Cacería en la nubes

Jorge Borque

 

Era un hermoso amanecer de primavera en la cordillera sureña de Mendoza, subía a la vera de un arroyo de aguas cristalinas y con manchas verdes a sus orillas, llenas de pequeñas flores de variados colores.

No llevaba ningún rifle en mi mano, solamente un catalejo muy potente en la mochila, pues la idea era de confirmar lo que había visto desde algún tiempo en la zona: cabras salvajes. Además contaba con la información de algunos baquianos de la zona, la cuál para mí, era conocida, durante muchos años practiqué andinismo, justamente en uno de esos viajes acompañado por un americano (Peter Lang) periodista de un importante diario de Boston, alpinista y por sobre todo cazador, pudimos ver unas cabras pero muy lejos y nos encontrábamos casi en los 4000 metros sobre el nivel del mar, donde la ausencia de pastos es casi total, solamente pueden verse algunos pequeñísimos helechos y líquenes, por lo que le comentaba a Peter que la presencia de esas cabras en ese lugar sería ocasional, a lo que me respondía que había cazado cabras salvajes en muchos lugares del mundo (Norteamérica, Europa y Asia) y que era ese, el tipo de terreno en donde vivían.

Yo dudaba bastante, pues en las ascensiones por encima de los 4000 metros es muy raro encontrar formas de vida animal, he visto ratas hasta los 3800 metros, los guanacos a esas alturas ni pensar (no tienen qué comer), las rapaces como cóndores y águilas pueden llegar a verse de manera circunstancial, pero por lo general es mucho más fácil verlos hasta los 3500 metros solamente, que es totalmente justificado, pues «su comida» se encuentra de allí hacia abajo.

De manera que la idea de cazar algún macho salvaje quedó instalada en mí desde ese momento. Las condiciones no eran rosas justamente, la aproximación a esos lugares era muy grande y como decía uno de los paisanos: «son unas lejuras muy grandes», era necesario hacer una buena planificación, y en eso me encontraba como les decía al principio, tratando de llegar a un morro que llaman «La aguja del diablo» que se encuentra en medio de un gran anfiteatro, rodeada de cerros muy altos, y que sería mi puesto de observación.

Llegar hasta allí me había demandado prácticamente un día de a pie, desde donde quedó el vehículo, y con un equipo muy liviano: pequeña carpita, para pasar la noche, bolsa de dormir y catalejo para realizar la observación a la mañana siguiente, es decir que habría que contar con otros tiempos para un campamento de cacería, pues serían muchos más elementos a traer y mayor aún la distancia a recorrer.

El amanecer del día siguiente me encontró con el catalejo en su trípode barriendo todos los contornos, observando y levantando un improvisado mapa con anotaciones que serían importantes en el futuro; cuando comenzó a calentar el sol, aproximadamente a las 9,30 hs. apareció un pequeño grupo en un filo que estimaba estaría a unos 2000 metros de distancia desde mi puesto en línea recta, pero nos separaban profundos cañadones; por las alturas conocidas de algunos cerros podía estimar con bastante precisión la altura, respecto al nivel del mar, a que se encontraban las cabras, y efectivamente como lo habíamos visto antes rondaban los 4000 metros sobre el nivel del mar, decididamente debía aceptar que vivían allí, tal como me dijera Peter en esa oportunidad y como me lo confirmaran algunos baqueanos de la zona.

La observación debería finalizar a las 12,00hs., pues a esa hora tenía que volver para hacerlo con luz diurna hasta el refugio donde habían quedado mis amigos y el vehículo; un poco antes de retornar aparecieron hacia el oeste y a no más de 300 metros dos machos impresionantes, juro que hubiera dado cualquier cosa por cambiar el catalejo por mi rifle, los observé largo rato, lugares que anotaba en mi mapa, pues donde se los ve una vez, es casi seguro que se los vuelve a encontrar.

Todas mis dudas se habían disipado, y emprendí el retorno al costado de ese bello arroyo, pensando en cómo organizaría una entrada a esos chivos.

Me acompañaría Cruceño (puestero amigo), quien saldría dos días antes con los caballos (dos silleros y dos cargueros), para encontrarnos en el refugio, hasta donde se puede llegar en la 4x4, desde allí calculábamos dos días de marcha a caballo hasta la instalación del campamento base, desde donde haríamos nuestras incursiones; en todos esos lugares hay agua potable de las muchas vertientes, además de los elementos rutinarios del campamento (calentador, comida, farol, carpa, bolsas de dormir, comidas ) había que pensar hasta en el forraje para los caballos.

