¡Coñó, qué tiro le «pegao» a la pasta!

Lagartijo

 

Mi «cuñao» Manolo y yo hemos sido cazadores de pájaro desde chiquitillos, con el biberón en la mano ya sabíamos cuchichear y echar piñones, en nuestras casas había CAZADORES de los de antes, de los de salir al campo a ver qué me puedo traer para poner la mesa.

Había tres hilos de perchas de cerda en el campo y doscientas costillas para los zorzales, había que repasarlas con aire, con agua o con lo que hiciera… por la noche los zorzales se vendían por pares casa por casa. La turca «Estrella», compañera inseparable de requerías, siempre aportaba algo: una liebre plomeada, un conejo que se entretenía, una perdiz que se había salido de un tiro, en fin, ayudaba.

Cuando llegaba el verano hacíamos puestos para los patos en las garveras de garbanzos y los esperábamos de madrugada, las tórtolas en los rastrojos, las bandas de pájaros en los aguaderos… la vida de antes, el campo como medio fundamental de subsistencia.

Yo, como podéis imaginar, estaba deseando pillar vacaciones en el internado —después en la Facultad—, para venirme al pueblo a disfrutar de la libertad del campo y de los amigos; lo mismo daba una temporada que otra, siempre había algo que hacer y, si no, lo inventábamos.

En aquellos entonces nuestro campo tenía muchas tierras calmas que daban trabajo a muchas personas en verano y mucha vida a muchos animales, había muchos insectos y semillas de todo tipo, como consecuencia había perdices a destajo, por muchas que pilláramos no se acababan.

Nosotros, mi «cuñao» y yo, todos los años criábamos unos pocos, sin embargo, al amigo Cayetano «esta tontería» no le gustaba,

—Será posible que tengáis paciencia para sentarse allí esperando a que venga un perdigón para pegarle un tiro «parao», mirando al de la jaula… y algunas veces… vamos algunas veces ¡hasta se va!

—Mira Cayetano que esto no es tan sencillo, que en vez de venir un perdigón parece que viene un toro, te pones nervioso y se va.

—¡Un cipote! Cómo se va a ir un perdigón parado a un olivo al triángulo. Eso le pego yo un tiro que no «quean» ni las plumas y, si el de la jaula quiere seguir cantando que cante y, si no, que lo deje…

—Pero hombre Cayetano, mira que…

—Nada, que le pego un tiro a un conejo en el hocico de los perros, lo hago una pelota y quieres tú que se vaya un perdigón en la jaula, vamos hombre, eso a «ustés» que no sabéis ni aparpar la escopeta, pero a mí… ¡a mí se me va a ir un pájaro!… vamos hombre.

A medida que el eterno debate se iba poniendo bueno, el tabernero —maestro en su oficio— iba llenando las copas y el vino haciendo su trabajo.

—Pero bueno, tú has tirado alguna vez con una paralela —le digo yo.

—Vicente vayas a darle a éste la escopeta que es capaz de matarte el de la jaula —dice mi cuñado Manolo.

—¡Al de la jaula!, vamos hombre, al del campo si viene, que no vendrá porque el de la jaula será un mochuelo, le pego yo un tiro que se traga hasta el taco.

—¿Tú estás seguro de eso? —le reta Manolo.

—¡Que si estoy seguro!… me cago en…

—A las tres y media en mi casa, yo me quedo en «las Pesebreras» y vosotros a lo alto «el Poyatillo», vámonos que no nos da tiempo ni de comer.

Salimos cada uno para su casa; tomo un bocado a salto de mata, me echo al hombro al Roldano y la escopeta, encima les echo la pelliza; tiro para el Calvario y, como hacía siempre, dejo el pájaro detrás de la puerta, la pelliza encima del pájaro y la escopeta sujetando la pelliza.

Echamos a andar camino adelante con la misma conversación que teníamos en la taberna, que si pitos que si flautas…

—Yo me quedo aquí —dice mi cuñado Manolo—, como tires y se vaya el pájaro, te publico por todo el pueblo…

Llegamos a lo alto del Poyatiyo y, en la misma plaza, estaba la collera de pájaros, se volaron para la cara del Cañalizo, pasando por encima de nosotros.

—Anda Cayetano, que no es hermoso el bicho.

—Como le dé por venir, que no vendrá, le voy a pegar un tiro que va a dormir la siesta en el humo.

Nos pusimos manos a la obra y, en un momento, habíamos hecho un puesto perfecto con el ramón de la tala. Cayetano puso la tronera a su altura (él es grande), coloqué el colgadero donde él me dijo y, en la plaza, le puse una hermosa pasta, para que el del campo se subiera encima y que no le estorbara nada.

En todo el rato de los preparativos, el pájaro del campo no había dejado de cantar y Cayetano, absolutamente novato en estas lides, estaba visiblemente nervioso.

—¡Coñó, como venga, qué tiro le voy a pegar!

—Venga, métete en el puesto que voy a colgar.

Cuelgo al Roldano, pájaro ya consumado y de un gran nivel, retirándome de él, suelta un chorro de piñones, salgo corriendo y me meto en el puesto…

—Carga la escopeta que ésto está aquí ya…

—Sí hombre, meramente parece que lo tienes atado…

En ese momento aparece el del campo. Cayetano se echa a la escopeta, tira de ella para atrás, para estar más cómodo…

—No tires hasta que yo te diga.

El Roldano estaba en posición de tiro, ala derecha en el suelo, y pico en el pastelillo… espérate, déjalo que se suba en la pasta… Cayetano, tiembla como un azogado…

El campo se sube en la pasta y empieza a afilarse el pico en ella… ROLDANO quería comérselo… El campo se estiraza curriri–curriri…
¡ahora!…

Sonó el zambombazo… Pioooooo…

Mi amigo me mira por lo alto de la escopeta:

—¡Coñó, qué tiro le «pegao» a la pasta!



Para Cayetano, amigo de siempre.