La gran mocholada

José Antonio Romero

 

El «de Manué», como siempre lo conocimos todos aquellos que disfrutamos de sus fantásticos recitales durante su larga vida como reclamo, se lo adquirí a Manuel, el yerno de Natalio, el guarda de siempre de la finca «Las Mesas» de Gibraleón, por tres mil de las antiguas pesetas.

Debería correr el año 1984 cuando mi gran amigo y «secretario» de cacerías, José Trujillo, hombre fiel donde los haya y con una calidad humana fuera de lo común, me dijo un día:

—José Antonio, un compañero de trabajo tiene dos pollos y los quiere vender. Me he enterado y le he dicho que no los venda hasta que yo te lo diga y vea si estás interesado en ellos.

Dicho y hecho. Fuimos el sábado siguiente por la mañana a verlos hasta la población olontense con la idea de traerme el que más me gustara. Pero no fue así: no me traje el que más me gustó, sino el que menos.

Me explico:

Ya había enjaulado al que me gustó por ser el otro un poco «feucho, desgarvado» y bastante bravo, cuando Manuel me dijo:

—Te llevas el peor y dejas el mejor, te vas a arrepentir.

Aquello me dejó un poco pensativo y José terminó de hacerme un lío cuando, mirándome, me dice:

—José Antonio, haz lo que dice Manuel.

Como a José siempre le tuve y le tengo, a pesar de su ya dilatada edad, una gran confianza en sus «barruntos» e indicaciones, porque aunque nunca ha sido cazador, tiene un olfato y un sexto sentido que rara vez se equivoca, decidí volver atrás, pues ya estaba en la calle y traerme al «de Manué», nombre de guerra que tuvo a partir de este momento.

Por el camino de vuelta hasta Huelva, como solemos hacer en estos casos, fui soñando despierto con haber hecho la compra que siempre anhelamos cuando realizamos una nueva adquisición.

Pero… cuando llegué a casa y le quité la funda… La historia fue otra cosa.

—Lo que yo pensaba —me dije a mí mismo.

Saltos, alambreos, guitarreos… Y mi moral por los suelos.

Tras varios días con las mismas filigranas, decidí apartarlo de los tres o cuatro pájaros que tenía por aquellos entonces con la idea de que si no mejoraba, soltarlo y de camino que no pusiera a los demás como «motos».

Fueron pasando las jornadas casi con las mismas «buenas maneras» que había demostrado desde el principio. Así que decidí darle la libertad el primer día que fuera al campo. No lo había escuchado nunca pronunciar su nombre y siempre me recibía con sus «cariñosos saltos» y los no menos «suaves alambreos».

Pero un buen día, María, la hija de José, que se encargaba de cuidar a mis dos hijos, me dijo al volver del colegio:

—José Antonio, el pájaro que tiene usted apartado ha cantado muchas veces hoy, y ayer también.

Me dejó de piedra. No me lo podía creer, así que le pregunté:

—María, ¿estás segura? ¿No te habrás equivocado?

—No José Antonio, no me he equivocado, lo he escuchado y lo he visto.

—¡No me lo puedo creer! —pensé para mí—. El sábado o domingo lo probaré antes de soltarlo, no vayamos a meter la pata hasta donde dijimos, como suele ocurrir cuando nos deshacemos de un reclamo sin antes haberlo probado.

Recuerdo que aquel sábado, primero o segundo desde abrirse la veda de ese año, terminé de bolo, es decir, no toque pluma y mi hermano Juanvi le había tirado tres al de Burgos. Así que dándole una y mil vueltas a la cabeza, mientras intentaba dormirme, me decidí:

—Mañana cuelgo al «de Manué», salga el sol por donde salga.

Nos levantamos temprano, desayunamos la clásica «tostá» con ajo y aceite de oliva, al lado de la inseparable y reconfortante candela y preparamos cada uno todos nuestros bártulos. Me dirigí hacia donde estaban todos los reclamos y enfundé a mi elegido para aquella jornada matinal.

No se me olvidará que aquella mañana, con las primeras claras del día, era fría y húmeda, ya que había llovido bastante aquella noche, pero el astro rey empezaba a despuntar con una fuerza que casi presagiaba lo que allí iba a suceder y poco a poco iba eliminando aquellos tímidos bancos de niebla que levitaban sobre el encinar donde estábamos inmersos.

Fue en un puesto de monte que tenía hecho, ya que por aquellos entonces todavía seguía la tradición de nuestros ancestros, donde el «de Manué» debutaría conmigo. El aguardo estaba situado en una suave loma y camuflado por una mancha vieja de monte.

Después de amarrarlo bien, por si las moscas, dado su «apacible carácter», me fui retirando poco a poco para el aguardo tras quitarle la funda y palillearle un poco con los dedos, pero… ¡insólito! ¡Ni un salto, ni un alambreo, nada de nada! Aquello sólo era un pájaro pequeñajo y feucho, pero derecho como una vela en su trono de jaras salpicadas con unos entremezclados manojos de tomillos y jaguarzos.

¡Era para morirse! Poco a poco fue situándose y comenzó a recitar uno de los muchos y magníficos conciertos con los que me obsequió en su larga vida. Yo no cabía en el pellejo: reclamos hondos y pausados fueron entremezclándose con cuchicheos de una armonía inigualable y piñones que desarmaban a la mejor patirroja del contorno.

No tardó mucho en contestarle el campo. En el cerro de al lado empezó a retumbar un reclamo bronco y hueco que hacía presagiar que estábamos ante un buen «mihura», y que habría que torearlo lo mejor que se pudiera.

A los pocos ninutos, un «pillo-pillo» seguido de un estruendoso aleteo me hizo pensar lo peor: un bando. Y así fue: conté hasta quince.

