El Camino del Manco

Lagartijo

 

Desde que mi padre tuvo a Matías (pájaro extraordinario), andábamos todos los años intentando tener algún pollito de la misma procedencia, el Monte Freznillo: pequeña extensión de terreno de erial y chaparros en mitad de unos olivares muy fríos y con unos pájaros muy malos para entrar a la jaula.

Ese sitio da unos pájaros muy, muy ariscos, pero de vez en cuando a alguno le da el volunto de salir bueno y, la verdad sea dicha, le da con alguna frecuencia.

A fuerza de tanto preguntar por un lado y por otro, me entero de que un buen hombre de mi pueblo tenía dos pájaros de ese lugar. Sin tiempo que perder, me voy en busca de él dispuesto a comprárselos. Cuando llego a su casa me encuentro que:

—El hermoso lo he vendido en 10.000 pesetas y, lo que queda ahí, pasa y lo ves pero yo creo que es una hembra, además de ser más arisco que un zorro.

Entramos a una habitación-voladero, donde había jilgueros, camachos, verderones, etc., etc., y una perdiz, o mejor dicho, una tórtola con trazas de perdiz, era tan arisco aquel bicho que volaba dentro del terrero y la polvareda que formaba me impedía ver si era macho o hembra.

Total, que aquel hombre, viendo que aquello era imposible y que perdía la oportunidad de venta, dice:

—Espérate que lo pille y tú lo miras a ver si es macho o hembra.

El amigo mete la mano en el terrero y saca la tortolilla que, viéndolo en la mano y habiéndolo escuchado piar al cogerlo, estaba claro que era tortolillo.

—¡Ea! Míralo tú y decide lo que quieras.

Empiezo a examinar aquel «manojo de plumas», no tenía chicha ninguna, las patas finas y cortas, los chorros endeblillos… pero la cabeza no ofrecía lugar a dudas. Total, que le dí al hombre sus mil duros y me lo llevé.

Estábamos a últimos de septiembre y aquello era un «estiercol», pero bueno, si no servía para este año, serviría para el siguiente, suponiendo que no se matara antes, claro.

Le preparé el terrero más chico que había en la casa, pero le quedaba muy grande y volaba dentro lo mismo que una golondrina…

—Mal asunto, éste se mata aquí dentro, vamos a reducir el tamaño del cajón.

Tenía yo dos trasportines de madera —de los que se usaban para los pájaros de Arévalo— y no me lo pensé dos veces, lo metí en uno de ellos mientras me inventaba el comedero para el otro, aquello le sentó bien, como no podía moverse tenía que aguantar el tirón conmigo delante. Combinó que le gustaban mucho los hormigos y los cigarrones, con lo que poquito a poco me lo fui camelando.

Un mes después, a últimos de Octubre, lo pasé a un terrero intermedio, el pájaro había cambiado mucho, se había hartado de comer y se había llenado, había tirado las plumas «escambrizas» que traía y se había vestido de perdiz, todavía conservaba alguna pollera suelta, pero allí había ya un pollito que no tenía nada que ver con lo que compré.

Estábamos en «Los Santos» y eché a la jaula a todos los títeres que tenía entonces; a él lo dejé en el terrero con la intención de no probarlo siquiera, estaba tan atrasado que aquello no tenía prueba; ya estaba el pájaro que admitía que yo me arrimara a él, no se repelaba, siempre en guardia, pero sin votarse; había que hacérselo todo muy despacito y sin dejar de hablarle, pero sólo me admitía a mí, como se arrimara mi mujer o algún amigo que viniera a verlos, ¡aquello no eran saltos y topetazos!, se tiraba sin conocimiento ninguno… ¡a matarse!

Bueno, pues terminamos con los perros de muestra (de eso y de años estábamos canela), y nos agarramos a la jaula. Empezamos a probar pájaros y a aguantar mochuelazos…

—¿Cuántos llevas probados? —me preguntaba el amigo Francisco.

—Francisco, déjame tranquilo, que con lo que yo he tenido y no tener nada que sirva, ¡esto tiene faena!

—Pero bueno ¿alguno cantará, no?

—Cantar cantan todos, pero ninguno sirve, no llegan ni a medias cucharas, ya mismo me lío a abrir jaulas y verás que tranquilo me quedo.

—No corras, que tú sabes que no se puede correr.

—Desde luego, esto no quiere prisa, pero cuando se ven las cosas venir tan claras no hay que darles de lado.

—Oye y el pollito que compraste del Freznillo, ¿cómo está?

—Ahí lo he dejado en el terrero, ese está demasiado atrasado y es preferible no cazarlo este año.

—Hombre, si el pájaro está bien de salud, porque esté chicuelo no pasa nada. Además, como no te sirva ninguno de los otros, ya veremos si se prueba o no se prueba.

Total, los mochuelos me iban colmando la sangre. Llegué a tirarle a alguno de aquellos pájaros, pero muy forzados, no querían al campo y, lo poco que hacían, era todo a regañadientes.

Para final de Enero no me quedaba ninguno, todos los había soltado y… «el tórtolo» fue recortado y metido en su jaula, se quedó con la sayuela puesta, quitado de en medio y dejando claro que nadie se arrimara a él, no fuese a matarse.

