Gracias gavilán

Makis

 

Tarde de mediados de febrero, ya agotando los escasos días que quedan de la veda en la campiña sevillana, la tarde no está agradable porque sopla un airecito solano que de flojo no tiene nada, pero a las alturas que estamos y después de tantos días de lluvia y frío, comparando el «Solano» es casi jamón de patanegra, y además confiemos que su tendencia natural a echarse al atardecer se cumpla.

Pues bien, subo a mi jaulero y tras observar un rato a mis «granujas», dudo entre llevarme a «Escurrio» o al «Chico», pues son dos pájaros de tres celos que este año se están portando muy adecuadamente para su edad, por lo que los dos me tienen bien contentos y sé que cumplirán sin problemas.

Pero me queda la duda de que el aire esta fuertecito, y al «Chico» sé por experiencia que no le hacen demasiada gracia los días de aire, eso de que se meneen las ramas de los olivos y le golpeteen la jaula, pues como que no.

Pero su aspecto «encocado» y su mirada roja y soñolienta me hicieron decantarme por él, además de que su compañero lo había sacado la tarde anterior, dando un puesto de tres horas en el que pude tirarle un par de machos con los cuales disfrute un buen rato.

En eso llego al cazadero, que está compuesto por un olivar cortado en medio de tierras de calma, pero situados en una zona baja, como casi toda la campiña, pero ésta aun más pues a escasos quinientos metros sigue su curso el río, por lo que podemos decir que estamos en la cota más baja del lugar.

Precisamente esta situación hace que en la zona los pájaros sean fríos, por lo que no es recomendable «colgar» hasta últimos de veda, con el fin de que los pájaros estén algo mas calientes.

Procedo a hacer el puesto en el filo del olivar que linda con un trigo de escasos diez centímetros de altura, con lo que la visibilidad es bastante buena, la jaula en el mismo filo debajo de un olivo y yo un par de olivos hacia el interior.

Tuve especial cuidado al hacer el «trono» de que las ramas colgantes del olivo no rozaran la jaula, ya que sabia que al que iba a ser su ocupante, esto no le hacia ni «mijita» de gracia.

Procedí a colocarlo y tras recibir sus picotazos en mis dedos a forma de saludo, me dirigí hacia el puesto, todavía no había llegado hasta el aguardo y ya lo siento con pitas y un suave cuchichío que nada mas sentarme se convirtió en un armonioso reclamo de doce golpes, silencio, y otro reclamo éste de catorce golpes (este pájaro los reclamos son de muchos golpes le he llegado a oír alguno de 19 golpes) ya con mas genio haciéndose notar, llevaría unos 25 minutos enfrascado trabajando y sin haberse escuchado nada del campo, cuando veo que se rifa, da un rondo de bulanas, y sale recibiendo suave y acompasadamente, a lo que me digo ¡ya esta viendo los pájaros!, miro y efectivamente a unos cien metros a su derecha, dentro del olivar veo una collera comiendo y picoteando, ¡pero con una pinta de estar malísimos y no querer nada, uf, que tira patrás…!, lo que era de esperar por las características de la zona, ni siquiera se han dignado a echar un reclamito de presentación.

Mi «Chico» sale trabajando como él sabe, la collera anda muy despacito buscando refugio en los olivos de la misma «jilá» en la que él se encontraba, pero llegados a dos olivos de él y tras un «golpe de ala» del macho a su hembra, dejaron el abrigo de los olivos y se salieron al incipiente trigo alejándose del reclamo, inmunes a cualquier intento de dialogo por parte de este con el fin de que no se alejaran, aunque para ello el macho tuvo que animar a su hembra a seguirlo, mediante «pechazos» que le arreó en un par de ocasiones, ya que esta se paraba de vez en cuando, prestándole atención al galán que con sus piropos le rogaba que no se fuera.

Se fueron alejando, y cuando estaban a unos 250 metros de mi emplazamiento, «Chico» manifestó su disgusto con unos breves momentos de briega delatadora de su abundante sangre, tras lo cual procedió a salir por alto, buscando quizás a una pajarilla que se había limitado a echar un reclamillo pero muy, muy lejos de allí.

