De nuevo Cerrón

Miguel González Hernández

 

Llevaba tres temporadas sin salir de caza y esa noche, a pesar del cansancio que arrastraba a causa del viaje hasta Cerrón, los nervios habían impedido que conciliase el sueño durante más de una hora seguida. Todavía no había sonado el despertador cuando, por enésima vez, miré de refilón el reloj que había sobre la mesita de noche para comprobar que aún faltaban diez minutos para las seis. Me levanté con sigilo por si mi hermano aún dormía y fui al baño para lavarme la cara e intentar despojarme del poco sopor que aún arrastraba.

Al volver a la habitación me vestí con la ropa caqui que la noche anterior mi hermano había dispuesto sobre la cómoda, me calcé unas viejas botas que me habían acompañado en mis últimas jornadas de caza ya lejanas en el tiempo y me dirigí a la cocina.

Al pasar por el salón comprobé que mi hermano ya estaba despierto y deduje que hacía rato pues ya había recogido los restos de la cena de la noche anterior. Desde la cocina llegaba el perfume mezclado de café y pan tostado que me atrajo hacia allí de forma totalmente instintiva, cogí mi taza ya llena de café caliente, añadí la mitad de un terrón de azúcar y antes de dar los buenos días a mi hermano, di un trago que me trajo de vuelta al mundo de la conciencia.

—Buenos días Miguel, si ves que amarga un poco ponle más azúcar, este café es un poco áspero —dijo Luis al ver el gesto de mi cara.

—Está perfecto Luis. Es justo lo que necesitaba a estas horas de la mañana.

Mientras yo desayunaba Luis acabó de preparar todo lo necesario para que la jornada de caza fuese perfecta y no se volvió a dirigir a mí hasta que lo tuvo todo dispuesto.

—Voy a ir sacando los perros del patio, Miguel. Cuando acabes de desayunar agarra las escopetas y los cartuchos de encima del sofá y lo metes todo en el asiento trasero de la furgoneta. Las llaves están sobre la mesa del comedor.

—¿Dónde está la furgoneta?

—Aparcada en la puerta del alcalde.

—Qué huevos tienes Luis. Algún día tendrás un problema.

—El que quiera aparcamiento privado que lo pague, y además, ¿por qué voy a tener ningún problema? ¿Es que la calle no es de todos?

—Vale, vale —dije en un intento de atajar lo que prometía acabar como discusión–. En cuanto acabe de desayunar, salgo con los arreos.

—Así me gusta, Miguel. Por cierto, si quieres aceite para las tostadas está en el armario de encima de la panera.

Hacía tiempo que sabía que rebatir a mi hermano era totalmente inútil, así que acabé con el desayuno lo más rápido que pude, cogí las llaves, los arreos y en menos de tres minutos estaba en la calle esperando a Luis con el portón trasero de la furgoneta abierto.

De inmediato vi como Luis cerraba la puerta del patio y venía hacia mí jugueteando con dos jóvenes bretoncillas que, como era costumbre en él, traía sin correa.

—¿Te gustan los cachorrillos Miguel? —me preguntó al llegar junto a mí mientras cogía a una preciosa hembrilla en brazos.

—Y tanto que me gustan; ¿de dónde los has sacado?

—Me los agencié de una camada de la perra del feo Juan, como ya no puede salir de caza me ofreció la camada entera pero sólo le cogí dos hembrillas, una para ti y otra para mí. Acaban de cumplir seis meses y ya apuntan buenas maneras.

—¿Ya les has puesto nombre?

—Esta se llama Luna.

—¿Y la otra?

—Tú sabrás.

Medité un instante y el primer nombre que me vino a la mente fue Linda.

—Linda, se llamará Linda, ¿te gusta?

—Sí que es bonita la perra, sí —dijo mientras reía sonoramente.

Cogí a la recién bautizada en brazos y antes de que me diera cuenta ya me había lamido toda la cara, la separé un poco de mi cuerpo para poder contemplarla bien y me pareció la perra más bonita del mundo.

En ese momento Luis me advirtió de la hora que era, metí a Linda en la caja de transporte para perros que mi hermano tenía instalada en el maletero de la furgoneta y cerré el portón.

Cuando entré en la furgoneta, ésta ya estaba en marcha y nada más sentarme Luis me propinó un cariñoso capón a la vez que sonreía con esa mueca amable que pocas veces dejaba asomar.

Partimos dirección a la Finca del Sotogrande y durante todo el trayecto no paramos de recordar antiguos lances de temporadas pasadas. Mi hermano siempre ensalzaba mis aptitudes cinegéticas pero yo era consciente de que ni de lejos podía compararme con él en ninguna de las facetas que atañen al mundo de la caza.

