Etosha: una fantasía africana

Jorge Borque

 

El «Continente Negro» siempre fue una meca, una seducción, un «canto de sirenas» para una infinidad de exploradores, cazadores de marfil, aventureros, naturalistas que fueron a ese continente en busca de sus objetivos económicos y aventureros, muchas veces perdiendo sus vidas frente a los peligros del África, fieras salvajes, tribus de caníbales, enfermedades, y sin embargo aún hoy es un imán que sigue atrayendo a infinidad de aventureros y visitantes de todo el mundo que buscan dar «rienda suelta» a sus distintas pasiones, cazar, fotografiar animales salvajes, conocer desde dentro algunas tribus famosas, como los Masai, los Himba, los Bushman, los Hereros, Bosquimanos, Kalangas etc.

Recordando las palabras de uno de los Cazadores Profesionales (P.H.) más famosos del mundo, como fue Syd Downey: «…En África todo es misterio, todo es peligroso, todo muerde o ataca…» y justamente los peligros, los misterios, las tradiciones ancestrales, la sabana y las junglas profundas, todos esos contraste son la atracción de muchas gentes de todo el mundo.

Una de esas «Perlas Negras Africanas» se encuentra al norte de Namibia, cerca del límite con Angola, el Etosha Nacional Park, una de las bellezas impactantes del Continente Negro. Un teatro de vida salvaje y natural, compuesto por millones y millones de actores, donde la vida y la muerte compiten a diario, donde muchos mueren para que otros sobrevivan, todo dentro de un escenario natural, agreste, salvaje y brutal.

Me encontraba de safari en Damaraland, al norte de Namibia, cerca de un caserío llamado Kamanjab, a unos ciento cincuenta kilómetros del Etosha Nacional Park, y por nada del mundo quería perderme de visitar este verdadero santuario de la Naturaleza y la Vida Salvaje.

Habíamos viajado unos quinientos kilómetros desde Windhoek, la capital de Namibia, pasando por las ciudades (en realidad pequeños pueblos) como Okahandja, Otjiwarongo, Outjo y Kamanjab, y justamente desde aquí hasta Okakuejo, que es la entrada al Etosha Nacional Park, hay ciento cincuenta kilómetros.

Namibia es un país con implosión demográfica, y una de las causas más importantes de esto es el SIDA, además de otras enfermedades, es uno de los países con menor índice de habitantes por kilómetro cuadrado, de modo que la soledad se siente muy fuerte en todos los ambientes, no solamente en las rutas.

El ETOSHA PAN es un desierto que se encuentra casi en el límite con Angola, de ciento diez por sesenta kilómetros de ancho, es impresionante observar ese mar de arena, que hace de contención o barrera natural que evita que los animales se aventuren a cruzarlo hacia el norte, o sea, hacia Angola, y en su perímetro sur hay innumerables WATER-HOLES, o water-point, pozos de agua donde acuden una diversidad inmensa de animales a saciar su sed. Muchos de estos Water-holes son naturales (Natural Springs or Fountains) y otros fueron fabricados por el hombre (Man-made waterpoint).

El Etosha Nacional Park cubre un área de veintitrés mil kilómetros cuadrados, con una red caminera de cientos y cientos de kilómetros entre los Water-holes, de manera que se los puede ir visitando y observando la fauna desde los vehículos, por carreteras principales y secundarias. Algunos de estos pozos de agua son muy famosos como es el caso de Okakuejo donde hay hoteles de cinco estrellas y bungalows, donde se hospeda el turista y pasa días de observación, fotografiando y filmando a distintas horas del día, el comportamiento de la fauna salvaje y a distancias muy cortas. Llegué en una oportunidad a colocarme a menos de veinte metros de un elefante tomando agua, fue todo un espectáculo ver cómo corrió a una infinidad de otros animales como Cebras, Ñus, Kudúes, Oryx, Springbok, Warthog, Eland, Red Hartebeest, Impalas, Steenbok, Damara Dik-Dik, Jirafas, etc. Cuando sacó absolutamente a todos del pozo, entró él solo a tomar agua hasta saciarse, luego lentamente se retiró y los demás pudieron entrar nuevamente.

Cuando uno viaja de un water-hole hacia otro es posible ir viendo muchos animales en plena sabana, desarrollando diversas actividades, no es difícil poder observar una Cheetah corriendo a un grupo de Springbok, o a los perezosos Leones a la sombra de alguna acacia, durmiendo con sus panzas al sol, descansando de la cacería de la noche anterior y reponiendo fuerzas para la próxima. También pudimos ver desde muy cerca y fotografiar a una gran familia de Avestruces con muchas crías, son realmente muy grandes los Avestruces Africanos, sus crías con apenas unos días de vida tienen el tamaño de un pavo.

Hay algunos water-holes muy alejados, a cientos de kilómetros, ubicados en lugares estratégicos, donde es posible filmar cuando alguno de los grandes carnívoros acecha y caza a sus presas cuando «bajan» al agua. Un atardecer tuve la inmensa suerte de ver cazar a tres Leonas en equipo y ver cuando una de ellas saltaba sobre el lomo de una Cebra, cerca del water-hole Duikerdrink.

Similar al asentamiento de Okakuejo, a lo largo de unos ciento treinta kilómetros de carretera de tierra, podemos encontrar otros dos emplazamientos con hoteles cinco estrellas, pista de aterrizaje y servicios, que son Halali y Namutoni, también con tribunas de observación de la fauna que se arrima a esos water-holes a saciar su sed.

