Obrando con el corazón

Jerónimo Lluch

 

Tras varios días de lluvia, la mañana de aquel domingo de febrero se presentaba despejada, y con tan sólo una suave brisa que posibilitaba colgar el pájaro con augurios prometedores; y aunque en el transcurso de la jornada el cielo se iría tornando plomizo, la climatología no evitó que tirase dos machos en el puesto de sol, y a mi hermano que matase una pajarilla también en el referido puesto.

Unas sabrosas migas con sardinas «asás», regadas con el vinillo de la tierra, nos ayudaron a reponer fuerzas dándonos mutuos bríos con los que daríamos el puesto de tarde.

Al encaminarnos al colgadero, pardos nubarrones cubrían un cielo que horas antes mostraba un azul intenso, y un viento desagradable que iba en aumento nos hizo dudar si proseguir con nuestra intención de dar el puesto o retornar a la casilla donde la acogedora candela, que atrás habíamos dejado, nos devolvería el calor que íbamos perdiendo mientras marchábamos a practicar nuestra afición favorita.

Y sería ese gusanillo que llevamos dentro todos los cazadores el que nos impediría regresar a la confortable vivienda, haciéndonos continuar, a pesar de lo desagradable de la tarde, y de los presagios de lluvia que de un momento a otro podrían hacerse realidad.

Con esa incertidumbre llegué al lugar en el que pensaba colgar decidiéndome a hacerlo en una recacha del terreno donde el aire combatiría menos al reclamo y sería posible que se corriese el campo por encontrar más favorable la llegada al pulpitillo.

Tras los preparativos de rigor me acomodé en el portátil y luego de comprobar el ángulo visual de la tronera me dirigí al matojo para destapar al «Navero», pues ese era el nombre del pájaro que esa tarde colgaría.

Todos los aficionados tenemos un reclamo puntero, que es el que nos alegra muchas jornadas, varias medias cucharas que nos dan «una de cal y otra de arena» y algún que otro mochuelo a los que aguantamos un cierto tiempo, por ver si «suena la flauta», que no suele ocurrir, y se convierten en pájaros aprovechables.

«El Navero» pertenecía al grupo segundo, es decir, a las medias cucharas, dando en ocasiones buenos puestos y en otras haciéndonos pasar el quinario a mi hermano y a mí, el día que lo colgábamos y teníamos la mala suerte de no encontrarlo en el mejor momento de inspiración.

Aquella tarde, bien por el viento, que arreciaba, bien por la poca luz, originada por los nublados, decidió no dar la talla y su trabajo sólo consistió en alguna que otra reclamada sin hacer mucho caso del campo que con la mejoría que el tiempo fue teniendo estaba cada vez más cantador.

En una de sus escasas salidas se le corrió una collera que probablemente llevaba rato por aquellas proximidades. «El Navero» para no desentonar con el repertorio del que estaba «haciendo gala», únicamente la recibió de plumas, y así permaneció largos momentos sin que el campo se alejase del tanganillo, ni yo me decidiera a tirarle, dado lo poco motivado que la jaula me tenía.

Como si ésta intuyera mi desgana comenzó a piñonear, picando el esterillo, y entonces el macho de la collera ahuecó el plumaje presentando descarada pelea. Fue cuando decidí dispararle, proponiéndome no matar la hembra si el reclamo no era capaz de excitarla con el quehacer de sus arrumacos.

Al tiro el macho se convulsionó botando varias veces hasta que se paró junto a un pequeño jaguarzo mientras la perdiz desapareció de mi vista. «El Navero» no hizo el entierro, «obsequiándome con una larga callada», en tanto la pajarilla cantaba y cantaba buscando a su pareja que yacía en el suelo.

Tosí varias veces, antes de salirme del puesto para alejar a la perdiz, y una vez fuera tapé al reclamo pudiendo comprobar que el pájaro tirado estaba vivo por lo que lo apiolé, amarrándole las patas con una cuerdecilla, de la que siempre voy provisto, emprendiendo el regreso al cortijo. Allí descubrí que no tenía ninguna herida, habiendo permanecido tumbado debido a un refilonazo en la cabeza que lo había dejado aturdido el rato que continué en el aguardo.

Lo metimos en un terrero, para que se acostumbrase a la cautividad, sin cortarle ni las alas ni la cola.

El pájaro, que resultó muy manso, no tardó en mostrarnos todos sus recursos, cantando cada vez que lo sacábamos al sol y también cuando escuchaba a las otras perdices enjauladas; haciéndonos concebir fundadas esperanzas de que tal vez sirviese para reclamo.

Y una templada tarde de últimos de celo, cuando llevaba más de veinte días encerrado lo pasé a la jaula y ni corto ni perezoso me lo eché a la espalda dirigiéndome al escenario donde perdió la libertad, se apartó de su compañera y casi pierde la vida.

En esta ocasión colgué en la meseta del cerrillo y no a media falda como lo hice en aquella otra, dado que el buen tiempo favorecía el cambio.

El pájaro, al quitarle la mantilla, permaneció semiaplastado unos minutos tras los cuales se estiró e inesperadamente salió por alto proclamando a los cuatro vientos que allí aún continuaba siendo el macho más «bragao». Poco tardó en contestarle el campo y una hembrilla solitaria se encajó de golpe ante el reclamo tomándola éste de maravilla y cargando el tiro una vez que la abatí.

No terminaba de salir de mi sorpresa admirando el trabajo del algarín —pájaro cogido en el campo siendo adulto— que de nuevo, con más tesón todavía, incitaba a todas las campesinas de aquellos contornos, cuando un reclamo de hembra me puso sobre aviso de que era la pareja del retador que tenía enjaulado. La oí tantas veces la tarde del viento, tras el disparo al macho, que su característico cante, algo tartajoso, no era fácil de confundir con otros.

El reclamo que hasta entonces no había tomado un alambre se intranquilizó, bregó y se botó pero terminó calmándose y prodigando las maneras que antes había exhibido dedicó a la hembra de sus amores los mayores requiebros con los que un enamorado pueda obsequiar a la dueña de su corazón. Y ésta seducida por sus continuas zalamerías apareció en breve en la plaza para situarse bajo el pulpitillo, y picoteando briznas de la fresca hierba levantaba la cabeza de vez en cuando, regalando el oído de su ardoroso seductor con cortitos embuchados. Y el galanteador sintiéndose correspondido la titeaba ofreciéndole granos que sacaba del comedero de la jaula.

Como si el tiempo se hubiese parado, la tarde se resistía a agonizar sabiéndose marco ideal de escena tan entrañable.

Viví momentos difíciles de ser plasmados en el papel aunque fueron imborrables y de imperecederos recuerdos.

El instinto animal y mis racionales sentimientos estuvieron en total y absoluta armonía formando un todo, una compenetración, un entendimiento…

Ya casi oscurecido, cuando tras una prolongada tos la pajarilla corrió a refugiarse en la espesura del monte, salí del tollo, y dirigiéndome al matojo cogí la jaula y poniéndola en el suelo abrí la puerta permitiendo que el algarín volase hacia donde poco antes había apeonado su amada.

De vuelta a la casilla iba preguntándome lo que mi hermano me diría:

—¿Pero chiquillo qué has hecho?

—¿Cómo has dejado escapar semejante fenómeno?

—¡Es seguro que no encontraremos otro similar!

Y yo entre otras cosas le contestaría:

—¡He obrado con el corazón, y cuando el corazón manda la razón nunca hace caso…!



Manuel Jerónimo Lluch Lluch