El jabalí de la Aliseda

Manuel Núñez Moreno

 

Me preguntaba Rafi en el programa que hicimos sobre la caza en Radio Siberia, si era verdad la fama de mentirosos que tenemos los cazadores. Yo contesté que más bien era un sambenito que nos habían colgado. Lo que pasa es que nosotros contamos las cosas desde la pasión, entusiasmo y emoción con la que vivimos los lances y percances que nos ocurren en el campo, y el que nos escucha, piensa que esas historias tan descabelladas tienen que ser producto de una imaginación desmedida.

Para que tengáis una muestra os voy a contar lo que me ocurrió con el jabalí de la Aliseda. Sin mentir ni exagerar.

Hacía ya tiempo que se venía escuchando en el pueblo que había un enorme jabalí rondando por la zona de la Aliseda, y que hacía daño a las ganaderías de la zona porque atacaba a los corderos.

Yo mismo pude verle un día que fui a por espárragos a la Moratilla. Me salió delante, entre la maleza de la solana, y corrió hacia abajo, dirección a Los Molinos. Cuando iba corriendo escuché un gran estrépito, supuse que había arrollado con una alambrada ganadera. Al rato le vi subir por la solana, era enorme, como un burro negro, iba despacio, sin miedo, majestuoso, debía sentirse como un chulo paseando por la calle Carretas. Permanecí contemplándole un buen rato, hasta que se perdió camino del Mancho de la Umbría, después bajé siguiendo sus enormes huellas y, efectivamente, pude comprobar que en su huída embistió con la alambrada arrancando seis o siete postes de sujeción. Pensando en qué fuerza no tendría aquella bestia y en la suerte del afortunado cazador que lograra cobrar tan fabuloso trofeo, continué con mis espárragos.

Poco tiempo después me contaron como un pastor, que se dirigía a su ganado, vio como un cochino descomunal se cruzaba delante de su coche, viéndose obligado a frenar para no chocar con aquella mole, una vez que hubo cruzado tranquilamente la pista, se quedó parado, nuestro amigo bajó del coche y le lanzó una piedra para que huyera, pero en lugar de eso, sin inmutarse, se dio la vuelta y encaró al pastor, desafiándole y mostrando su espectacular «boca». El pastor se asustó, montó en el coche y continuó su camino.

Durante aquel tiempo todo el que veía un guarro pensaba que era el famoso cochino. Los cazadores le buscaban deseosos de cobrar tan ansiada pieza, e incluso, le tiraron en varias ocasiones, entre ellos mi amigo Manolo «Calderero», pero sin resultado. Siempre los conseguía burlar y salir victorioso. Con el paso de los días la leyenda del Jabalí de la Aliseda iba creciendo.

Un día, a media tarde, con mucho calor, nos llamó Vicente «Puchero» a mi padre y a mí. Manolo Malo había levantado un guarro cerca de su establo y había corrido para el Morro. No lo pensamos dos veces y cogimos los «trucos». Vicente echó a la Paloma y al Campeón y nos dirigimos a donde él pensaba que podía tener los encames. Durante el camino apenas hablamos. La emoción se iba apoderando de nosotros pensando que aquél podía ser el «guarro». Llegamos al lugar, y Puchero —que conoce como nadie el campo y las andanzas de los jabalíes— diseñó la estrategia a seguir. Mi cuñado, que estaba pasando en el pueblo unos días de vacaciones, y no las había visto más gordas en su vida, sería el encargado de entrar con los perros. A mi padre le mandó a colocarse cortando la huida para la Fuente del Moro; a mí, me dejó tapando la querencia de Herrumbroso, a media ladera, entre unas encinas; y él se pegó a las alambres del Morro.

Nos pusimos con mucho sigilo para no soliviantarle. No habíamos hecho nada más que colocarnos, cuando frente a mí, entre el monte, se oyó un bufido, como si se tratara de un búfalo en celo —estaba claro que se había cargado del aire de los perros— y estaba allí, frente a mí, oculto por el monte, pero a menos de cien metros. No podía ser otro, tenía que ser él, el de la leyenda, el que deseaban todos los cazadores del pueblo, y ahora se me presentaba a mí la oportunidad de ser yo quien le abatiera. ¡Le iba a demostrar a ese macareno quién era un Zarceño con una escopeta en la mano! Empecé a temblar un poco, producto de los nervios, sabiendo que el gran momento estaba cerca. No debía moverme, estaba seguro de que él también sabía dónde me encontraba yo. En todo esto no había transcurrido ni un minuto, cuando la Paloma «le cantó» por donde había resoplado, acto seguido oí el baldeo, ya había dejado el encame y corría hacia arriba, como para Vicente; de momento, le vi aparecer por el raso entre las encinas. Nos había divido el terreno, saltando lo más lejos que pudo de nuestro alcance. ¡El muy tuno!

Al verle dejé de temblar y encaré la escopeta, pese a la distancia no podía fallar, tenía una silueta enorme, me fui con él, apunté corriendo la mano —como mandan los cánones— y disparé. No se inmutó. Sin darlo por perdido seguí apuntando, tenía otros dos disparos en mi Beretta, pero preferí asegurar uno a disparar los dos de manera precipitada. Al meterse entre los jaguarzos, supe que era la última ocasión que me daba, le tiré y vi como se desequilibraba de la parte de atrás. Entonces comprendí que con la distancia los tiros me los había dejado algo traseros.

Cargando de nuevo corrí tras él y, al poco, escuché a los perros «dando de pará». Sin tomar la precaución de ir contra viento, me acerqué. En un claro del monte los perros le tenían parado y le acosaban —tenía uno de los tiros en un jamón, el otro le había empanzado—; «el verraco» castañeteaba los colmillos, encarándolos. Cuando me encontraba a unos treinta o cuarenta metros levantó la cabeza —comprendió quién era su verdadero enemigo—, se olvidó de los perros, y como alma que lleva el diablo, corrió hacia mí, mostrándome sus descomunales navajas.

Me vi sorprendido por la reacción de aquel bicho, y sólo tuve tiempo de apuntar y disparar en décimas de segundo. Pude ver, a tan corta distancia, como la Rémington le rompía la boca, pero sin más, salí corriendo preso del pánico, saltando como un gamo entre los jaguarzos y buscando una encina a la que subirme para encontrarme a salvo cuando, en esto, comprendí por los ladridos de los perros, que de nuevo le habían parado.

Me acerqué y pude comprobar como el pobre animal tenía la boca destrozada, pero aún le quedaban fuerzas para defenderse del acoso de los perros. Al aproximarme, miró como suplicándome el tiro de gracia. Y así lo hice. Los perros se abalanzaron a por él; yo respiré hondo, y de momento se me agolparon un montón de sentimientos, algunos de ellos contradictorios: lo primero sentí un poco de vergüenza por no haber sido capaz de aguantar su embestida y derribarlo a mis pies, como hubiera ocurrido en una película; también alegría y orgullo por haber cobrado tan hermoso ejemplar, aunque cabreado por haber destrozado el trofeo; y por otro, de tristeza por haber acabado con un jabalí de leyenda. Por unos momentos comparé su fin al del Che: ¡Había muerto con dignidad después de librar mil batallas!