Noches de aguardo

José Maria Barrantes

 

Aguardos, esperas, puestos… se les puede llamar de diversas maneras, pero todas vienen a significar una misma cosa: ilusión, paciencia, a veces frío, pero sobre todo, el enorme placer que siente el cazador disfrutando con la extraña compañía de la noche.

Analizando cada pequeño ruido y pidiendo en silencio a nuestra gran aliada luminosa, que nos delate de reojo, la presencia del escurridizo jabalí, que está inmóvil a la sombra lunar de un inoportuno chaparro.

Cualquier movimiento, por tímido que sea, puede ser fatal. Horrorizados, percibimos la estúpida inquietud de esa vital masa carnosa, que parece quisiera salirse del pecho, para no perderse nada de lo que pueda suceder.

Las horas no parecen minutos, sino segundos y ya no sentimos aquel insoportable dolor de las articulaciones dormidas, sino que tenemos todos nuestros sentidos concentrados en un punto. No está muy lejos, tampoco cerca, pero sí distante; como el pez que nada próximo a la orilla, pero sin olvidar que está en el agua, su medio natural, y aunque se encuentre a pocos metros del pescador, qué lejos, si éste no sabe ser paciente y capturarlo.

Pero también ocurre algo extraño, muy extraño. Antes de sentir la presencia del solitario de olor a «regaliz» montuno, cantaban insistentemente unos grillos, y se oía, no muy lejos, el tenue pero aún perceptible zapateo de unos conejos juguetones que estaban cerca del arroyo ahora seco. Es inexplicable, parece como si todos los animales, e incluso las plantas, se dieran cuenta de lo que estaba sucediendo y esperaban expectantes, a ver en qué quedaba aquel duelo entre la inteligencia y el instinto.

La luna ha escuchado nuestra súplica y se aleja lentamente descubriéndonos la interminable sombra que ocultaba al inmóvil y paciente jabalí.

Cuando ya lo vemos con claridad, no podemos recrearnos mucho, está muy desconfiado, lleva mucho tiempo en una postura pétrea, haciendo trabajar a marcha forzada todos sus sentidos; al igual que nosotros, pero sin olvidar que él se juega más, mucho más, y en cualquier momento puede dejar la partida.

De pronto se ilumina una pequeña parte del escenario, acompañado por el sonido de fondo de un fuerte trallazo que se prolonga durante unos segundos, como queriendo subir por entre los breñales de la sierra. Después aparece un enorme silencio, acompañado de unas ganas tremendas de oír algo que a veces desearías no haber escuchado nunca.