Cara de camuflaje

Jerónimo Lluch

 

Sonó el despertador a las seis de la madrugada, me levanté con los últimos vestigios de un descanso interrumpido, aunque lo ilusionante que se presentaba la jornada hizo que pronto me reanimase y con rapidez concluí los preparativos necesarios antes de partir para el cazadero.

Había quedado con mi hermano Vicente y Julio Lozano para colgar al alba en la finca «Los Recitales Altos» de la que Julio era socio y a la que íbamos como invitados suyos.

Un pinchazo, durante el trayecto, hizo que demoráramos la llegada al coto por lo que una vez en él encendimos una pequeña candela para entonarnos un poco, dado lo fresco de la mañana y el frío que habíamos pasado cambiando la rueda, y como ya se vislumbraban las primeras claras del día decidimos dar el puesto de sol en vez del de alba.

Aunque lógicamente yo llevaba mi pájaro, Julio me pidió que colgase «el Bonito», un reclamo de su propiedad en el que tenía puestas muchas ilusiones aunque hasta el momento no se le había visto ningún detalle convincente.

Después de decidir en que puesto colgaríamos me encargué de apagar la candela ya que «el Mirador», sitio que me tocó, era el más cercano adonde teníamos el coche.

Ya en el colgadero acondicioné el portátil, retoqué algo el pulpitillo, que ya tenía hecho de otra ocasión y me introduje en el puesto en el cual metí mi pájaro dejando al de Julio en el matojo.

«El Bonito», que tenía una estampa envidiable: cabeza pequeña, pico grueso y corto, ojos encendidos, plumaje brillante, tardó en salir unos minutos, pero cuando se arrancó hizo gala de un repertorio variado y atrayente, por lo que el campo contestó pronto a sus reclamadas y comenzó a correrse hacia las proximidades del Mirador.

Un repentino cosquilleo empezó a invadirme dado el estado de nervios que me embargaba pensando tendría pronto alguna perdiz en la plaza, pero cuando más ardor mostraban las campesinas hizo «el Bonito» una callada que, si en un principio supuse empleaba tal recurso para confiarlas, pronto sospeché que iba a ser prueba de la poca casta que el reclamo poseía.

En el cerro de enfrente mi hermano, que colgaba «el Medina», un pájaro muy meloso, ya había ‘pegao’ dos zambombazos por lo que yo dentro del puesto me agitaba nervioso y triste por la situación que empezaba a padecer.

Transcurrido un largo rato sin que mejorase el panorama, preso de un tremendo mosqueo, decidí quitar al «Bonito» y sacar al mío y mascullando algo así como: ¡maldita sea tu estampa!, pegué un fuerte tirón de los broches que cerraban el portátil dispuesto a realizar el referido cambio.

Pero cual no sería mi sorpresa al verme de pie y con el puesto abierto y descubrir dos perdices que a menos de diez metros habían detectado mi presencia mirándome descaradamente. Pensé darían un chiflido e «irían volando donde Cristo dio las tres voces», pero para mi asombro comenzaron a picotear sin apariencias de resabio por su repentino descubrimiento.

Sin parpadear cerré con lentitud un broche tras otro sentándome en el banquillo cuando llegué a los de abajo, comprobando luego, a través de las aberturas entre ellos, como permanecían en el mismo sitio las perdices despreocupadas, de lo que pensé habían observado.

Mi sofocón, tras la sorpresa, continuó en aumento repitiendo una y mil veces:

—¡Abre el pico, canalla, que tienes encimita el campo y con sólo unos reclamitos se te vendrán como balas!

Pero el canto del «Bonito» no se produjo y si otros dos castañazos de mi hermano —¡y ya iban cuatro!— que, al contrario que yo, disfrutaba de lo lindo de la mañana.

Tras larga espera y cuando la collera desapareció de mi vista, salí del puesto acordándome de todos los familiares del «Bonito» y como era ya tarde para colgar el otro pájaro lié el portátil y esperé cabizbajo la llegada de mi hermano. Cuando apareció traía la cara radiante propia del que ha tenido una magnífica jornada de caza.

Ya casi a mi lado cambió repentinamente el semblante y con una mueca de sorpresa me espetó:

—¿Qué te ha pasado, es que has estado haciendo cisco?

—¿Qué quieres decir con eso?, le respondí.

—¡‘Jodé’ que tienes la cara ‘toa’ llena de churretes y te pareces al rambo de las películas!

Como hice un amago de limpiarme con el pañuelo añadió:

—Vamos para que te veas en el espejo del coche y allí te limpias con la bayeta que llevo para secar las escopetas cuando se mojan.

Ciertamente, según pude comprobar, mi cara era todo un poema y deduje que posiblemente me había servido de camuflaje, toda tiznada, para que la pareja bravía, como criada en el campo, pues entonces aún no había sueltas de granjas, no se hubiese alarmado con mi brusca aparición.

Supuse también que al haber apagado la candela con las botas y tocarme luego éstas con las manos, la ceniza impregnada en ellas las habría manchado y en mi estado nervioso me tocaría con las manos la cara, de ahí el aspecto ennegrecido que presentaba mi rostro.

—¿Y a Julio —inquirió mi hermano— qué vas a contarle del «Bonito»?

—Ya veremos —le respondí—, tal vez le diga, para que se convenza del ‘burraco’ que tiene, que ha estado fenómeno pero que hoy el campo no ha hecho por él, y así cuando lo cuelgue que le de una ‘mochuelada’ tan grande como la que hoy me ha dado a mí.