Mis andanzas con el 9 m/m

Juanma Larache

 

No sé si en España ha sido un calibre cazador o no, pero en Marruecos, en versión fuego anular, sí que lo fue y lo sigue siendo. Fundamentalmente por ser armas muy económicas, no necesitar mucho papeleo (se guiaban igual que una carabina de 4.5 o 5.5 m/m, sin más), no tener ningún retroceso y hacer muy poco ruido. Mortales a distancias prudentes (12-15 metros) como la que más; siempre hablando de tiros «a parado». Algún tiro más potroso, a 20 metros o al vuelo, también se han hecho, aunque son la excepción.

En el Marruecos del Protectorado (francés y español), cada país colonizador dejó su «impronta» como mejor supo: España dejó su idioma, magníficas fincas de naranjos, algunas construcciones de sabor arábigo-andaluz, bastantes bares de «tapas» (hoy apenas quedan), algunas Casas de España y, más recientemente, una expansión importante del Instituto Cervantes por casi todas las ciudades del país.

Las escopetas de marcas españolas se fueron perdiendo poco a poco. Aquellos 12-14 m/m, calibres 28 y 16, que había en cualquier casa o finca; muy pocas estaban en regla y con la Independencia se pusieron las cosas más serias y hubo que deshacerse de ellas.

Francia también dejó su idioma, que barrió prácticamente en todo el país (zona española incluida). Unas —pocas— maravillosas viñas con las que se siguen produciendo hoy día unos buenos vinos, sin pretensiones; una rica bollería (croissants et petits pains au chocolat) y unas armas de manufactura Saint-Étienne, que hasta hace muy pocos años eran las únicas que se veían. Hoy día, el mercado es bastante más variado —italianas sobre todo—.

Para mí fue mi primer «arma» de verdad, producto de un 6 de Enero. Se trataba de un cerrojo monotiro (no había posibilidad de colocarle un «peine»), con alza y punto de mira casi idénticos a los que se pueden ver hoy día en las escopetas de perdigones. Muy liviano y bastante corto. Luego aparecieron otras armas del mismo calibre con punto de mira de bola y un canalillo (¿un trocito de solista?) para apuntar, algo más apropiadas para el tiro al vuelo. Todas en fuego anular, Flobert. Actualmente hacen furor las superpuestas.

Cuando me acuerdo, todavía siento un poco de resquemor: aunque era «mi» escopeta, ese día de Reyes no la estrené yo. Un familiar, más loco por la caza que el que suscribe, fue quien lo hizo. ¡Menudo cabreo sordo!

Un tema peliagudo era el de los cartuchos. Los primeros venían con culote metálico y el resto en papel encerado, que la mayoría de veces se quedaba en el cañón después de disparar. Tenía que ir provisto de una caña muy fina y muy bien pelada para extraerlo, o bien me llevaba la baqueta de mi padre cuando se la podía escamotear. Cuando aparecieron los cartuchos metálicos fue un alivio. Plomos del 7 y 8, normalmente.

Algunos fines de semana y los períodos vacacionales los pasaba cazando en una finca de naranjos de 21 has. Con aquellos poquitos años, me parecía muy grande. ¡Como un rancho argentino! Me gustaba mucho tirar sobre el alcaudón (cha-krá, en árabe) posado en las zarzas, aunque por su tamaño no justificara el gasto de un cartucho. Pero lo que más me atraía era tirar sobre las perdices morunas (allí las conocíamos por gambra). Imitaba su canto succionando con los labios sobre la palma de la mano bien extendida y, más o menos, conseguía algo parecido a: chac, chac-chac, chac-chrek… Entre lo que ellas se acercaban —muy poquito— y lo que yo me acercaba —bastante—, arrastrándome cual guerrero sioux, y que la finca era abancalada, en alguna de las asomadas las ponía a tiro. ¡Qué emoción, qué fiebre, qué pasión! Igualito que hoy, que se agacha uno para atarse los cordones y le chirrían todas las bisagras.

Sabía que en los Navel grandes podía esperar a los conejos; que en la cantera también había conejos pero había que tirarlos más largos. Que en los clementinos pequeños me podía salir una liebre y seguro que veía los alcaravanes. Los veía, bien he dicho: si yo andaba dos metros, ellos daban 200 pasitos… Nunca los tuve a tiro del 9 m/m. Las parcelas de Valencia Late, con sus cipreses de seto, eran lugar seguro para las tórtolas y torcaces. No recuerdo si cacé alguna torcaz con este calibre.

Resumiendo: he abatido bastantes tórtolas posadas; perdices, algunas de ellas al vuelo; bastantes conejos a la espera; avefrías (asomándome con mucho cuidado en una vaqueriza donde ellas estaban)… Para mí, un lujo de calibre; tal vez un calibre para época de abundancia. Ideal, de todas formas, para el inicio de chavales con inquietudes cinegéticas.

En el trasiego de mi retorno definitivo a España, se «perdió» aquel 9 m/m. Casi una reliquia, ¡una pena!