Al entrar a la finca cogimos el camino del arroyo seco y dejamos la furgoneta justo antes de cruzarlo. Mientras armábamos las escopetas y nos ataviábamos con todo lo necesario para cazar, intercambiábamos impresiones de cómo debíamos empezar a batir el terreno hasta que al final resolvimos romper en dirección a la Ermita de San Nicolás.

El día se presentaba despejado y ya apuntaba un calor exagerado para la época del año en la que nos encontrábamos, lo que hacía presagiar que la jornada se acortaría más de lo que deseábamos.

Observé que todos los campos de la zona estaban de barbecho y Luis me explicó que el año había sido extremadamente seco. La poca siembra de la zona se había convertido en rastrojera mucho antes de espigar y la comida para el pájaro perdiz escaseaba allá por donde anduvieses.

Tomamos por la solana de la falda del Guardia y Luis, haciendo alarde de su gran forma física, subió «a pico» hacia la parte alta de la sierra para coger la cuerda de esta. Yo me quedé jareando las partes bajas dándole siempre la mano a cierta distancia e intentando no adelantarme en ningún momento a sus asomos en las sucesivas vaguadillas que íbamos superando cada poco rato.

En uno de los múltiples asomos, seis perdices arrancaron de media falda tomándonos la suficiente delantera como para no poder tirarlas. Fuimos un buen rato tras ellas hasta que al fin, al trasponer la solana de la ermita, cuatro de ellas volvieron a botar en una zona de aliagas.

Luis consiguió hacer bajar la más culera con un certero disparo de séptima con carga de treinta y cinco y choke de cuatro, combinación que siempre usaba por que según decía «aseguraba las trabajadas y despreciaba las alargadas». Muchos le habían discutido esta postura pero él, tal y como hacía nuestro padre, siempre los callaba diciendo «donde no llegan las piernas no deberían llegar los plomos, y si necesitas alargar para tumbar un perdigón, o cazas en el llano o te has hecho mayor».

En cuanto desencaró la escopeta, corrió dirección al pájaro abatido animando alegremente a los cachorros al cobro a la vez que guardaba la distancia suficiente para no entorpecer el trabajo de los mismos. De repente, Luna hizo un ligero amago de muestra y se lanzó rauda a embocar la perdiz abatida en una acción propia de perro novel. Luis la premió con halagos y caricias y se volvió hacia mí con el pulgar de la mano izquierda hacia arriba en claro signo de aprobación.

Yo, desde abajo, le devolví el gesto.

Cuando recuperó el pájaro de la boca de Luna lo examinó detalladamente, como siempre solía hacer, y vi como gesticulaba con una leve mueca de desaprobación antes de guardarlo en el zurrón.

Continuamos con la mano y unos cien metros más adelante, de entre las jaras, se levantó uno de los dos pájaros que quedaban del primer arranque. Logré bajarlo al segundo disparo y cuando lo cobré, descubrí el porqué del anterior gesto de mi hermano.

—Luís —grité—, este pájaro también tiene tres espolones.

—Pues ale, vamos a almorzar.

Luis descargó el arma y bajó hasta mí al tiempo que continuaba su razonamiento.

—Seis pájaros viejos juntos el segundo domingo de temporada no es buena señal y es mejor que respetemos la zona hasta que se recupere.

—¿Y si damos una mano al romeral de la plana de arriba? Allí siempre se ha visto algún conejillo.

—Miguel, Miguel… A conejos sin canes como a venados con gavilanes —sentenció.

Al llegar a la furgoneta sacó del zurrón dos chuscos de pan y un trozo de tocino que partió en cuatro partes. Me dio un chusco junto al trozo más grande de tocino y lanzó un trozo pequeño a cada bretoncilla.

Se acercó a la furgoneta para coger la bota de vino y nos sentamos sobre dos grandes piedras que ponían fin a un sendero de ganado.

—Esta temporada no volveré a salir por esta zona a no ser que entren las pitorras, el año está siendo muy seco y los animales no han criado bien.

—¿Cómo es que no has venido antes a ver como criaron los pájaros?

—Sí vine, y la verdad es que no vi gran cosa, pero aún tenía esperanzas de encontrar algún bandillo que no tuviese controlado.

Conforme avanzaba la mañana, y contrariamente a lo que parecía en un principio, el tiempo fue refrescando y nuestras expectativas de tener un buen día de caza iban en aumento. Este cambio de tiempo hizo que nos decidiésemos a probar en otro cazadero y, tras meditarlo un buen rato, decidimos acercarnos al Molinar.

