Pistolo

Jerónimo Lluch

 

Corrían los primeros días de noviembre del ya lejano 1957, cuando una noche mi padre me anunció:

—Niño, hoy me han regalado una collera de podencos preciosa, la han traído de Fuentes de Andalucía, el macho se llama Pistolo y tiene trece meses y la hembra Rubia cuenta casi tres años; son pelibastos, el perro es «colorao» y blanco y la perra canela clara. Se han quedado en el campo, ya los verás cuando vayas por allí.

Y desde aquel momento, hasta que mis obligaciones escolares me permitieron ir a la finca, se apoderó de mí la mayor de las intranquilidades y el más grande de los desasosiegos, inquiriéndole a mi padre, cada vez que venía del cortijo, noticias de ellos, pues han sido los perros, animales que han ocupado siempre en mi escala de afectos un primerísimo lugar.

Entre las muchas referencias que al respecto me iría dando, a la vuelta de sus quehaceres cotidianos, me informaría que la Rubia estaba en celo y la tenía encerrada en un corral, para que sólo la cubriese Pistolo, y que éste, con quien había salido en un par de ocasiones a conejos, cobraba muy bien pero se resistía a entregárselos, gruñéndole cada vez que los quería rescatar de su boca.

Y llegó el día en el que se me brindó la ocasión de ir a verlos; recuerdo que el cuerpo no me cabía en la ropa de puro nerviosismo y que el recorrido en moto de los ocho kilómetros que separaban el pueblo de «Cañá Santa», se me hizo largo y pesado, como nunca antes me había sucedido, ni tampoco me ocurriría después.

Una vez en la finca toda mi atención se centró en Pistolo, ya que la Rubia, al estar aislada, no presentaba el aliciente de verla cazar como me sucediera con éste.

El perro no se mostró huraño conmigo, todo lo contrario, y cuando le obsequié con el embutido que llevaba en el bolsillo, envuelto en papel de estraza, supe, a ciencia cierta, que entre él y yo se iba a establecer una camaradería que, con el tiempo, se convertiría en entrañable e imperecedera.

Al poco rato me anunció mi padre:

—Vamos a dar una vuelta por el olivar, para ver como está la aceituna, y nos llevaremos a Pistolo y así observarás, si matamos algún bicho, lo bien que arrima.

No habíamos hecho más que iniciar el recorrido cuando por sus continuos latidos pudimos precisar que había echado un conejo, al cual tras corta persecución atrapó; viéndolo, casi al momento, como lo traía atravesado en la boca y se dirigía hacia nosotros. Yo, con la impaciencia de chiquillo, salí corriendo a su encuentro y, éste como si me hubiera conocido de siempre, me lo entregó alegremente moviendo la cola y contorneándose a mi alrededor.

—¡Será puñetero, exclamó mi padre, y a mí que me gruñe cada vez que atrapa una presa y pretendo que me la dé!

Y esos lazos de unión, esa compenetración y entendimiento que suelen producirse entre el hombre y el ser irracional se harían tan patentes entre ambos, tan firmes y duraderos que, ahora, transcurrida casi una vida desde que ocurrieron estos hechos, no puedo evitar que la emoción me inunde y la nostalgia y añoranza afloren de mi interior, al evocar aquellos momentos pasados juntos.

Poco después nos lo trajimos a nuestra casa del pueblo, convirtiéndose desde entonces en compañero inseparable de juegos y correrías callejeras.

Solía dormitar en el zaguán e identificaba el ruido de la «guzzi» de mi padre, entre todas las demás, avisándonos con su actitud y agitación, cuando estábamos castigados, sin salir a la calle, para correr dentro de la vivienda y que no viera nuestro progenitor que habíamos desobedecido su mandato.

Era mi perseverante amigo, mi incondicional acompañante. No olvidaré que el día del examen de ingreso de bachiller, vino conmigo al instituto permaneciendo en la acera del mismo, acostado, hasta que terminé los ejercicios, sin importarle que viviéramos a cuatro pasos del centro educativo.

A pesar de mi corta edad, corrí innumerables aventuras con él, en compañía de mi padre, pero la que narraré es una de las que recuerdo más vivamente.

Estábamos en pleno celo del macho de perdiz, la tarde soleada y templada invitaba a dar el puesto. Mi padre que no se encontraba muy animado para colgar, optó por escucharme dado el buen tiempo y el continuo acoso al que yo le sometía para que lo hiciese y me llevara con él.

