Sueños de un Jaulero

David Amador

 

Sueños de un Jaulero. Me imagino que todos los tendremos similares, pues el día a día en compañía de nuestros Reclamos, el vivir este Arte de celo permanente nos hace cómplices en ilusiones y fantasías.

Sirva el breve preámbulo, como aquél que un día leí hace mucho tiempo en un libro, creo que casi todos lo tenemos en alguna estantería de nuestro hogar, pues es de lectura amena, me refiero a «Memorias de un Reclamo», de Juan Vázquez del Río.

En alguna ocasión conté que soy muy dado a soñar, y quisiera haceros partícipes de uno de estos sueños. Pues me pareció tan real, que aún cuando lo recuerdo se me erizan los vellos de los brazos y este sentir, entiendo debe ser compartido.

Todo comienza cuando estando “Marchena” —que así se llama el protagonista— ya preparado y sin sayuela puesta, en la púa, mampostero, pincho, trono o pulpitillo, que por tantas denominaciones se conoce el lugar donde el Reclamo Caza. Le colocaba, a la vez que le susurraba palabras de aliento o arenga, una pequeña ramita de encina en el arillo de su jaula. Mientras éste, más que atento a mis palabras, oía el cante del campo que ya, a eso de las cuatro, se dejaba oír con muestras guerreras.

La Plaza era ideal, pequeñas matas esparcidas que parecía que un pintor había colocado estratégicamente para convertirla en perfecta, no había piedras que pudieran ante un disparo provocar rebote mortífero. Rodeaba esta Plaza matones de jara y era la principal, el lugar donde iba a quedar emplazado mi compañero, un par de encinas más alejadas, serían testigo también de aquél sueño.

El puesto o aguardo se encontraba emplazado a unos veinticinco pasos del mampostero, cubierto por matas de jara y a la espalda de éste un gran peñasco. La tronera por bajo de la plaza para que el disparo fuese de abajo hacia arriba, y la superpuesta apoyada en la muletilla, inerte.

En los sueños, la mayoría de las veces sale todo perfecto, pues como os contaba poniéndole la ramita, Marchena comenzó a dar de pie flojito, tuve que pedirle, que esperara un poco y me dejara encerrarme en el aguardo. No había terminado de cerrar el lateral del portátil, cuando ya de cañón o reclamos desafiaba a todo aquél que osaba dudar de su valía.

El primer macho cantaba por alto de un cerrito que distaba unos doscientos metros tras él, ya pasado y camino de la dormida. Por lo que, por mucho que le cambiaba el cante Marchena, me hacía dudar de que le hiciera bajar, pues hay que ser un maestro para deshacer lo andado al campo camino de su dormida.

A la derecha del puesto, un macho sin mediar cante, comienza a dar de pie y otro macho bronco y hondo de reclamo viejo tras la peña que cubría la espalda del puesto, una pájara a la izquierda se prodigaba en el cante. Rodeado pues ya mezclados todos los cantes, el recibo casi inaudible de mi Pájaro al techo de su jaula, solicitaba la entrada a la pelea y sus piñones como adelanto a las pájaras del amante que les aguardaba… En los sueños el tiempo pasa muy deprisa y así pues, entró la primera pájara, que al entrar contorneaba su cuerpo, picaba el suelo e incluso se atrevió a bajarle un poco el ala. Debía ser del macho que a mi derecha no se atrevía a moverse, no más de un par de minutos y cuando completamente seguro estaba, llegó su fin. El entierro vino a continuación, sin llegar a notar siquiera el disparo no rompió por alto, pues como si de una estatua se tratara la única diferencia con ella era la de mover el gorgojo. Poco tiempo después, no sabría decir cuánto, esa actitud envalentonó al macho, que como un toro hizo entrada en plaza buscando vengar la ofensa. Tiró el pico al suelo de la jaula, el tiempo suficiente como para contemplar como aquél quería hacerle bajar de la atalaya, pero no le di opción y descargué la superpuesta. Mientras todo ocurría el cantar del Campo no cesaba, tan sólo callaban con los estruendos y volvían a continuación a la carga. Allí estaba Marchena que hizo honor a su nombre, pues es de tierra de buen cante y por ello, de grandes maestros del Arte.

