Carta de Miguero a 3jijiji

Miguel Ángel Díaz

 

Ya sabemos todos que en esta pasión nuestra, son los reclamos quienes mandan, así que vengo a obedecer las órdenes de Miguero (antes Nº 2) tras leerle lo relatado por su hermano, y procedo a contestar a 3jijiji…

Querido hermano:

No sabes la alegría de recibir noticias tuyas. Por aquí todo va bien gracias a Dios.

No puedo ni quiero aconsejarte en esto de estar en el tanto, porque tú sabes hacer las cosas como nadie, y no me he visto en el desagradable caso de tener tan cerca una rapaz como tú lo cuentas. Espero que la próxima vez puedas culminar el lance haciendo entierro, responso y funerales como mandan los cánones.

Yo también salí al campo el domingo pasado, aunque no fue la primera vez que lo hice, ya que mi amo me sacó dos semanas antes y menudo mareo en el coche en mi primer viaje. Menos mal que en esta ocasión ya sabía adonde iba y me consolaba pensando en estar contemplando jaras, encinas y tomillos de esta tierra extremeña.

Estuve toda la noche anterior casi sin poder dormir, ya que a mi amo se le olvidó apagar la luz de nuestro cuarto, con lo que estuve picoteando del comedero cañamones, trufas y demás cosillas que me encantan. A eso de las 7 de la mañana apareció Miguel D.G vestido con mucha ropa. No me extrañé porque toda la noche estuve escuchando el viento y cómo caía el agua de lluvia sobre el tejado del porche del patio.

Vi que ensayueló a Carusso, a Suave y a Krauss, y pensé que me dejaba en tierra, pero… ¡qué alegría cuando vi que se acercaba con sentón y sayuela!

Sentí cómo me entraba en el coche, y al igual que te pasó a ti, noté la parada en el bar. En este caso mi amo no iba solo, sino que le acompañaba Jorge, su sobrino y mi co-amo, que a veces me llena el comedero. Sé que se hartaron de churros en el bar, porque los eructos que daban camino a la finca Boverías eran de escándalo.

Al llegar se entraron en el cortijo y encendieron la chimenea, y sé que estuvieron dudando si hacer el aguardo o no, porque, aparte del agua que caía, el viento era huracanado, pero al igual que a mí, a mi amo le gusta más que el campo que a un tonto un lápiz, así que a eso de las 9 noté los vaivenes del camino bajando hasta el arroyo del pozo.

Después de la caminata en las espaldas de Miguel, llegamos al sitio de caza, en donde no hacía demasiado aire, y es que mi dueño es de los que piensan que si a él no le da el aire, a las perdices tampoco.

Poco tiempo tardó en colocarle en el chuzo y destaparme. Me recibió con unas pitas de dedos y me picó una bellota en la alfombrilla, cosa que agradecí porque son mi delirio. Se dio la vuelta y le llamé con un par de embuchaos, pero él siguió caminando hasta volverse y quedarse mirando. Poco a poco se fue agachando hasta que desapareció dentro del tollo, por cuya tronera también asomaron dos ojos negros como los que tú describes.

Salí por lo bajini, y poco a poco fui subiendo tono y volumen, hasta descargar en el vallejo mi voz reclamando compañía. A los diez minutos, y a pesar de haber empezado a caer agua para llenar millones de bebederos, me contestó un fulano que estaba allá por la pared que separa el barbecho del olivar. Yo seguí cantando hasta que sentí que el fulano me desafiaba con curicheos, dándome de pie a contestarle de la misma forma y rematando con pitos y piñones agudos y metálicos.

Y más agua que caía…

Tardó casi un cuarto de hora en asomar el gañote por entre las piedras de la pared, y cuando lo vi…

Empecé a dar vueltas en la jaula buscando un hueco por donde salir, porque el fulano ese me estaba retando, y llegó a insultarme, ¡y a mí no hay quien me tosa!

A todo esto, mi amo sin dar señales de vida, y yo deseando que estuviera allí para que viera la casta y el nervio que tengo.

El fulano se acercó un poco y se subió a un terrón mojado. Allí volvió a meterse conmigo, pero yo le mandé callar como tú hacías conmigo —que gracias a eso aprendí…—. Él no se lo pensó, se bajó del terrón y se vino flechaíto hacia el tanto. Yo me escudé esperando que llegara para darle un buen espolonazo, pero antes de estar a mi alcance, se paró y se puso con un hombro levantado y el otro casi caído. Vi que me estaba arrastrando el ala. ¡A mí! ¡Arrastrarme el ala a mí! ¿Habráse visto?

Me di otra vuelta en la jaula, pero seguía sin encontrar la falta de un alambre para salir a comerme al fulano, así que me tranquilicé y pensé que si yo no soy capaz de salir, él tampoco lo es de entrar. Entonces empecé a recibirlo muy bajito, tanto que ni yo mismo me oía con el ruido del agua que estaba cayendo, porque te he dicho que estaba lloviendo, ¿no?

Las hojas de encinas y eucaliptos también sonaban movidas por el aire, así que tampoco ayudaba a poder oír la conversación claramente, pero estoy seguro que el fulano se estaba metiendo conmigo…

Me dio tres o cuatro vueltas al repostero, y de repente…

Sonó… ¿cómo te lo diría yo? Como un trueno, pero mil veces más fuerte. Era tan fuerte que me asusté y me quedé quietecito. De reojo vi que el fulano no se movía. Estaba patas arriba y se estaba mojando de lo lindo toda la panza.

¿Qué ha pasado? No me he enterado de nada. Volví a pensar que yo, dentro de la jaula, estaba seguro, así que me estiré y volví a llamarle bajito, dándole un de pié suave y cadencioso, pero el tío no se movía.

Me di cuenta que por otro lado sonaba otro tío, pero… que quieres que te diga. Con el agua que caía no me apetecía seguir peleándome con nadie, así que me quedé quieto mirando y contemplando el campo.

Al poco tiempo, mis amos —porque estaban los dos dentro del tollo— salieron y empezaron a recoger bártulos. Se me acercó Miguel y me piteó los dedos. Me puso la sayuela y otra vez a la espalda.

Ya en el cortijo, me sacaron del coche y me colgaron en la pared, supongo que para que entrara en calor y me secara un poco, porque estaba hecho una sopa.

Miguel se puso a hacer unas migas para comer, y llegaron otros compañeros de él que al verme le preguntaron que qué hacía yo dentro del cortijo, a lo que mi amo contestó que me estaba enseñando a hacer migas.

—Entonces éste va a ser miguero, ¿no? —preguntó con sarna Juan José, alias El Portu.

—Tú lo has dicho, Portu.

Ya ves las tonterías que tiene mi amo, que me ha puesto de nombre Miguero.

Bueno, hermano, espero que te diviertas este primer celo que tenemos, y que con el tiempo, me vayas contando tus correrías por esos campos levantinos.

A espera de tus noticias, recibe un abrazo de éste que lo es.

Tu hermano.

Miguero