Mientras, de vez en cuando, desde el interior del aguardo, mi mirada se dirigía buscando algún indicio de aquella hembrilla que no había vuelto a cantar, tropezando al recorrer el llano de trigo con la «collera huidiza», que comisqueaban tranquilamente a unos 300 metros de nosotros, ignorándonos completamente.

Pues trascurrido un buen rato, y apoderándose de mí la idea, cada vez más creciente, de que los lances de esta tarde habían terminado, ya que mi pájaro llevaba ya un gran rato trabajando con sus paradas de rigor, y ni él ni yo habíamos escuchado algo que nos hiciera concebir esperanzas de que algún rival quisiera algo de reto con nosotros, ni tan siquiera la collera del trigo se había dignado a contestarnos algo aunque fuera de lejos.

Y es entonces que mirando hacia el trigo, aproximadamente por donde debería andar la collera, veo un pájaro correr más de treinta metros hasta que se me perdió con el olivo de enfrente, pero correr como no he visto en mi vida correr un pájaro, con una velocidad fuera de lo normal, y sin arrancar de vuelo, tal como lo perdí de vista en el olivo a los pocos segundos lo veo aparecer otra vez desandando lo andado anteriormente, y si cabe a más velocidad.

En ese instante, en esa fracción de segundo que empapa mi retina, veo una fugaz sombra casi encima del pájaro, y éste por fin rompe su infernal carrera en estruendoso y endiablado vuelo, burlando por escasos centímetros la «tarascá» que le había arreado un pequeño gavilán que volaba casi a ras de suelo, luchando con el fuerte aire que le empujaba en contra, cosa que creo fue lo que le impidió lograr su objetivo, que no era otro que atrapar con sus garras aquel pájaro que corría despavorido, tras el cual partió raudo otra vez, saliéndose de mi campo visual y dejándome sin saber el resultado del bonito e inesperado lance que había podido admirar, atónito por su belleza y brevedad.

Sólo el «Solano» se atrevía a romper el silencio que se había apoderado de todo, al fin salgo de mi fugaz sorpresa y atino a mirar mi pájaro, éste se encuentra un poco encorvado, pero sin llegar a «aplastarse» y transcurridos un par de minutos (que parecen horas), se va enderezando y sale con su cante, pero un cante flojo como con miedo, aunque su postura erguida en la jaula me dice todo lo contrario.

Miro inconscientemente a la zona del desarrollo del lance vivido minutos antes, y en mi paseo visual detecto algo que me hace volver la mirada, mientras, mi pájaro esta con un «dar de pie» suave y cadencioso, siento escocer los ojos de tanto repasar y repasar el trigo, de pronto descubro un bultito entre el trigo a unos cien metros, y mis pensamientos me dicen: ¡es la cabeza de un perdigón!, y como para confirmarlo parece que me oye, y poco a poco se endereza, y una vez estirado emite un canto atropellado que me hace identificarla como una hembra, a lo que mi pájaro tras dar un par de bulanas en las que casi «quema el esterillo», procedió a entablar conversación con la recién aparecida, ésta emite sus cantes con desesperación y en vez de acercarse a mi pájaro procede a alejarse cantando sin cesar, lo que me llevó a pensar que era la hembra de la collera, que en su intento de escapar del «gavilán» y ya que éste había decantado sus preferencias alimenticias hacia el macho, había permanecido totalmente «aplastada» consiguiendo burlar al predador.

Ahora en estos momentos sus cantos y su deambular iban encaminados a intentar localizar a ese macho cuya suerte todos desconocíamos, pero que no pintaba nada bien tras lo visto.

Justo cuando se encontraba a unos 150 metros de la jaula y sin hacer aparente caso a la misma, de pronto cambió de dirección, encaminándose perezosamente hacia el pulpitillo, sin dejar de emitir su estridente canto, lo que hacía que el galán se moviera un poco más de lo aconsejable, pero sin llegar a briega.

