Un chaval de sierra

Rayón

 

Manuel era un chaval nacido y criado en Sierra Morena, y hasta que a sus diecinueve años tuvo que dejarla la vivió con la mayor intensidad que se puede vivir algo. Practicaba todas las modalidades de caza, siendo por entonces su mayor pasión y locura. También buscaba espárragos, setas y todos los frutos consumibles capaces de satisfacer un estomago que daba la bondad del campo. Muchas mañanas lo primero que hacía Manuel cuando se levantaba era salir a dar una vuelta por la sierra y arrancarle algo que su madre pudiera echar después a la sartén. Y es que Manuel y su familia, igual que todas las familias que por entonces vivían en la sierra, la veían de una forma muy diferente a como la veían los que desde las ciudades iban a divertirse un día cazando o practicando otra actividad de las que se practican en ella. Ellos la veían, entre otras cosas, como una gran despensa natural a la que con agradecimiento en ocasiones tenían que arrancarle parte de su sustento.

Otra cosa que a Manuel le encantaba era la libertad y soledad que le ofrecía la sierra, esa soledad envuelta en paz que él siempre veía como un privilegio, máxime cuando podía sentirla durante horas y horas sentado detrás de una jara en lo más alto de algún puntal observando los movimientos, costumbres y querencias de los animales que había en ella, sin más limite de tiempo que el que le imponía la llegada de la noche.

Aunque practicaba todas las modalidades de caza, la que más le gustaba era las esperas a los marranos en las noches de luna. Disfrutaba de su preparación tanto como del lance de un marrano abatido en alguna de ellas, pues se tiraba semanas enteras pateando la sierra sin escatimar tiempo ni esfuerzo hasta tenerle bien averiguado el "viaje" a algún solitario a través de los rastros que iba dejando en sus desplazamientos nocturnos, tales como: hozaduras, bañas, "rascaderos", encinas en las que comía bellotas y pisadas, para una noche de luna que fuese el viento favorable ponerse a esperarlo y poder tirarle a "cascaporro", pues al no disponer Manuel en aquel tiempo de un rifle con mira y tener que apuntarle valiéndose de unas "orejillas" hechas con papel blanco pegadas con "gacheta" a la punta de los cañones de una vieja y desajustada escopeta de perrillos, y encima tirarle una bala de las de antaño, de aquellas redondas y macizas que hacían regates y piruetas en su trayectoria, de las que al salir por los cañones de la escopeta les daban tal tirón que parecía que se los querían arrancar y llevar detrás de ellas a clavarlos en el lomo del cochino, de las que él mismo aprovechando el plomo de alguna tubería vieja encontrada fundía en un útil hecho por su padre y después recargaba en vainas utilizadas anteriormente, tenía que tirarle así, a huevo o "cascaporro", pues de lo contrario era casi imposible meterlas en el codillo del marrano.

La caza menor, la menuda como él la llamaba, la practicaba de una forma que hoy día puede parecer un tanto primitiva, pues cuando salía a cazar nunca lo hacía con más de cuatro o seis cartuchos en el bolsillo, y aun pudiendo abatir un montón de piezas, (debido a la cantidad de caza que había allí en aquel tiempo) cuando tenía un par de ellas colgadas se colgaba también la escopeta dando por terminada la jornada de caza, pues para guisar unas patatas o arroz en casa había más que suficiente. Así fue como lo enseñaron, incluso diciéndole su padre que jamás debía cazar como si fuese un lobo, matando más de lo que pudieran consumir, que para que las perdices se echaran a perder en casa mejor estaban vivas en la sierra criando y formando despensa para cuando fuese necesario tirar de ella, algo que por necesidad tenían que hacer muy a menudo.

También es cierto que de vez en cuando había un día que Manuel se permitía el lujo de tirar una canana entera de cartuchos y abatir quince o veinte piezas. Ese día era el anterior al que iba su padre con la yegua al pueblo a por avío, pues entonces se las podía llevar y repartir a su abuela y resto de familia que tenía en él, que las recibían como si de un suculento manjar se trataran.

Para que se hagan una idea de lo primitiva que podía ser la caza que practicaba Manuel en aquellos tiempos cuando vivía en Sierra Morena, les puedo decir, que cuando abatía en alguna espera o con los perros un marrano grande y viejo con unas buenas "navajas", es decir, con un buen trofeo, su madre le decía que donde iba con un bicho tan grande y duro, que no sería capaz de comerlo nadie, que su carne más que eso parecería chicle. Por el contrario, cuando abatía un "primalón terciadete", le daba dos besos a modo de premio y le decía que ese si que era tierno y bueno para meterlo en la tinaja del adobo, algo que para la casa sería un buen apaño.

Otra cosa que también hacía Manuel cuando se colgaba las dos o tres piezas en la percha y daba por terminada la jornada de caza, era seguir practicando y perfeccionando el tiro a las perdices como le habían dicho los mayores de aquella zona de sierra que era la mejor de las formas. Le metía dos cartuchos vacíos a la escopeta y seguía detrás de ellas y, cuando se levantaban, se encaraba la escopeta, las apuntaba y les "tiraba", haciendo el ruido del "tiro" con su propia voz. Aunque parezca mentira, llegó un momento en que de esta forma Manuel sabía cuando de haberle tirado realmente las hubiese bajado y cuando no, es más, según él, esta era la mejor forma de aprender a tirar, ya que eran "tiros" en los que no le afloraban los nervios y mejor veía si había apretado el gatillo en el momento justo y oportuno.

