El primer Taitetú

Marcelo Valdivieso

 

Habíamos estado manejando toda la noche con el reflector sin conseguir más que un Tatú (Armadillo), antes del amanecer a las 5:00 se largó a llover, nos encerramos en la camioneta apostando a que el temporal pasara pronto, como un regalo las primeras luces del alba nos muestran que la lluvia afloja.

Nos preparamos y decidimos repartir los puntos de cacería, nos encaminamos cada uno al encuentro de su destino, mochila, botella con agua, poncho impermeable, repelente machete, todo estaba en su lugar.

Cuando al haber recorrido no más de doscientos metros desde el vehículo, nos sorprende el amanecer más bonito que he visto en mis 45 años de vida, una nube grande como de 1 Km. cuadrado, que descolgaba un dosel de lluvia por un extremo, navegando suavemente con su arboladura desplegada a la dulce brisa de la mañana, iluminada por el sol que no terminaba de salir por la línea del horizonte, destellando toda con diferentes tonos de un color rosa suave aquí, encendido allá. La cortina de lluvia se arqueaba grácilmente por el avance de aquella nave de ensueños que iluminaba el horizonte, abajo los campos cultivados lucían diferentes tonos de verde y ocre enmarcados en cortinas de selva cuyos árboles caprichosamente arqueaban su ramas y troncos cual femeninas cabelleras rivalizando la belleza de sus follajes adornados unos con flores de vivos colores y otros con las hojas llenas de diamantes engastados por las gotas de rocío que contenían.

Miríadas de insectos zumbaban el la humedad de la mañana, algunas nubes aisladas dejaban caer lloviznas intermitentes, era la mañana ideal para cazar, íbamos detrás de una piara de pecaríes de collar conocidos como chancho de monte o Taitetú, sus huellas se encontraban impresas por doquier, alrededor de dos charcas se veían muy frescas, sigo caminando por el campo sembrado de soya, bordeado una franja de monte cuando de pronto me sorprende una gavilla de cinco urracas, las cuales dan su grito de alarma avisando a las criaturas de la selva que allí estaba el hombre y con pésimas intenciones, una y otra vez los estridentes gritos de estas chismosas aves resonaban por todo el campo, dos patos crestones alarmados por la algazara levantan raudo vuelo a mas de cien metros de distancia, intento hacer callar al coro de comadres lanzando un palo y se enfurecen alzando su estridente voz al máximo de su volumen, intento huir de ellas avanzado a grades y rápidas zancadas, pero el grupo de negras aves me persigue de árbol en árbol con denuedo y sin dejar de chillar un instante, intento usar el mimetismo de mi ropa camuflada quedando inmóvil entre las ramas de la selva y tampoco funciona los agudos ojos de los pajarracos rivalizan con la agudeza de sus chillidos, cuando doy por perdida mi caminata ya que ningún animal se acercara con tamaña algarabía, estos pájaros parecen atraídos por algo mas interesante y al fin me dejan en paz.

Encuentro un camino que entra al monte con huellas frescas por donde ha pasado la piara, paralelo al mismo a veinte metros, un pequeño curso de agua cruza la franja de monte que tiene unos ochenta metros de ancho, camino al lado del agua cruzando la faja de monte mirando cuidadosamente donde porgo los pies ya que el lugar es ideal para encontrase con algún ofidio que esté desayunando ranas, treinta metros antes de salir al otro sembradío con maíz, descubro con alegría un camino claramente marcado donde los suinos cruzan el arroyo con frescas y abundantes huellas en ambos sentidos, este es el lugar ideal para el acecho.


Camino hasta salir al sembradío de maíz, se ve claramente en los pastos aplastaos a la orilla del monte donde los cochinitos se revuelcan, mazorcas comidas por doquier, estos muchachos se alimentan bien, con soya, raíces, frutas e insectos en el monte y “todo lo que pueda comer” de maíz, es un lugar paradisíaco para ellos, adicionalmente agua fresca para beber y varias albercas de lodo para jugar.

