Titanes de mi tiempo

Hidalgo Reyes

 

Hace cuatro días que vengo entrenando a los perros (Dogo Argentino), salir en bici, con Buey, Yango, Yunque, por la picada del medio, llevarlos como cinco kilómetros hasta la represa de los Rojas Paz, verlos echarse en el barro y bañarse… a la horita y siesta; mientras los pájaros con su gorjeo anuncian que la tarde viene llegando y cerca de las casas un aroma del pan casero. Yo sombreando bajo el tala con mis recuerdos; maravilla de cosas que me trae el silencio, pureza del perro blancos… nobleza toda, ¡como mi sueño!… y por eso… los quiero.

Tres titanes de la caza. Buey, alfa por naturaleza, que atropella como topadora sin conocer miedo. Yango, perro de talla grande, tiene una mordedura como tenaza que me costó mucho enseñarle a dejar y soltar; luego descubrí que era muy sensible a los sonidos de baja o alta frecuencia, bueno ahí comenzó otra historia. Yunque, más bajo, ancho de pecho fuerte como quebracho; chocas con él y es una mole, los voltea a los otros con el pecho. Si lo vieras voltear vacunos ariscos para el lazo, lo mandas y que se agarren… Porque se mete por medio las manos del vacuno, un salto corto, y se prende de la quijada, luego hace fuerza para abajo colgado… toca piso… se sienta… y los tumba a la carrera, cabeza abajo. Un silbo corto… y deja al bagual, concluido su trabajo.

Después del almuerzo, cuando viene silencio, tengo por costumbre dar de comer a mis perros una sola vez al día, y ellos mueven su cola porque la tienen bien merecida. Ceremoniosamente preparo una sola olla para los tres, luego procedo a llamarlos con un silbo, nadie se acerca a mi lado. Solamente me rodean en semicírculo.

Luego con voz firme, Buey… venga… coma… hasta que yo creo lo suficiente… un manotazo en el cuello y se retira… a su lugar. Luego Yango se sienta y baja su mirada… no avanza… espera la orden de… coma… Un manotazo al cuello… suficiente… y se retira a su lugar. Yunque, ¡bueno!… con esa cara de ¡yo no fui!… te veo y eras el más debilucho de aquella camada, todavía me acuerdo; que siendo cachorro te golpeabas por no desprenderte de la teta de Cona, tu madre, madraza, que te llevaba puesto, no sé cómo hacías, eso que no tenías dientes aun, será succión o denotaba fuerza en la mandíbula y, por supuesto, cuando largaba, rebotabas en el piso, tu fuerza por vivir, qué entereza… y dije ‘este es un Yunque’. Por eso, cuando salgo a cazar, la montería es la libertad plena, solo de ellos y mío, y me verán los horizontes perderme en la polvareda y siento que soy parte de ella… toda esa tierra… y no molesta.

Allá en surcos ajenos, me encontrarán cortando huella al cuchi y el aroma salvaje me lleva al lance final y épico con mis tres titanes, que en ardiente batalla de sangre, sudor y dientes sólo existe la vida o la muerte. Pues antes he de azuzar a mis perros… Con todo mi grito y todas mis ganas, porque soy… alma y sentir de perrero. Soy doguista, del cruza, y del Cuzco también, cazador de chanchos, señores. ¡Alma y sentir de perrero! Y les diré a mis perros como dice aquel verso…

«No te des por vencido, ni aun vencido, no te sientas esclavo, ni aun esclavo; trémulo de pavor, piénsate bravo, y acomete feroz, ya malherido».

Así lo siento y así lo escribo.