Cuando se encontraba a unos veinte metros de la jaula, la pájara se detuvo y lanzo un par de reclamos, más desesperados y agónicos que los anteriores si cabe, a la par que retrocedía sobre sus pasos unos metros, en un ultimo intento de dar con su macho, mi «Chico» al ver que su trabajada conquista cambiaba de opinión, respondió con un imperioso «regaño» mandándola callar, seguido de un dulce y meloso «cuchichío» que cambió por un suave «titeo» que terminó por hacer que la pajarilla corriera al refugio del olivo en que se encontraba, terminando a un metro por delante de él picoteando el suelo tranquilamente. Tras dejarlo disfrutar unos momentos de la conquista realizada, y una vez la tenía a medio metro a sus pies, procedí a finalizar el lance, tronó un disparo sordo que trajo al fin el silencio, ya que el pertinaz «solano» se había ido convirtiendo en casi inexistente brisa, dicho silencio fue poco a poco sustituido por un suave «dar de pie» de mi reclamo, inaudible en los primeros instantes aunque en ningún momento su gorgoja hubiera dejado de trabajar, despidiendo a su rendida conquista que yacía bajo sus pies.

No había llegado a subirse en sus cantos, cuando siento un enorme e inquietante Ra,Ra,Ra… que se acercaba tan rápidamente que cuando me pude dar cuenta lo tenía en medio de la plaza, el dueño de tan sonora riña no era otro que el macho huido del «gavilán», que en su escapada debió de alejarse bastante, o bien permaneció largo tiempo oculto y callado con temor, tras lo cual y guiado por los cantes de su hembra se había dirigido a su encuentro, pero para su desgracia el tiempo no jugó a su favor.

Mi reclamo, tras unos instantes de sorpresa, respondió con un fuerte y desafiante «regaño», que se intercambiaron ambos, saliendo el mío con cuchichíos, siendo contestados por el campero que se encontraba erguido delante de él.

De pronto el campero se topa con su hembra a la que venía buscando con desesperación, y tras emitir de nuevo un par de «ra,ra…» la emprendió a picotazos con ella, y no contento con ello le dio dos espolonazos en la cabeza como queriendo castigarla por su infidelidad, se dirigió a la jaula y le dio una vuelta con un par de intentos de montarse en ella, cosa que no conseguía, en su vuelta se tropezó otra vez con la hembra a la que volvió a picotear y otra vez dio varios espolonazos de castigo, tal que en mi cabeza podía oír su desesperado lamento que parecía decir: «Mala pécora, ¿Por qué no me esperaste, con lo que yo te quería?…», y vuelta a intentar subir a la jaula, mientras mi pájaro mantenía el tipo y la pelea, así hasta cuatro veces, picoteó, espoleó y castigó a la infiel, tras lo cual quedó junto a ella para siempre, a los pies de su vencedor, que lo despidió con un casi inaudible y emocionado responso.

Tras unos minutos procedí a salirme del puesto y arrimándole a mi «Chico» el macho, al cual arreó unos fuertes picotazos de despedida, le susurre: «Esto de hoy no nos lo esperábamos ni tú ni yo», a lo que asintió con un picotazo en mis dedos y un suave dar de pie, antes de que lo tapara con su sayuela.

Después, cargado con los bártulos y al llegar a una cercana casilla, en la que tenia el vehículo, salió del tejado de la misma emitiendo un chirrido mi «amigo» el gavilán, al cual cuando se perdía en la puesta de sol, y con mi pensamiento dije: «Gracias gavilán, inusual aliado, tú que siempre me has dado más de un disgusto y echado tantas tardes a perder, por una vez los lazos del destino han hecho que sea justo lo contrario, que hoy tus correrías hayan ido en mi favor, aunque me temo que esto suponga que yo llevo el zurrón lleno y tú el estómago vacío, pero no te preocupes que mañana será otro día, y seguramente nos volveremos a ver».

Monté los bártulos en el coche, y mientras satisfecho me acomodaba, pensé que cada día me daba más cuenta de lo maravilloso que es esto, ¡bendita locura!, e inconscientemente apretaba el acelerador, ansioso por llegar a la habitual tertulia de todas las tardes, pues como diría Dominguín de Ava Gardner: «Esto hay que contarlo».

Enrique


Makis. Abril 2009.