Recortando

Eleno

 

Recortando.

—Buenas tardes, tío.

—Hombre, chico, pasa. ¿Qué traes en esa bolsa?

—Unas bellotas que ayer, que fuimos los amigos al campo a asar las castañas, me traje esto para los perdigones.

—Me alegro de que te acuerdes siempre de ellos. Pero tienes que saber que este año hay que esperar un poco más para coger las bellotas. Todavía no ha llovido una gota, no hay una brizna de hierba en el campo; así las bellotas están muy recias. Más adelante, aunque no llueva, siempre caerá algo más de rocío y con eso se suavizarán un poco.

—¿Qué estás haciendo?

—Estaba recortando los pájaros. ¿Me ayudas?

—Sí, claro. Si por eso he venido. Por las fechas que son me supuse que los ibas a recortar.

—Toma. Coge a éste por las patas y mantenlo así, colgado, que de esa manera no se mueve.

—¿Quién los ha estado agarrando antes que yo llegase?

—Cuando no tengo ayuda les ato las patas con esa cuerda fina, por encima de los espolones para que no se les salga, quedan colgando y tampoco se mueven, si es lo mismo que si tú los agarras por las patas. Fíjate bien, se cogen las plumas de la cola, únicamente las timoneras, entre los dedos índice y corazón. Quedando fuera las otras plumas. Los dedos lo más junto posible al nacimiento de las plumas. Y ahora se corta con la tijera las plumas que asoman entre mis dedos. ¿Te das cuenta? Ahora se le peinan las plumas éstas superiores que taparan por donde hemos cortado y no se verá el corte.

—Claro, queda como si hubiese nacido rabón.

—Ahora se le abre el ala y con la tijera se van cortando, en abanico, las cuatro o cinco plumas primarias. ¿Ves?, al soltar el ala no se ve el corte puesto que queda tapado por las secundarias. También hay que cortarles las tres que forman el álula. Estas que están en el borde. Yo únicamente les corto las plumas que se pueden afear con los barrotes de la jaula o que se puedan enganchar en ellos. Las demás las dejo. Pero claro, cada uno hace lo que mejor le parece.

—Tío, ¿alguna vez se te ha estropeado algún pájaro que hasta entonces lo tenías por bueno?

—Sí, claro, varias veces. Podría contarte varios casos, la mayoría por culpa mía y otros por culpa de… ¿Quién sabe?

—Cuéntame alguno.

—Fue una mañana. Me puse a eso de las diez y media. Aquel día el pájaro contaba con tres celos. Era de una afamada granja y hasta entonces había sido un buen pájaro. Aquel día hizo algo que yo nunca había presenciado y hasta hoy no he vuelto a ver. Aquello lo hubiese catalogado como un pájaro de bandera… pero… «la alegría dura poco en casa de los pobres». Me puse en una bonita y querenciosa plataforma, a mitad de la ladera de los riberos del río, rodeada de retamas y contuesos. El día fue soleado, húmedo, sin viento y de temperatura agradable. El perdigón, como solía hacer, trabajó con un variado repertorio durante más de hora y media y, ante la ausencia de respuesta por parte del campo, decidí terminar por lo que saqué los cartuchos. Cuando me disponía a tocar las palmas se escuchó, como a unos cincuenta metros, la potente reclamada de un macho. Nuevamente puse los cartuchos en la paralela y lentamente, para no hacer ruido, la cerré. Por mi derecha apareció el par. Él delante y ella pisándole la cola. Fueron recibidos con titeos mientras ofrecía a la hembra un minúsculo trocito de retama que sostenía con el pico. El pájaro, impecable, seguía el movimiento de la hembra, a la que no dejaba de alagar. El par giraba una y otra vez en torno al pie del colgadero. Cuando se pararon apunté a la hembra y, por suerte, no acerté el disparo. Nunca me he alegrado tanto de fallar.

—¿Te alegraste de fallarla?

—Sí. De haber acertado no habría sido testigo de cómo al sonido del disparo salió de vuelo la pareja y de cómo el reclamo inmediatamente emitió un grito. Aguileó con una sonora advertencia de peligro haciendo que el par desistiera de su vuelo y tomara tierra nuevamente en la plaza. No había visto ni oído nunca otro caso igual. Una vez en tierra la pareja corrió al pie de una retama aplastándose junto a ella para ocultarse. El de la jaula nuevamente titeó a la hembra, a lo que los cónyuges corrieron a su encuentro como si ya hubiese pasado un peligro que nunca existió. Pásame ese tubo de pomada que hay en la mesa.

—Toma. ¿Para qué es esa pomada?

—Esto es vaselina boricada. ¿Ves?, se la doy en las patas y después, dándole unos suaves masajes con ella, se le desprenden las escamas, teniendo unas patas mucho más bonitas. Con las escamas en las patas cualquier pájaro parece un vejestorio.

—Sigue contándome qué más pasó en el puesto.

—Con aquello que había presenciado hubiese sido suficiente para que cualquier aficionado hubiese vivido uno de los puestos más bonitos de su vida. Pero… Jod… ¡Qué raro que todo salga bien en la vida!… El reclamo se quedó al humo y después buscó al macho, pero éste se hacía el remolón y costó mucho trabajo meterlo en la plaza, no hacía más de ponerse detrás, a la derecha, a la izquierda pero no se ponía en su sitio. El reclamo al final consiguió colocarlo delante de él, a sus pies, y cuando estaba grilleándole le disparé no errando el tiro, sino acertándole, pero parte de la munición le daría en la cabeza, posiblemente, y el pájaro voló haciendo la torre altísima y a continuación cayó a plomo detrás del colgadero. Eso no le gustó al pájaro y nunca volvió a recuperarse. Lo saqué cientos y cientos de veces y siempre hacía lo mismo: Al poco de ponerlo salía de reclamos y si no le contestaban continuaba con todo el repertorio. Hasta ese punto todo perfecto, pero cuando le contestaban comenzaba a sasear cada vez más fuerte. Desde aquel fatídico día nunca más quiso perdices. Perdí varías temporadas con él con interminables culadas, con la inútil esperanza que se le acercaran y que las viese pero eso, lógicamente, no sucedía. Con aquellos berridos que daba lo único que conseguía, algunas veces, era que las del campo también sasearan y generalmente lo conseguido era el silencio total de las campesinas. Él ya no paraba hasta que lo tapaba y daba por terminado el puesto.

—¿Qué es eso que le pones ahora?

—Es aceite de oliva. Mojo los dedos en él y le froto el pico. Mira qué brillante y bonito le queda. Ala, venga, éste para su jaula, que ya están todos.

—Bueno tío, me voy que he quedado con los amigos. Otro día vengo y me cuentas más cosas, ¿vale?

—Cuando tú quieras, hombre…