Con respecto al rifle en utilizar, sopesaba la posibilidad entre el 270 o el 300 W Mag., pero finalmente me decidí por este último por su potencia y trayectoria, pues prefería estar sobrado por las dudas, el lugar es muy lejos, el acercamiento muy sacrificado, y las oportunidades no se repetirían tan fácilmente, así que adopté una recarga muy precisa: puntas Hornady 180 gr. S.P., con 76 gr. de Reloder-22, con la cual obtengo una velocidad de 3050 pies por segundo en boca de cañón y una trayectoria muy tendida, regulada a cero en 180 metros, lo que me asegura tiros muy precisos a larga distancia, cosa que no me gusta, prefiero los tiros cercanos y disfruto de un acercamiento en el rececho, tanto como de la misma cacería, pero acá las condiciones que se impondrían las desconocía y no quería perder la oportunidad, es por eso que iba preparado para tirar a corta o larga distancia.

Una mira telescópica de 6x (seis aumentos fija) Weaver de retículos con pelos muy finos, y muy liviana, los prismáticos 7x35 (antirreflex) de excelente calidad y livianos pensando en largas caminatas ascendiendo cerros, un cuchillo pequeño, cortaplumas de usos múltiples, GPS, pequeña linterna, ropa de abrigo de pluma y zapatos livianos pero fuertes (las rocas son muy filosas) formaban el resto de mi equipo.

Ya montados a primera hora nos encontrábamos en marcha de nuevo bordeando el hermoso arroyo de aguas cristalinas, ascendiendo poco a poco en dirección a la «Aguja del diablo», a la cual rodearíamos buscando un lugar adecuado para instalar nuestro campamento base.

El clima no estaba de nuestro lado, habían nubes por todos lados, Cruceño me contaba que esa zona era de microclima, que era muy común, en esos grandes anfiteatros formados por cerros tan altos, que se formaran nubes o neblinas y cubrieran todo de un momento para otro, lo grave sería si empezaba a nevar, en cuyo caso deberíamos regresar de inmediato, pero por lo avanzado de la primavera, era difícil que sucediera.

Realmente la belleza de la zona es indescriptible, ir montado apreciando todas esas vistas, son recuerdos que quedan grabados para siempre en nuestras retinas, los glaciares eternos casi en las cumbres de algunos cerros, los pedreros y acarreos de infinitos colores, más abajo las verdes orillas del arroyo daban un marco espectacular a todo ese entorno.

Casi cuatro horas de marcha y ya teníamos a la vista la «aguja del diablo», hicimos una parada para descansar en un gran pedrero y pudimos observar a los chinchillones de montaña cómo saltaban entre las rocas y otros tomando sol, realmente un espectáculo, no es común poder ver a tantos animalitos de estos juntos, pues viven en los roqueríos de la montaña y son muy huidizos.

Las 17 hs. y estamos armando la carpa en un lugar muy protegido del viento y evitando estar bajo rocas que pudieran rodar, a todo esto de las cabras ni noticias, a pesar de mi constante observación con los prismáticos, cuando me lo permitían las nubes.

Al día siguiente antes del amanecer nos preparábamos para partir pero a pie, pues ya era imposible seguir de a caballo, en nuestras mochilas llevábamos todo lo necesario, comida, agua, poncho impermeable. Además de los largavistas, llevábamos nuestro catalejo de potente observación con trípode, el cuál armaríamos al llegar a una de las cumbres determinadas y desde allí observar todos los contornos.

La ascensión realmente muy penosa, las rocas sueltas hacían retroceder nuestras pisadas, y a las cuatro horas de marcha y con unas nubes amenazadoras la cosa no pintaba bien.

No podíamos observar como me hubiese gustado, pero no quedaba otra alternativa, ya era mediodía cuando alcanzamos nuestro punto de observación en donde emplazamos el catalejo, nos sentamos a descansar y a observar donde podíamos; no divisamos ninguna cabra, pero en los cerros de enfrente pudimos ver un valle que era uno de los lugares marcados en mi anterior viaje de observación, y que parecía ser un buen lugar, pero había una gran quebrada por medio, lo que nos demandaría más de una jornada de marcha, sería nuestro objetivo para el día siguiente, pudiendo determinar desde donde nos encontrábamos, cuál sería la ruta a seguir.