No sabría decir si el corazón se me salía por la boca o la sangre se me helaba. Lo cierto es que allí, en la plaza, ante los ojos del «de Manué» había más de una docena de pájaros y aquello era como para vivirlo, sin perder las composturas.

Mi reclamo se había quedado callado por momentos tras el «voletio» del campo, pero con una suavidad fuera de toda narración que podamos hacer los humanos y con unos piñones dignos del mejor beso de Ava Gardner, estaba acercándose a toda una legión de guerreros como si de ovejas se trataran.

La manos me temblaban, intente varias veces hacer carambola, pero un nudo en la garganta y un intenso calor interior me impedían toda acción a realizar. Miré a José y… nada. Estaba blanco como la pared. No sabía qué hacer… Por fin decidí, como tantas veces había escuchado a los grandes aficionados, apuntar al «jefe bando» y así lo hice. En una de las vueltas, cuando reclamo y campero mantenían una dialéctica retadora ante los otros componentes del bando, apreté el gatillo.

El estruendo del tiro hizo que todos los demás salieran volando o corriendo de la plaza. Sólo quedo el «macho vara», pero… dando unos botes que llegaban a la altura de la jaula.

—Me lo cargué como reclamo —pensé por momentos, aunque nunca más lejos de la realidad de mis elucubraciones. Aquella imagen era una maravilla. Si más botaba el campero, agotando los últimos instantes de su vida, el entierro que le hacía el «de Manué» iba creciendo en antología. Parecía que había ensayado aquel episodio mil veces: curicheos inaudibles y piñoncitos enamoradores de la viuda más esquiva, hacían que el resto empezara a desfilar unos tras otros como si fueran corderitos. Cada nuevo estallido era otra repetición del acto anterior, pero con una diferencia: quedaban secos ante su señor.

No quise hacer mucha sangre y una emoción inusitada me inundaba de tal forma que lo único que deseaba era llegar a la casa y contarle la historia a mi hermano y a los otros compañeros. ¡Seguro que no se lo creían!

Salí del puesto y tras toser para que se retiran sin volar los que habían quedado, fui recogiendo del suelo las víctimas de aquel «atentado» y se los acerqué al rey. Por detrás de mí solo escuché a José decir: ¡Olé tus cojones! Me fui acercando con tranquilidad a mi reclamo, pero ya no era el mismo. «Sus botecitos sin malicia», como decía Pedro, me recibieron como lo seguiría haciendo por los restos de su vida.

Años tras años, mi hermano Juanvi, mis primos Jerónimo y Vicente, el compañero y amigo Raimundo, mi hijo Pablo (llegó a colgarlo con nueve años acompañado por el amigo José y le tiró tres pájaros), mi sobrino Rubén y hasta Pedro, gran jaulero de Tharsis, disfrutaron con sus excelencias.

Pero… podría tener siete u ocho celos cuando dio su único y «gran recital», si así lo podemos calificar. Era el último día de cuelga de aquel año. A mediodía, me había enterado que el arrendatario del coto de al lado y «sargento de hierro» a la hora de vigilar las lindes, no estaría en la finca en la jornada vespertina. ¡Ni me lo pensé! Por la tarde me fui a colgar casi en donde dijimos…

Aquello era un gallinero: hembras cantando por aquí, machos por allí… Recuerdo que José llevaba la cara descompuesta y desencajada. Las parejas volaban una tras otra a nuestro paso. Pronto dimos con el sitio, ya que no era el momento ni el día más adecuado para buscar el colgadero idóneo, José se puso a tapar el portátil mientras yo apresuradamente arreglaba la plaza y preparaba el farol.

Rápidamente se metió José en el puesto y lo primero que hice mientras caminaba hacia el aguardo tras desenfundar el pájaro fue contar los cartuchos que llevaba porque aquello tenía pinta de ser algo para nunca olvidar.

Me acomodé con el banquillo en el puesto, cargué la escopeta y la situé en la tronera, pero… ¡Qué raro! ¡Sólo se escuchaba el campo! «El de Manué» estaba mudo.

Fue pasando el tiempo de una forma interminable, mientras la garganta se me resecaba cada vez más. Yo miraba a José y él me miraba a mí, sin que ambos diéramos crédito a lo que estaba pasando.

Con esta «singular e impropia alegría» que teníamos, fueron pasando los minutos y así hasta que empezó a caer la noche, esperando que cambiara la situación, como tantas y tantas veces suele ocurrir. Pero nada… Ni abrir el pico. No era el día que él había elegido para dar un puesto de diez.

¡Alguna vez tenía que ser!

«El de Manué» murió con catorce años y, desde los nueve o diez, tenía artrosis en las patas. No se podía poner de pie. Pero aun así, su disminuido estado físico nunca le impidió ser un gran reclamo y darme muchos días de gloria y muchas horas para poder contar sus grandezas. No era la tipología que tantas veces relatamos y escuchamos del pájaro de bandera, pero sus inmensos recursos con las montesinas hacían de él un reclamo con el que soñamos todos los pajariteros.

Fue la tarde de un Día de Reyes cuando dejó de existir. Está enterrado en un majano de piedra en la finca «Los López» de la Puebla de Guzmán (Huelva).



A mi mujer, humilde y sufrida consentidora de todos los abusos que cometemos los aficionados a la jaula.


P.D. Es mi primer escrito como relato de caza, ya que ni nunca lo he intentado con anterioridad ni soy Miguel Delibes con la pluma. Pero creo que a este gran reclamo le debía, como muy poco, ésto; para gloria de su inmensa calidad y por darlo todo para mi satisfacción personal como dueño.