continuar, ahora y después de ese silencio total que nos muestra el cazadero tras observarlo desde nuestro improvisado trono, animamos a la perra y retomamos la caza con ilusión, con la cabeza "limpia" sin volver a pensar en la gris temporada sino el la prospera próxima… cacemos estas dos horas que nos quedan del último día valorando donde estamos y disfrutando de lo que más nos gusta y olvidemos el pesimismo, ese no va con nosotros… pues al fin y al cabo la escasez forma parte de la vida del cazador a rabo, es lo que nos curte y es el gran valor de los perdiceros veteranos, esos que a pesar de haber vivido épocas mejores, saben que hay que ser tan recio como las perdices, tan ásperos como los terrenos, y demostrar una tenacidad y serenidad hoy olvidada en una caza que se torna a la carta, y donde la sorpresa de lo que nos deparará la jornada ya casi no existe…

Ánimo que aun nos quedan esas dos horas y la otra perdiz no andará muy lejos…