Partimos de la casilla poco después del almuerzo, dirigiéndonos a la Coscoja, donde, como en otros muchos lugares, teníamos preparado un aguardo de monte que cada temporada nos encargábamos de reconstruir para ponerlo a punto.

El tollo, de ahí su nombre, estaba entre coscojas y chaparreras y el matojo junto a un olivo que lindaba con el monte bajo, cerca de una pendiente del terreno.

Capullito, fue el pájaro que llevábamos esa tarde, un reclamo de bandera, de los que nunca te dan una mochuelada, y de los que son una garantía sacarlos al campo por lo laborioso y eficaz de su trabajo en el pulpitillo.

Tras meterme en el puesto y sentarme en un lateral del mismo, mi padre destapó la jaula, la cual salió con un suave dar de pie, antes que él llegase donde yo me hallaba; luego se quedó de piñones para tras una pequeña callada proseguir con suaves embuchados e irse poco a poco subiendo, desafiando a los congéneres de los contornos, que no hicieran oídos sordos a la provocación a que los sometía.

Pronto tuvo respuestas del campo y aunque el reclamo puso en juego todos sus recursos, éste se resistiría a correrse, y cuando tras una prolongada insistencia de Capullito apareció en la plaza, sería con muy poco ardor y con escasas ganas de entablar pelea con el inesperado retador.

La collera, pues era una pareja la que hizo acto de presencia, no terminaba de aproximarse al matojo, y en una de las ocasiones en la que se cruzaron disparó mi padre con objeto de hacer la carambola. Tras algunos aleteos se perdieron de nuestra vista y aunque Capullito cargó el tiro, según los cánones, al poco rato se puso bregón y saltarín, cosa inusual y nunca observada en él.

Ambos quedamos sorprendidos de la reacción del pájaro, pero en breve el reclamo se tranquilizó, volviendo a exhibir las buenísimas maneras que siempre había demostrado en el tanganillo.

La tarde no dio para más y aunque el campo no dejó de canturrear, no intentó acercarse a la plaza a pesar de la continua insistencia de la jaula.

Se estaba ya ocultando el sol cuando mi padre, tras toser varias veces, salió a enmantillar al pájaro. Una vez tapado yo lo imité, aligerando para coger las perdices muertas, que pretendía localizar al final de una barranquilla.

¡Pero allí no había nada…! Mientras hubo luz estuvimos recorriendo las inmediaciones de la plaza sin encontrar la collera que, teóricamente, mi progenitor había abatido.

Cabizbajos y taciturnos emprendimos el regreso al cortijo y era tanto el desencanto que uno y otro llevábamos que, en el trayecto, no cruzamos apenas palabras. El continuo ladrido de los mastines en las majadas y el «mío, mío» de algún mochuelo bullicioso, serían los únicos ruidos que perturbarían nuestro prolongado silencio.

Fue al llegar a la casilla cuando mi hermano Antonio que había salido a nuestro encuentro, hizo que nos cambiara el semblante, viendo que en sus manos traía dos perdices y que dirigiéndose a ambos exclamó:

—¡Mirad con que dos pájaros se ha presentado Pistolo!

Efectivamente, era la collera que había tirado mi padre. El perro acudió al oír el disparo y al encontrarla muerta volvió con ella a la vivienda, provocando allí la alegría y el regocijo y en nosotros esa frustración y desengaño que experimenta el cazador cuando pierde una pieza herida, por mucho que se esfuerce en encontrarla.

La noche, sin embargo, la acabamos todos eufóricos gracias a la faena del perro al que le llovieron caricias, piropos y elogios de toda la familia, que no escatimó alabanzas para requebrarlo.

Esas, y otras muchas, serían las cosas que solía hacer nuestro Pistolo, el compañero insustituible que de crío tuve y que dejó en nosotros unos recuerdos y una impronta que el tiempo transcurrido no ha podido aún borrar.

Y al evocar la imagen de su elegante estampa, de sus ágiles movimientos, de su veloz carrera, de su fidelidad incondicional, he de respirar hondo, he de tragar frecuentemente saliva, para que el nudo que aparece en mi garganta no me traicione y se tornen, vidriosa la mirada y palpitante el corazón.