Sobre las doce de la mañana llegamos a la finca del Molinar que desde el jueves anterior había pasado a ser de nuestra propiedad tras haber decidido por consenso que era la mejor opción de las dos que nos había planteado Don Julián. Nos bajamos de la furgoneta en absoluto silencio y estuvimos un buen rato observando con cierta incredulidad la extensión de la finca.

—¿La parte de monte de la casa hundida también es nuestra?

—Espera Luis.

Saqué el plano de la finca de dentro la furgoneta, lo extendí sobre el capó e intenté localizar la casa hundida.

—Mira Luis, esta es la casa —dije señalando el punto exacto en el mapa.

—Entonces, ¿toda la solana y los campos de detrás que van hasta la tercera falda también son nuestros? —se sorprendió Luis mientras intentaba escudriñar el plano.

—Y según pone aquí, por el lado del pueblo la finca no empieza en la segunda cadena sino un poco más allá del cruce del camino viejo.

—Joder Miguel, quien nos iba a decir que un día todo esto sería nuestro.

—Si padre y madre pudiesen verlo…

El recuerdo de nuestros padres hizo que un momento de nostalgia invadiese por completo aquel instante mientras mi hermano y yo nos mirábamos con los ojos vidriosos.

Entonces, en un intento de expulsar las tristeza que nos estaba invadiendo, me dirigí a la parte trasera de la furgoneta y abrí el portón para que bajasen Luna y Linda. Nada más tocar el suelo empezaron a correr desordenadamente a nuestro alrededor lanzando leves latidos que denotaban su alegría. Cogí las dos cananas del asiento de atrás, me ajusté la mía a la cintura y me acerqué a mi hermano para entregarle la suya.

—Esto es increíble, Miguel —dijo a la vez que recogía la canana.

Volví en absoluto silencio a la furgoneta para coger las escopetas mientras mi hermano insistía.

—¿Te has dado cuenta de que vamos a cazar en nuestras tierras?

—Anda Luis, coge la escopeta y vamos ya que me estoy quedando helado.

Acordamos romper por la mancha de romero que teníamos unos doscientos metros delante para ver si tropezábamos con alguna liebre encamada. Las bretonas comenzaron a lacear por la mancha de forma algo desordenada pero demostrando buenas maneras e instinto. Luna trabajaba con la trufa algo más alta que Linda y un poco más ligera, Linda era más concienzuda en sus lazos, a la vez qué se mantenía algo más cerca de la escopeta.

De pronto Linda se quedó clavada frente a una coscoja manteniendo una muestra irregular y nerviosa, me acerqué intentando retenerla con la voz para que mantuviese la muestra hasta mi orden pero no aguantó lo suficiente. En cuanto estuve cerca de ella rompió lanzándose contra la coscoja de donde no arrancó pieza alguna. Al mirar el lugar que había mostrado la bretoncilla descubrí la cama aún humeante de una liebre que debía haberse levantado instantes antes de que llegásemos a ella. Linda había hecho una muestra a un caliente.

Al poco rato me entraron tres pájaros de pico a punta de cañón que llevaban una velocidad endiablada, los seguí con la mirada respetando su huida hasta que los perdí de vista. Miré en sentido contrario a la dirección que llevaban las patirrojas y a lo lejos vi como se aproximaba un cazador con un podenquete que parecía algo despistado. Supuse que habían sido ellos los que habían levantado los pájaros poco antes así que, cuando estuve lo suficientemente cerca del cazador para que me oyese, le grité.

—Han rasado justo por la punta de los almendros, si les entras por arriba podrás tirarlos.

—Gracias —me contestó alzando su mano izquierda al tiempo que apretaba el paso para ganarles algo de terreno.

Al momento escuché el retumbar de dos disparos que provenían de la vaguada que en ese momento cazaba mi hermano, me asomé hasta allí y desde cierta distancia vi como Luna embocaba perfectamente la liebre abatida. Aguardé a que Luis la guardase en el morral y felicitase efusivamente a la bretoncilla para seguidamente continuar batiendo el terreno hasta la punta del romeral.

Al juntarnos, Luis me dijo.

—He visto que aún respetas las reglas del buen cazador y eso me gusta.

—Ya sabes lo que decía padre: «para disparar están los platos, los animales se han de cazar».

Luis volvió a sonreír.

Seguimos cazando hasta casi las dos de la tarde, momento en el que decidimos dar por finalizada la jornada de caza, ya que el cansancio había obligado a las bretoncillas a dejar de trabajar. Habíamos conseguido abatir tres pájaros y dos liebres que satisfacían más que sobradamente nuestras expectativas y era el momento de volver a casa para empezar a preparar la salida de la semana siguiente.