Un puesto de antología

Sierra

 

Le prometí a Juanma (Loco por el Pájaro), que iba a escribir un relato para publicar en el Club de Caza, para de alguna manera poder compartir los momentos que viví en una tarde de los últimos días hábiles de la presente temporada de reclamo.

Acabado el almuerzo, a eso de las cuatro de la tarde, cojo a Espartaco, pollo al que le había tirado con anterioridad una collera un día y un macho sólo, otra mañana. Ese iba a ser su último paseíllo de la temporada.

La tarde no podía ser mejor; soleada, con calorcito y nada de viento. Decido irme a una zona en la que va una «raspa» o cortafuegos a todo lo largo de una cordillera, con buen acceso para el coche y con ambas laderas llenas de jarales, aunque no muy espesas. Sabía que allí tendrían que rendir cuentas antes o después.

Mientras avanzaba volé dos pares, que dadas las circunstancias y a la sangre que corre por sus venas, se perdieron en el horizonte. No hace falta deciros que allí aún no se ha soltado una granjera, ni siquiera de la jaula, igual que en todo el contorno, por lo que sus instintos se mantienen inalterados.

Busco el sitio adecuado, aunque con el sol por mi izquierda, pero amontoné abundante ramaje para que sus rayos no me jugasen una mala pasada.

Coloco a Espartaco, le pongo sus hierbecillas cortadas y unos granitos de trigo, por si se le ocurriese hacer algunas de las cosas que tuve ocasión de observar en el que fue sin duda mi mejor reclamo, El Moruno, que se daba el gustazo de tirarles algunos granos a las camperas.

Después de peinarse, oteó el horizonte, en el que dicho sea de paso tenía visión en kilómetros a la redonda. Eso suponía también algo negativo, ya que cualquier torcaz que pasase por enfrente, zona muy querenciosa, le hacía distraer su atención.

A los tres minutos estaba saliendo por alto, aunque con un reclamo apenas imperceptible, que fue aumentando en intensidad y con una constancia de unos cinco minutos.

Pasada media hora le contestó una hembra en lo hondo del barranco, a su derecha, pero no se le veía mucho interés en acercarse, lo cual provocó que se fuese poniendo algo nervioso con ese cansino y metálico cante de la pájara.

Definitivamente decide cortar por lo sano y con un revuelo, un picheo y un sa,sa,sa… prolongado, seguido de silencio, la hace enmudecer y desaparecer.

Sigue un intervalo de incertidumbre, y pese a que el detalle me había gustado, no acababa de arrancar de nuevo, hasta que por fin le oigo unos piñoncitos y de nuevo se arranca por alto. Eran casi las seis y me dije: si en diez minutos no oigo nada, me levanto y a la casilla.

De pronto se queda como una estatua mirando a la parte de ladera que yo no veía y tras una embuchaitas se viene abajo en un cuchicheo apenas imperceptible.

Yo no había oído a las camperas, cosa que no tiene nada de extraño, pues ya le falla a uno el oído y algo más, pero veo aparecer un machaco con el ala a rastras y, a medio metro, la hembra.

Aquí empieza lo bueno. Eran las seis y cinco. Como veo que vienen muy encelados los dejo estar, pero antes de darme cuenta ya tenía al que yo creía el macho encima de la jaula, pero en el suelo quedaba «otro macho» con el ala a rastras. Se suben los dos arriba. A veces se caía alguno y en varias ocasiones el otro le caía prácticamente encima por lo que ambos daban un salto.

Entonces me doy cuenta de que quien se subía arriba nada mas tocar el suelo era la hembra. Os puedo asegurar que fueron mas de veinte las veces que se subió y se cayó. Mientras tanto Espartaco sin inmutarse repartiendo «estampitas» a diestro y siniestro, sin alterarse para nada.

Decido que debo tirar al primero que bajase, pero no encontraba la manera adecuada, pues antes de bajar ya estaba arriba. Se me ocurre llamar a Juanma (Loco por el Pájaro) y como preveía que iba a haber tiempo, pues le llamo al móvil, entre otras cosas para que fuese partícipe de un puesto con una collera encelada como pocas veces.

Transcurren los minutos; no recuerdo las veces que le llamé y me llamó él. Pude hacer fotos e incluso intenté un vídeo, pero ese no es mi fuerte y no se ve nada, para vídeos estaba yo. Incluso una de las fotos salió con el fogonazo de la luz. Era igual, ni se inmutaron.

Por fin se baja el macho y se lo tiro. La hembra voló tres metros y antes de cargar ya la tenía otra vez debajo y de nuevo arriba. Comenté con Juanma la posibilidad del indulto, pero al ser un pollo nuevo, creí que no sería muy recomendable, además creo que se merecía su trofeo.

Por fin, y casi oscureciendo, decido tirarla en una de sus bajadas. Rueda unos centímetros y acto seguido Espartaco le echa sus responso correspondiente, tras el cual me levanto, ya que era muy tarde y aunque no soy partidario de aguantar tanto en el puesto, creo que por esta vez, el contravenir las «reglas de oro» del buen reclamista, podré obtener el perdón de los consumados Maestros que a esta página se acercan y a los que imploro clemencia.


Un abrazo a todos
Sierra
Marzo 2009