El amanecer siguiente nos encontró en medio de la subida hacia ese valle, pero la capa de nubes estaba bajísima, calculábamos que en media hora más de marcha ya entraríamos en la capa nubosa, y efectivamente así fue, la visibilidad no era más de 15 a 20 metros, pero como subíamos por un angosto desfiladero, que nos llevaría directo al valle, no había forma de equivocar nuestro camino, a pesar de estos análisis la situación era tensa, sacrificada y lenta.

Llevábamos una hora ascendiendo por el desfiladero en estas condiciones cuando pudimos observar que se aumentaba nuestra visibilidad, que entraba mayor claridad a través de las nubes, es decir estábamos superando la formación nubosa, y seguimos así subiendo hasta no tener una sola nube por encima, un sol radiante nos recibía a partir de esa cota en adelante, dejando por debajo nuestro una gigantesca alfombra de nubes, de la cual emergían los picos más altos solamente, todo un espectáculo de la naturaleza.

Hasta la temperatura había subido, pues fue necesario quitarnos nuestros abrigos de pluma. Ya emplazado el catalejo nuevamente iniciamos la observación; las 12 hs. y mi corazón se acelera… apareció un grupo de cabras a no más de 300 metros, podíamos verlas perfectamente, habían dos machos muy buenos, uno de los cuales acosaba a una hembra y ésta lo rechazaba de manera reiterada, otras hembras comían líquenes, sí, para mí fue una sorpresa, le pasaban la lengua a las piedras (las cuales tenían los líquenes adheridos), era todo un rito, casi lo hacían a un mismo ritmo.

Sin perder tiempo decidí un acercamiento tratando de rodearlos un poco, mientras Cruceño se quedaría donde nos encontrábamos sin moverse. En mi acercamiento los perdería de vista por un rato, así que mi temor a que se fueran era grande, pero debería desplazarme evitando rodar piedras por los ruidos, además con mis largavistas cada tanto recorría los contornos por las dudas. En un repecho a la mitad de camino encontré un «bosteadero» y un fuerte olor a orín, signos evidentes de la vida de las cabras en ese lugar, estando observando esto me sorprendió de frente un gran macho (de mucho mayor cuerna que los anteriormente vistos), tanto el macho cabrío como yo nos quedamos «congelados», en línea recta estimo en 50 metros la distancia, estaba al borde de un filo, y en una fracción de segundo desaparecería, por supuesto mi rifle estaba bajo, así que como en muchas otras oportunidades, lo fui subiendo muy lentamente, el macho miraba con asombro, llegó el retículo a la base del cuello en el mismo momento que partió el disparo.

Un eco descomunal me devolvía el rebote de la detonación, en el medio de la inmensidad de ese gran anfiteatro natural.

Desde mi posición no veía al macho cabrío, pues había disparado en un ángulo ascendente de unos 30 grados estimo, pero los gritos de Cruceño me indicaban del éxito obtenido. Efectivamente todo un «chivazo» de cuernas muy largas y simétricas, un ejemplar muy viejo sin ninguna duda, un macho de largas barbas blancas.

Una vez medido el trofeo arrojó los siguientes resultados: Largo de Cuerna Derecha 97 cm, Largo de Cuerna Izquierda 95 cm, Distancia entre Puntas 81 cm, realmente todo un hermoso trofeo.

Al rato llegó Cruceño con quien nos dimos un fuerte abrazo, pues habíamos logrado nuestro trofeo con mucho sacrificio y en muy buena ley.

Realizamos la consabida autopsia de campo, el proyectil impactó exactamente en la base del cogote partiendo el espinazo, el macho cabrío no alcanzó a dar un paso, evidentemente los 180 gr. del .300 W Mag. fueron fulminantes. No se pudo recuperar el proyectil, la energía a esa distancia resulta desproporcionada con el peso del animal impactado.

Se separó el trofeo con el cuero, no era liviano, y lo atamos con unas sogas a la mochila, para su traslado hasta nuestro campamento base, del cual estábamos a más de cuatro horas de marcha, pero la satisfacción del logro obtenido nos hacían olvidar las trepadas y los descensos por esos difíciles acarreos.

Desde lejos podíamos ver a «La aguja del diablo» la cual nos indicaba el camino de retorno.