El sueño no había acabado, pues después de responsos, se enganchó con aquél gallardo macho que desde el cerrito cantaba, la carga de adrenalina debía tenerla en su momento álgido, máxime cuando por la derecha veo venir una collera y entrar en plaza buscándolo. No se descompuso un solo instante, pues al percatarse de la presencia de ésta, pasó a un titear suave acompasado de inaudible dar de pie, señal inequívoca que su interés era la hembra, el macho de la pretendida la picaba para llevársela, pero no consiguió más que el interés fuese a más por parte de mi Reclamo. Tiraba de ella y ésta no pretendía más que a Marchena que embelesada picaba sumisa alguna hierva jugosa. Sorprendentemente la prueba iba a más, pues al tratarse de un maravilloso sueño no podía ser de otra manera, mi Reclamo volvió la espalda y continuó con el macho del cerrito, tan seguro estaba de su conquista para él ya lograda, que quizás por el rabillo del ojo vio que su pretendida se iba de la plaza, detrás de aquél con el que antes campeaba y que desesperado la llamaba. Estaba subido a una piedra a la izquierda a unos seis o siete metros de distancia. Marchena se giró, aguileó para callar al campo y recibirla de nuevo, ya no podía dejarla más y acabé con ella. El funeral fue breve, tanto que ni el campero notó el disparo, pues no se movió del sitio y Marchena continuó con su objetivo del cerrito…

Otro protagonista del sueño, era aquél viejo macho que con un reclamo acompasado, seco y poderoso, había mostrado su presencia al comienzo de este relato y que por debajo nuestra cantaba cada cierto tiempo, quizás se sentía sobrado y confiado de sus espuelas. Silenciaba con su voz poderosa a todos los allí presentes, bueno a todos no, pues Marchena se giraba y retaba cada vez que se mostraba.

Sentir de volar la collera del cerrito, y verla venir hacia abajo planeando y buscando la Plaza fue un gran logro, pues de excepciones se confirman las reglas. El trabajo duro ya estaba hecho, y más cuando otra vez ella, la enamorada, hizo una entrada soberbia y tras de sí un machaco de tres ó cuatro celos que ofendido le habían hecho desandar lo andado. Entonces recordé tantos relatos oídos y sanamente envidiados, de miuras de alas a rastra levantando polvo del suelo… Estaba viviendo un sueño. El viudo al verlos entrar buscando guerra, se bajó de la piedra que por allí aun andaba e hizo lo que todos los que con poca sangre suelen hacer, quitarse de en medio, pues no pintaba bien la cosa. Marchena de vuelta al techo de la jaula entremezclando los recibos con el campo… no sé cuánto tiempo pasó y la de vueltas que ambos dieron al matón, di descanso eterno a la pájara y unos minutos después al comprometido macho. Mantel y mesa puesta, parecía querer decir Marchena. No cabe mayor y mejor entierro que el allí escuchado.

Lejos de que el trajín de disparos, enmudezca el campo parecía revivirlo y mi Reclamo, daba la sensación de trasmitir que para él comenzaba el puesto. El sueño me deparaba nueva sorpresa, como de improviso a mi izquierda encima de un peñón, un reclamo de cañón hondo y sostenido, como si del cielo hubiese bajado el viejo macho, vino a poner en su sitio a aquél extraño que perturbaba la paz de su reino. Impresionante ver un macho con ese porte, dos pájaras le acompañaban una más cercana y otra más sumisa que coqueteaba como ausente. Otra vez en recibo Marchena, lejos de provocarle el menor temor se subía y mostraba bravuconería al señor del territorio, que sobre el peñón impasible y superior, parecía advertirle que de continuar bajaría a ajustarle cuentas.

El tiempo no se puede contar en un sueño, lo que si recuerdo es que en un instante, mi Pájaro estaba con el pico al suelo de la jaula, le bajó el recibo, y el machaco por detrás del peñón salió engallado para batirse con él, vueltas y más vueltas pausadas… mientras yo ya quería despertar, deseaba no tener cartuchos, que le amagara el valor a aquél pájaro y se marchara del lugar, un brillo que delatara mi presencia… los sueños son caprichosos y hasta en ellos, los Reclamos se estropean por no cuajarles la faena. Apunté y un susurro al disparar se escapó de entre mis labios con el estruendo, «lo siento».

Hay pájaros que no cortan al tiro y éste es uno de ellos, las dos pájaras no se volaron estaban muy próximas a la Plaza, una de ellas entró curiosa buscando a su macho… ¡Hay que despertar!, pues de no ser así Marchena hubiese seguido despachándolas, comencé a dar gracias, suave para no causar espantadas y revoladas… vosotros sabéis cómo hay que hacerlo.



Este sueño está dedicado a todos los Jauleros, a ésos que han sentido el pellizco que se coge a la garganta cuando se viven los sueños.

David L. Amador Fontalva
Asociación Nacional de Cazadores de Perdiz con Reclamo