Empiezo a probar pollos de Francisco y eran lo mismo de buenos que los míos, la temporada se iba acabando y el jaulero de mi amigo llevaba el mismo camino que el mío.

—Mañana es el último día de cacería, a mí me queda un pollo que probar y a ti el arisco que compraste; ¿qué te parece si hacemos el puesto del Camino del Manco, les damos un rato de sol y, si no sirven, allí los dejamos?

—Este año estás decidido a dejarme sin ninguno, pero hombre, si ese pájaro no sabrá ni cantar, yo no lo he escuchado todavía.

—Nada, no se admiten excusas, mañana a las ocho y media, tomamos café en el Cojo, los probamos y, por la tarde, nos vamos juntos con «Regalito».

—¡Ea!, pues hecho está.

El pollo, desde Encinas Reales hasta Benamejí, fue todo el camino pegando saltos y, desde el Bar del Cojo hasta el puesto… ¡madre del amor hermoso, qué barbaridad!, el camino, los baches, el arrolladero, bueno, bueno, bueno… ¡qué disparate!

Cuando paramos el coche, puse la jaula en pie, miré el pájaro y estaba vivo, un poquito desconchado, pero vivo.

Allí había un canturreo de pájaros magnífico, las pájarillas viudas estaban que se salían.

—Vaya mañana que hace para probar un pollo, como no canten hoy antes de un cuarto de hora, puerta abierta y al pueblo.

A eso ya estaba yo con las tijeras dentro del hermoso lentisco preparando el claro para el puesto, en un momento estaba aquello organizado y el pájaro de Francisco colocado en su pulpitillo de romero; el pollo dentro del puesto con nosotros.

Como había tanto campo, el pájaro de la jaula arrancó muy pronto y se agarró muy bien con ellos, de tal manera que a los veinte minutos de estar colgado teníamos una collera a un par de metros del puesto hacia la izquierda, otra hacia la derecha, un macho solo justo detrás de nosotros y una hembra detrás del pulpitillo. El pájaro de la jaula estaba ciego con la pájara y no quería saber nada de los otros que, aparentemente, estaban buenísimos, como no les hacía ningún caso, empezaron a retirarse y él, ciego con su pájara.

—Voy a aprovechar que estos se han ido, lo voy a quitar y le damos al tuyo un ratillo a ver si quiere decir algo. Empieza a toser y a hablar para que la pájara se vaya, poco a poco se va saliendo del puesto con el pollillo en la mano.

—Francisco, prepáralo para quitarle la sayuela de un tirón, mira que como te entretengas es capaz de matarse de un topetazo.

Mi amigo tapa su pájaro con mucha parsimonia y boato porque el animal se lo había merecido y llega la hora de quitarle la sayuela al tortolillo, lo preparó y cogió la sayuela de arriba comprobando que no se enganchara con nada —parecía un niño jugando al pañuelo—, pegó un tirón y salió andando para atrás de manera que yo no veía el pájaro, pero le oí decir a media voz:

—¿Éste es el que tú no habías probado?, ¡vete a tomar por culo!

Le pegó un pellizco al suyo y corriendo para el puesto, se mete como puede; cargando la escopeta, la pájara que entraba y… aquello que yo estaba viendo… aquello no podía ser mi tortolillo… si en la jaula no se veía pájaro, era un enorme montón de plumas con un movimiento endiablado, no podíamos averiguar para qué lado giraba por que no se paraba… Francisco cogido a la escopeta, la pájara entrando y saliendo… la jaula no se oía absolutamente nada… pero se veía, ya lo creo que se veía ¿de dónde sacaría aquel pelotón de plumas?…

—Mátale la pájara ya hombre, que va a reventar.

—Así no le tiro yo al pájaro, a ver si frena un poquillo o se escucha algo.

—Francisco, ése, si le gusta la escopeta, no se va a escuchar en muchos tiros… ¿será posible lo que tiene liado el «estiércol»?

Ya me harté de ver la pájara entrar y salir y no escuchar el tiro… silbé un poquillo, la pájara se alisó y cantó a media ladera.

Por primera vez desde que lo compré escuché cantar a Fulgencio, que así quedó bautizado; sabía cantar, sabía cuchichear, sabía piñonear y sabía recibir dando más vueltas y más rápido que ningún pájaro que yo haya visto hasta el día de hoy, con la «curiosidad» de que el campo no se le iba de delante.

Al día siguiente de que aquello sucediera lo colgué en el Cerro Santo, muy cerca de su lugar de origen. Salió conforme lo colgué, atrancó con una pájara en Barranco Hondo, a medida que la pájara se iba acercando, a Fulgencio parecía que le estaban dando cuerda, yo estaba disfrutando como un niño, ¡vaya tela el pajarillo que me había tocado!… y llegó la pájara… dejé la escopeta quietecita y me puse a contemplar el episodio… exactamente el mismo del día anterior… la pájara delante de él… privaíta…

Tal como estaban, ella privada y él más privado… ¡ponnnn!

El poseso dejó de dar vueltas y empezó —con el pico en el suelo— a soltar unos piñoncillos casi inaudibles, para irse levantando suavito, poquito a poco…

Cuando me salí del puesto, me recibió como un maestro consumado, con el pico en el suelo… soltando piñoncillos… nunca más, después de su primer tiro, volvió a saltar ni a hacer extraños… Fulgencio, otro con más mala leche que un cable colgando.