Lo que no creo es que en los tiempos que corren este alguien dispuesto a practicar este tipo de aprendizaje, ya que donde no hay mucha caza no es posible permitirse esos "lujos" y, donde la hay, no creo tampoco que esté alguien dispuesto a ser tan altruista con el campo como lo era Manuel en aquellos tiempos, pues ni él lo estaría, ya que entonces lo estaba porque vivía en el centro del cazadero, podía cazar el día y a la hora que le apetecía y además no le costaba ni un duro hacerlo, algo que aunque no frenaba para nada su gran afición si que le frenaba esa ansiedad que hoy día sufrimos muchos cazadores por pegar tiros el día que podemos pegarlos.

De todas formas los días que mejor pasaba Manuel de todos los que vivió en Sierra Morena durante su infancia y juventud, eran los que con su escopeta al hombro, su morral colgado y la compañía de su podenca "Diana", bajaba por la "solana de las retamas" hasta los sauces que había junto al viejo molino en ruinas del río, que era donde de vez en cuando se juntaba con otros tres chavales que también vivían en aquella zona de Sierra Morena, hijos de guardas y del dueño de una finca de olivas que había en el interior de la sierra.

En aquellos encuentros y tertulias junto al viejo molino su tema preferido era el que mejor conocían, la caza. Se contaban todos los lances y tiros que cada uno había vivido desde que no se habían visto, aunque algunas veces también (por razones propias de la edad) les daban un repaso a las mozas de Baños de la Encina, y si alguno había ido al pueblo a cortarse el pelo (que era a lo único que casi siempre iban) o por otra necesidad, ponía al día a los demás de las que más guapas estaban.

De aquellos encuentros también salía de vez en cuando la organización de algún "ganchito" a los marranos. Los organizaban de la más seria de las formas, incluso sorteaban los tres puestos y quien debía entrar con los perros a "zapear" los marranos hacia ellos, pues al conocer todos aquella zona de sierra mejor que su propia casa, de no hacerlo así hubiese habido hasta tortas en más de una ocasión por algún puesto. Aunque algunas veces casi las había por cualquier tontería, como podía ser por no ponerse de acuerdo de quien era el mejor lance y tiro de los que se contaban o que perro de los que cada uno tenía era el más valiente con los marranos.

En aquellos "ganchitos" que organizaban en sus encuentros del molino se veían verdaderas burradas, que a veces llegaban a rayar con el salvajismo. Un día le toco entrar a Valentín con los perros a "zapear" una umbría en la que levantaron un marrano de los que tiran a "General de Sierra", quedándosele "retrancado" contra un lentisco sin poder sacarlo hacia los puestos. Cuando llegó Valentín a ellos vio que era imposible tirarle por estar perros y marrano hechos una madeja, viendo a su vez que el "macareno" le iba a rajar un cachorro que tenía sin experiencia aun en los agarres. Sin pensarlo dos veces, tiró la escopeta al suelo, abrió una pequeña navaja que llevaba, se metió por la parte de atrás al lentisco y se agarró a las orejas del marrano. Cuando el bicho se notó cogido por las orejas pego tal "atestón" que salieron los dos liados con los perros dando tumbos umbría abajo, mordiéndole por equivocación los perros más veces a Valentín que al marrano, hasta que salieron despedidos uno de otro. Después corría el animal que se las pelaba, más por el miedo que le había tomado a Valentín que a los perros. De hecho cuando le entró a Enrique que fue el que lo abatió al final de la umbría, decía que nunca le había entrado ningún marrano corriendo a la velocidad que le había entrado aquel, que más que huyendo parecía ir despavorido de miedo. Y es que ojo con Valentín, ¡que bruto era el tío!, y eso que solo tenía catorce años.

En el sorteo de otro de aquellos "ganchitos" le tocó entrar a Andrés con los perros en una solana donde sabían que había un marrano grande y viejo encamado por haberlo visto entrar a ella por la mañana, al que todos le tenían manía por haberlos "toreado" en anteriores ocasiones. Aquel día los intento "torear" de la misma forma, pues aguantó aplastado hasta que pasaron los perros detrás de una piara que habían levantado, saliendo después "zorreando" hacia atrás. Pero ese día se encontró con Andrés a media solana, donde sin pensárselo y, a "tenazón", le soltó un "pildorazo" rompiéndole las patas traseras por la parte alta.

Al estar Manuel puesto en la ladera de enfrente, en la parte alta de la umbría, pudo ver donde se había tumbado otra vez el marrano, así que cuando llegó Andrés a su altura le dijo que si quería se podía guiar por sus indicaciones hasta el lugar donde estaba el bicho, pero que debía tener mucho cuidado al entrarle, máxime siendo tan grande y encima estando herido, y que al tener las patas rotas le entrara por arriba, ya que hacerlo por abajo podía resultar muy peligroso.

Cuando iba llegando Andrés donde estaba el marrano, por más que se "desgañitaba" Manuel gritándole que no se le ocurriese entrarle por abajo, sin hacerle el menor caso así le entró. Nada más "pintarlo" el animal, se arrancó hacia él umbría abajo igual que un toro de lidia se arranca al capote de un torero cuando lo cita. Pero cuando vio Manuel lo que hizo Andrés, cerró los ojos y empezó a rezar todo lo que sabía pidiendo que no le diese falta la escopeta, pues hincó rodilla entierra, lo "encañonó", y lo esperó hasta tenerlo casi encima, que fue cuando le soltó el "escopetazo" haciéndole rodar ya muerto por encima de él.

Cuando Manuel muy indignado le dio la bronca por lo que había hecho, le contestó que de sobra sabía el peligro que encerraba entrarle por abajo estando tocado de los cuartos traseros, pero que también sabía que esa era la única forma de que el marrano se arrancara hacia él y así poder tirarle y abatirlo para que no los "toreara" más, que ya lo tenía el marrano hasta la mismísima coronilla.

¡También era bruto el amigo Andrés!. Aunque este tenía un año más que Valentín, quince.