Luego de mirar y caminar un poco por el borde del maizal, decido volver al lugar de cruce para el acecho, me apuesto en un lugar que me permite ver claramente las dos salidas del cruce, saco la botella de agua tomo un trago y tratando de hacer el menor ruido posible dejo de lado mi mochila y comienzo “la guerra de esperar, como dicen los Zulúes”, esta es la mas dura de las batallas a vencer, inmóvil dejando que los mosquitos se sirva a voluntad en los dedos de las manos, orejas, narices, ojos y todo lo que está a su alcance, algunos atraviesan la ropa con su urticante trompa, que va, paciencia hombre si esto es lo que te apasiona. Pasa el tiempo y nada, ¿será que estoy muy cerca del cruce?, ¿me habrán olido?, ¿cuál será la hora de paso por esta parte del campo?, preguntas y más preguntas sin respuesta, decido moverme y volver por mis pasos al cultivo de soya donde tal vez tenga opción de un tiro largo con el Norinco .223, de manivela con mira Tasco 3-9 x 40 que llevo.

No bien salgo del monte veo a como a doscientos metros un marrano grande que pasa de la soya al monte y detrás de el un compadre de menor tamaño, me pongo en posición de tiro pero detrás de ellos no vienen otros, aparentemente viene hacia el cruce, retorno una vez mas al puesto de acecho pero me coloco a treinta metros de distancia del mismo, mas lejos que la vez anterior, nuevamente esperar sintiendo que cada ruido de la selva te hace brincar el corazón, cae una rama, parece que suena el maíz, otra vez el pájaro carpintero, es solo una rana que hace un clavado y los marranos nada. No se escucha su soez conversación de gruñidos y chillidos, tampoco han tronado amenazadoramente los dientes, pasa otra media hora, estoy a punto de moverme hacia el maíz, cuando de pronto sin un ruido, pero sé que esta aquí, miro en dirección al cruce y entre los arbustos de la orilla del agua, justo sobre el cruce, un lomo color café claro, no puedo ver la cabeza, será un Jochi (Agutí), pensando y dudando instantáneamente mientras pongo el retículo en el blanco, parece que el animal me ha visto por que esta inmóvil, la mira esta en posición, el índice se tensa en el gatillo, la respiración está en suspenso, el estampido rompe la inocencia de la mañana, un gruñido alto señala que he acertado, doy un salto y cruzo el agua, las hierbas se sacuden frenéticamente, mi cuerpo se estremece de ansiedad para acercarme y ver la presa, pero mi mente ordena y duda ¿y si se para y embiste?, ¿y si es otro animal?, ¿si se escapa herido?, cambio de cartucho nerviosamente ya que el rifle esta sin cacerina y la maniobra de sacar cartucho del bolsillo y empujarlo con el dedo en la recamara toma una eternidad, al fin recargo y me acerco, el animal se debate por levantarse, termino su agonía con un certero tiro de gracia.

No puedo creer, detengo el tiempo contemplando con respeto la inmóvil presa, miro cada detalle de su constitución, me parece un espléndido animal, no es muy grande, es un macho joven con un pelaje de color castaño en el lomo, su blanco collar le adorna el cuello, sus dientes son mas bien pequeños pero afilados, lo he conseguido después de varias cacerías y muchos intentos he logrado cazar mi primer Pecarí.

Satisfecho y con el pecho henchido de felicidad agradezco al Dios Altísimo que me haya brindado con una de sus criaturas y con aquel día memorable tan perfecto en todos sus detalles y que quedara grabado en mi alma por el resto de mis días.

Cargo la mochila, la presa sobre mis hombros, el rifle agarrado en el antebrazo izquierdo (el mismo que saco la correa al rifle, guardo el cargador en un cajón con llave), ambas manos agarrando las patas y a caminar se dijo, el que quiere celeste que le cueste, la felicidad compensó la larga caminata.

Cargado en forma tan cómica llegué al camino sin aliento, pero con la satisfacción del cazador que ha abatido su presa en un lance legitimo, llenándose de vida al sintonizar con la danza de la naturaleza, que equilibra el baile del ínfimo esfuerzo propio con la colosal sinfonía que dirige y ejecuta el inmenso amor de DIOS.