El Madrugón

Jerónimo Lluch

 

Frasquito Amores se había criado en el campo. En la finca “Los Granaillos”, donde su padre trabajaba a fruto por pensión, había hecho sus primeros escarceos como cazador. Al principio con el tirachinas, después con una carabina de aire comprimido y más tarde con una escopeta de cartuchos del calibre veinticuatro, de segunda mano, que su progenitor le regaló con motivo de su quince cumpleaños.

Con dicha escopeta mató las primeras perdices en un puesto al alba que dio en la Erilla Alta, donde había localizado un bando de patirrojas, a un reclamo llamado Cocherín que era un maestro arrimando cacería.

En una de sus visitas al pueblo conoció a Juana López, de la que se enamoró perdidamente, y era tal la pasión que ponía al hablar de ella y a relatar sus primeras vivencias a su lado que sus amigos comenzaron a llamarle Frasquito Amores, aunque su nombre de pila era Francisco Rodríguez.

Tras casarse con Juana continuó la vida en el campo pero en otro cortijo llamado Tierras Nuevas, también en el término de Constantina, donde a la par de las labores agrícolas y el pastoreo siguió colgando el pájaro, casi siempre en el puesto de alba, más compatible con sus quehaceres y obligaciones diarias.

Frasquito nunca fue a la escuela ni tampoco aprendió a leer ni a escribir, contaba torpemente con los dedos y era Juana, que conocía las reglas ortográficas, la que le sacaba de los apuros en los que solía verse por su falta de cultura.

Ya cumplidos los setenta se vino a vivir al pueblo pues sus facultades físicas habían mermado y las faenas del campo comenzaban a pesarle. Continuó, sin embargo, practicando la caza siendo la perdiz con reclamo la afición a la que más tiempo dedicaba.

Una noche mientras conversaba con los amigotes en “La Mina”, la taberna de su barrio, comentó:

—Mañana voy a ir al alba, ya que tengo un pollo que apunta muy buenos detalles, al que me gustaría matarle una collera que he volado mientras cogía faisanes en Gibarrayo, cerca de los tres pinos.

Entre Juan “El Colorao” y Pepe Garzón se cruzó una mirada de complicidad, tras el categórico comentario de Frasquito, y cuando éste concluyó de hablar Juan preguntó:

—¿Y a qué hora vas a irte al “cazaero”?

—Juana, contestó Frasco, que se ha marchado al Pedroso a darle a su hermana una vuelta ya que anda fastidiada con el reuma, me ha puesto el despertador a las seis y media, así que en una hora estaré colgando porque tengo el puesto preparado y el pulpitillo hecho.

Mientras Pepe Garzón seguía conversando con Frasquito, Juan “El Colorao”, so pretexto que iba por tabaco, buscó una escalera, subiéndose por el balcón de Frasquito cuya ventana siempre dejaba abierta, y adelantó el reloj poniéndolo a las cuatro y media.

Al llegar la madrugada tras el repiqueteo del despertador se levantó Frasquito, se vistió en un santiamén y luego de aparejar a Perico, el burro con el que solía desplazarse, enmantillar el pájaro, metiéndolo en el serón junto con la escopeta, se puso en marcha hacia Gibarrayo.

A media mañana en “La Mina” Juan “El Colorao” y Pepe Garzón esperaban impacientes la llegada de Frasquito para que les informase de los pormenores de la cuelga. Cuando éste se presentó, cabizbajo con cara de cansancio y el mal humor reflejado en el rostro, ambos con caras de no romper un plato se decidieron a preguntar:

—¿Cómo te ha ido al alba Frasco?

Frasquito tardó en responder, buscó la silla más cercana y cuando se acomodó en ella lanzó un hondo y prolongado suspiro, presagio de la mala noticia que iba a empezar a narrar:

—Compañeros me estoy haciendo un cascajo, mis facultades merman por día y mi naturaleza no soporta ya esos trasiegos que hace tan poco tiempo aguantaba sin pestañear.

—¿Pero qué nos estás contando Frasco, qué es lo que te ha pasado? —inquirió Pepe, socarrón.

Amores, casi con un sollozo, tomó aire se restregó los ojos y comenzó el relato de sus andanzas matutinas.

—Mirad, cuando sonó el despertador me levanté como si no hubiera descansado, tenía un sueño tal que estuve por desistir de ir a colgar, y más me habría valido, pero tratando de espabilarme me vestí y después de aparejar el burro llené mi estufilla portátil con un poco de cisco, cogí los trastos de la cuelga y me encaminé al puesto. Ya en él encendí la estufilla, la acomodé en el aguardo, le quité al pájaro la sayuela, una vez amarrado en el matojo, y después de meterme en el puesto y cargar la escopeta, me dispuse a esperar a que con las primeras luces del día mi pollo diera señales de vida. Pero la llegada del amanecer se me hizo interminable, era tanto el agotamiento que llevaba que me quedé como un tronco sin apenas darme cuenta que dormía.

Desperté ya venido el día, estaba “arreciito” con las piernas entumecidas y el cisco consumido y apagado.

Cuando miré por la tronera vi a la collera alrededor del matojo y al pollo dando de pie. Moví la escopeta para encarármela pero tenía tan insensibles las manos, el arma me tembló tanto que los pájaros extrañaron el brusco movimiento y dando “un pitío” se fueron a comer trigo al Donadío. ¡Menudo cabreo cogió el pollo!, ¡ya veremos si otra vez me canta!, ¡buen sofocón pasé yo también!, así que mientras bajaba del cerro me he prometido no colgar más al alba porque ya no aguanto ni los madrugones ni el relente de esas horas.

Juan y Pepe estallaron en una sonora carcajada, y cuando apuraron el tinto de sus vasos le desvelaron a Frasquito la broma de que había sido objeto; y como subió de nuevo Juan al dormitorio para dejar el despertador a la hora que Juana lo había puesto antes de ausentarse.

Frasquito, sin inmutarse, le dio un largo trago a su copa y meneando la cabeza apostilló:

—Eso me suena a cuento, a mentira piadosa, que me queréis largar para que no sienta que voy perdiendo facultades; así que lo dicho, éste que está aquí, por ésta, y se besó los dedos formando una cruz, que no cuelgo más al alba.

Y Frasquito Amores cumplió su promesa sin que Garzón ni “El Colorao” pudiesen nunca precisar el verdadero motivo de tan rotunda decisión.