En Halali se encuentra un water-hole famoso llamado Moringa donde la densidad de animales es realmente impresionante. Sin querer pecar de exagerado y para dar un ejemplo, en el water-hole de Okakuejo al medio día se podían ver a no más de unos treinta metros y hasta donde llegaba nuestra visión, cientos de Spingbok, cientos de Ñues, cientos de Kudúes, más de sesenta Jirafas, cientos de cebras, decenas de Red Hartebeest, muchos Eland, muchas Spotted Hyaena (Hienas moteadas), cientos y cientos de Oryx, varios Elefantes, y por supuesto a la fauna menor no la tuvimos en cuenta, y a los grandes depredadores como son los Leones, Leopardos y las Cheetah, no se los ve en los pozos tomando agua, ellos cazan preferentemente de noche y durante el día holgazanean. Lo cierto es que para quién nunca ha visto este mar de vida salvaje a tan pocos metros de distancia es un espectáculo impresionante que quedará registrado de por vida en mis retinas. Gracias a Dios pude tomar innumerables fotografías de todos estos grupos de animales, en diferentes situaciones, tales como tomando agua, bañándose, peleándose. Dos Kudú Cow (Kudú hembra) no quisieron obedecer la orden del elefante de abandonar el lago, incluso lo enfrentaron en una actitud casi suicida, el Elefante se dirigió directo hacia ellos y de un trompazo arrojó a la de mayor tamaño a unos diez metros aproximadamente, lo que parece hizo entrar en razones a la otra hembra que partió en retirada de inmediato.

Son tan fuertes las vivencias que nos proporciona el Continente Negro que muchas noches, estando allá, me despertaba sobresaltado y saliendo de diferentes pesadillas, que vaya a saber qué mezcla de cosas se haría en mi mente aventurera y cazadora al presenciar de tan cerca todas estas vivencias de la vida salvaje.

Las aves son un capítulo aparte, se las ve por miles, desde las más pequeñas a las de rapiña más grande, como las Águilas Tawny o las African fish Eagle, son numerosísimos los Greater Flamingo y los Lesser Flamingo. También hay infinidad de Helmeted Guineafowl, más conocidas por nosotros como Gallinas de Guinea, favoritas de los cocineros de los campamentos, son muy parecidas a nuestras Martinetas Copetonas pero de un tamaño unas cinco veces mayor.

Familias enteras de Suricatos andan entre las patas de los grandes animales que se reúnen alrededor de los water-holes.

Mientras tomábamos un trago hablábamos con John, mi P.H., sobre la desgastada expresión: «animales en peligro de extinción», acá deberían venir los que usan ese tipo de expresiones como recurso para mantener ciertos beneficios económicos (en Argentina: Curro) y justamente John me explicaba la procreación de las diferentes especies animales, por ejemplo los Warthog (jabalíes verrugosos) una hembra joven puede dar a luz a unos diez cachorros por año, una Cheetah puede llegar a dar unos cuatro o cinco en dos o tres pariciones por año, los Springbok están por miles y miles similar a los Impalas de manera que su descendencia, aunque fuera una por año, sería de muchos miles por año , similar es el caso de los Oryx, una de las gacelas más bellas del África, con ese antifaz blanco y negro, que junto con las Cebras son un símbolo del Continente Negro.

Nos trasladábamos unos quince a veinte kilómetros y encontrábamos otro water-hole con otra cantidad inmensa de diferentes animales y, entre pozo y pozo, podíamos ver a los animales desplazándose de un lugar a otro en grandes tropas, jamás imaginadas por quien escribe esto.

Otro recuerdo que quedó como una marca a fuego fue cuando nos dirigíamos al water-hole «Okerfontein», en un recodo de un camino secundario y desde un gran árbol se tiró un hermoso Leopardo, fue como un rayo y desapareció en los pastos sin darme tiempo a disparar la máquina fotográfica a pesar de lo atento de John, que detuvo de inmediato la camioneta, pero la visión de esa piel dorada que tuve a unos diez metros nuestro nunca la olvidaré.

Son tan grandes las distancias entre estos pozos de agua, cientos y cientos de kilómetros, con carteles solicitando no descender de los vehículos por lo peligroso que puede llegar a ser, y realmente todo el mundo cumple al pie de la letra, además no pude observar un papel o restos de comida ni bolsas plásticas, en toda esa inmensidad, es digno de destacar, nobleza obliga.

Ya tomando el camino de asfalto para salir del parque, nos cruza por delante de nuestra camioneta un gran elefante y, como para poner un broche de oro al cúmulo de emociones que había tenido ese día, el elefante se detiene un metro delante de nosotros, moviendo su cabeza y trompa de un lado a otro; la trompa casi tocaba el paragolpes de la camioneta. John no se imaginó que el elefante se iba a detener y creo que él se preocupó más que yo, muy por lo bajo me pedía que no me fuera a mover y mucho menos a bajarme del vehículo, pero alcancé a tomar algunas fotos al viejo elefante, típico de los del desierto de Namibia, de muy gran porte y pequeños colmillos. Movió dos o tres veces más su cabeza y trompa y continuó su camino.

Sentía mi alma embriagada de tantas emociones, los recuerdos se atropellaban en mi memoria, recuerdos de viejos lances cinegéticos, de mi padre, de viejos compañeros de cacerías, y mi pecho iba henchido de satisfacción en un bellísimo atardecer africano.

Esta vez San Huberto me mostró un Paraíso, sin llevar a mi querido rifle.

 

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