El niño lagarto

Pumuky

 

Muchas veces, haciendo repaso de nuestra vida, nos paramos en nuestros primeros recuerdos de infancia, las meriendas de pan con chocolate, los amigos o los primeros días de colegio.

En mi caso, muchos de estos recuerdos, son recuerdos de caza. El arroz con liebre que tan poco me gustaba, las nochebuenas con los tíos, donde sólo se hablaba de perdices y perros...

Pero mis primeras experiencias venatorias, quedaron sin duda en la finca donde pasé mis mejores veranos. Mi abuelo trabajaba como guarda mayor y mi abuela como ama de llaves en una finca entre Madrid y Guadalajara, con monte cerrado, dehesa, el río Tajuña... no sé si realmente era muy grande pero, desde luego, a mí me parecía inmensa. Pasábamos allí el mes de vacaciones, por la buena relación de los dueños con mis abuelos, una relación más de amistad que de jefe-empleado.

Siempre contaba el jefe, que en los primeros días de mi abuelo como guarda en la finca, iba con él en el Land Rover, desde el pueblo cercano hacia el cortijo y a unos metros de la valla observaron desde el camino un bando de perdices en un rastrojo.

—Bájate y ojéamelas para dentro de la finca.

—Yo he venido aquí para que los del pueblo no le roben la caza a Vd., no para robarles la caza a ellos.

Al Jefe le pareció una contestación muy honrada, aunque en aquellos tiempos había que tenerlos bien puestos para contestar así.

Allí, con ocho o diez años comenzaron mis cacerías, de ranas y lagartijas con la plomera, de abejarucos y tordos en los cables de la luz con la de 12 mm. y más tarde los intentos por tumbar algún conejo con la del 20 e incluso con la Destroyer del guarda.

Mi tiempo pasaba en las cuadras dando de comer a los caballos, dando vueltas a la clara de monte donde se tiraba la ceniza de la chimenea, intentando adivinar donde habían puesto el cepo para la raposa sobre la piel del último guarro cazado en espera o buscando en el cuarto de los aperos el nido del lirón careto.

Pero mi gran ocupación en las noches de verano era la de perro de cobro.

Tenían los dueños la poco deportiva costumbre (de eso me doy cuenta ahora), de salir por la noche a tirar conejos, con un Citroen Mehari de plástico naranja, provisto de un foco. Mi misión era subir en la perrera y bajar raudo a cobrar los conejos, la velocidad era muy importante, ya que no había noche que no se les embocara alguno con las patas traseras rotas.

Eso sí, no siempre había suerte. Cuando empezaba a haber movimiento y veía colocar el foco en el Mehari, salía corriendo a por un jersey, me plantaba allí, con las manos en la espalda e intentando parecer que estaba allí por casualidad, no disimulaba mirando al techo y silbando porque aún no sabía silbar, pero era lo único que me faltaba. A veces, cuando ya estaban todos subidos en el coche sonaba la palabra mágica... Sube. Y antes de que terminase de decirlo ya estaba yo encaramado en la perrera.

39 conejos y una liebre, 27 conejos tres liebres y una paloma... Todavía recuerdo las cifras de las mejores noches. Y al jefe parando el coche cada vez que pasaba un avión... esas luces son muy raras para ser de un avión... eso es un ovni. Debía tener el record de avistamientos en territorio español, porque prácticamente todas las noches veía alguno.

El último verano fue el rico en aventuras. Bueno, ahora que soy padre, no diría aventuras, diría más bien... percances.

Un par de años atrás habían estado repoblando venados, el terreno era muy bueno para ellos y se aclimataron a la perfección, aunque algunas ciervas, no habían perdido la mansedumbre del corral de donde vinieron y de vez en cuando se metían en el patio de la casa principal a beber de la fuente o a comerse las margaritas del parterre, hasta que llegaba mi abuela con la escoba, claro.

Una tarde de mucho calor, se presentó en la fuente una cierva con un gabato crecidito, y en un momento ya estaba rodeada de toda la chiquillería obsequiándole flores. Los niños de los jefes, los de los guardas, mis primos... todo el que tuviera menos de catorce estaba haciendo corro. Entonces surgió una de esas ideas que nacen en las cabezas de los niños:

—Si mi abuelo me monta en el caballo, si somos capaces de montar cinco en la burra rabona... si sé montar perfectamente en la bicicleta grande ¿por qué no me voy a poder montar en el gabato? Es mucho más pequeño.

Dicho y hecho, con mi mejor estilo de Western, me enganché a su cuello. No sé cuanto duró el viaje, segundos que me parecieron horas, porque a la montura no le hizo mucha gracia su primer contacto con la doma y equitación, y a la madre, mucho menos. El gabato saltaba como en el mejor de los rodeos y la cierva intentaba morder en algún punto de mi espalda para hacerme descabalgar, por suerte, el retoño consiguió hacerme caer antes que la madre. Todo se saldó con una brecha sin puntos en la cabeza y nuevos raspones que añadir a los que ya me adornaban las rodillas.

A los pocos días, mi madre, preocupada por el estado de mis rodillas, ya que según decía ella tenía "más mataduras que un borrico viejo", decidió que durante el tiempo que quedaba de vacaciones, llevaría pantalones largos. El mismo día que estrenaba pantalones, en uno de mis paseos en bicicleta, descubrí dos lagartos guarreándose. La estrategia a seguir estaba clara según mi experiencia con lagartos aislados: Tirar unas pocas piedras y correr tras él hasta hacer que se suba a una encina, volver a la casa a por la plomera y rematar la faena.

Poco sabía yo por entonces de lagartos en celo, porque nada más bajarme de la bicicleta y sin tiempo para buscar canto alguno, el macho salió disparado hacía mí como un torpedo y mientras yo huía despavorido, de un salto se enganchó en mi pantalón a la altura de las corvas.

Yo gritaba, lloraba, pataleaba, daba vueltas en círculo... mientras el bicho seguía allí prendido. Por suerte no hizo presa en mis carnes, que siempre han sido pocas, pero por aquel entonces eran aproximadamente las de un jilguero.

Viendo que aquello no iba ni palante ni patrás y pensando que si tiraba de él para desengancharlo, posiblemente se engancharía en otro sitio menos aconsejable, o dicho de otra forma, teniéndolo tan cerca del culo, no me quedo más remedio que coger la bici y volver a casa, llorando, y con el bicho trazando círculos al ritmo del pedaleo, con la cola arrastrando por el camino.

El resultado fue un susto tremendo para todos los que me vieron llegar de aquella guisa, carreras, gritos y un Lagarto Ocelado de un metro desde la cabeza a la punta de la cola que mi abuelo celebró aquella noche braseado y con caldo de la tierra.

En todos mis años de campo, nunca he vuelto a ver uno más grande. Tuve pesadillas muchas noches y aún ahora, cuando veo los documentales de cocodrilos, me vuelvo a ver a mí mismo en medio del campo, devorado entre las grandes mandíbulas del gran saurio.

Por suerte, pronto acabó el verano, y por desgracia, el abuelo se jubiló por enfermedad y me vi privado de aquel paraíso.




Dedicado a nuestros abuelos, que como bien dijo Monsieur Le Compte, andaban más que nosotros, sabían de campo más que nunca sabremos y cazaban de verdad, sin polichoques, sin magnaport y sin talonario de cheques. Gracias por sembrar "el vicio" que siempre llevaremos dentro.


Pumuky.