Mi primer jabalí

Juanma Larache

 

Corría el año 1976, noviembre. Domingo. Un año después de la Marcha Verde… ¡Y toca batida!

Vamos a cazar en el término de Khémis Sahel, kábila situada en el norte de Larache. A menos de una hora en coche.

El monte, suave: llanos, lomas medianas y alguna que otra vaguada más pronunciada.

Típica vegetación mediterránea: alcornoque, encina, acebuche, chaparro y como monte bajo, lentisco, tomillo, jaras, palmito…

Hay que estar temprano en casa del guardabosques: funcionario del Ministerio de Agricultura y de la Reforma Agraria para la preceptiva entrega del permiso de batida (cupo de tres cochinos), control de armas y todo el papeleo. Cumplidos estos trámites, vuelta a subir a los coches para encontrarnos con los batidores; con su jefe, acordamos el plan a seguir.

Hoy no han venido muchos perros, alrededor de veinticinco, pero como el monte no es muy cerrado, serán suficientes.

Cogemos los pertrechos y andamos un buen tramo para no chantear la «cama». En la mayoría de las zonas hay muy pocos caminos y algunos impracticables para los Land-Rover, Willys…

Hoy somos doce escopetas. Rifles ni uno. Totalmente prohibidos; incluso una carabina del 22 y un visor eran considerados armas de guerra.

Al cabo de 10-12 años se empezarían a ver algunas semiautomáticas con cañón para balear.

Estamos los doce en «ballesta». Un disparo de espingarda o escopeta, es la señal de comienzo.

A mi izquierda, mi buen amigo Lahsen «el cojo». Gran cazador y mejor furtivo —¡necesidad obliga!—. ¡No tiene un buen día! Le entra un cochino y le larga los dos tiros, uno de los cuales lo oigo silbar muy, pero que muy cerca de dónde estoy. Puede más mi emoción y entusiasmo que el «acojone» y al poco ya estoy repuesto.

Me entra un cochino sin enterarme y lo tiro por detrás, casi metido en el monte… ¡pam, pam!… y a criar. Acabada la postura, voy a ver si hay sangre… y hay un chorretón. ¡Tiro de barriga, seguro!

El jefe de batidores va en su busca con la escopeta y tres perros.

En la tercera postura, me entero que mi cochina —sí, ¡ha sido hembra!— la han cobrado los perros. Tiro de barriga con una posta triple. Cartuchos que llevaban las nueve postas, enlazadas de tres en tres mediante un cable de acero. Todavía estaban autorizadas las postas.

Pesó sesenta kilos. Y fue la que me hizo «novio», aunque allí no se usaba ese término. Se hablaba sólo de bautismo.

En principio me cabreó que fuera hembra, pero luego me alegré. ¡No tuve que soportar los huevos del «guarro» metidos en la boca! ¿De sangre? Me pusieron hasta el «cucu».

El bautizado tenía que invitar a una cena o comida a todos los compañeros de batida. En mi caso, y por llevar poco tiempo trabajando allí, consideraron que mi economía era un poco débil y lo solventé invitando a unas «rondas» en el Café-Bar Central.

Al final de la jornada se procedía al pago de los batidores. Como parte de éste, se entregaba a cada batidor una hogaza de pan y una lata de sardinas. Esta costumbre se sigue manteniendo, aunque esté menos justificada que antaño.

En metálico y por aquellos años, se les pagaba 20 dirhams y al jefe del grupo 50 dirhams. Siempre había que llevar dinero fraccionado para contentar a algunos que decían haber llevado más perros, haber trabajado mucho y mejor que otros, que tenían más necesidades que aquél… o aquél otro… ¡Nada nuevo en el horizonte! ¡Puro y duro regateo inherente al carácter marroquí!

Hoy es lunes. Los cochinos se dejaron ayer en el local de un cazador. Abdeslam y Hamido se encargan de prepararlos y coger las muestras para el veterinario.

Por la tarde nos reunimos allí. Se llevan platos preparados de casa y bebidas; echamos un buen rato. Se habla de fútbol, de mujeres —poco, porque nos acompañan las parientas—, de las gafas que le vamos a regalar a Lahsen… y también de caza.

Las compañeras de los marroquíes no vienen. Otra mentalidad, otra cultura, otras costumbres…

Se pone la carne en una mesa, separada en lotes más o menos homogéneos y con un número en cada lote. ¡Típico sorteo de la gorra!

Los marroquíes no suelen llevarse su parte —el islam les prohíbe comer cerdo— y, si acaso, seleccionan un trozo para que lo coman los niños que haya en sus casas. Están convencidos que la carne del «hal-luf gaba» les dará mucha energía y vitalidad.

Mañana hay que trabajar. Despedimos la reunión con el anhelo de que llegue pronto la próxima batida…


NOTAS

-Kábila: poblado rural constituido por casas de adobe cercadas con zarzas y chumberas.
Las casas, con espacio para crecer: cada vez que se casa un hijo varón, se construye su vivienda —dos o tres habitaciones, no más— dentro del mismo recinto, pero separada del núcleo paterno. Si el ganado de esta familia no era mucho, también dormía allí.
En los techos de las casas, se secaban al sol las boñigas de vaca para ser empleadas como combustible en los días de invierno.
Actualmente se ven más construcciones de ladrillo y cemento que de adobe.

-Dirham: moneda marroquí. 1 dh = 0,1 €
En 1976, el salario mensual de un administrativo era de 700 dirhams; de un veterinario español o francés 3.000, de uno marroquí 1.500. Un obrero agrícola ganaba 20 dh/día en jornadas de 10 y 9 horas —verano o invierno—.
El permiso para la batida nos costó 270 dirhams.

-Cama: zona de monte donde, tras observaciones de los últimos días, se tiene la certeza que duermen uno o varios cochinos.

-Ballesta: formación de los cazadores durante la batida, recordando un arco de ballesta.

-Espingarda: escopeta de avancarga empleada en las famosas —corridas de la pólvora—. Jinetes a galope por una explanada blandiendo sus armas y que al llegar a un punto estipulado, intentan disparar al unísono.
Algunas, todavía se usan para cazar.

-Hogaza de pan y lata de sardinas: El pan es la base de la alimentación en el entorno rural marroquí, junto con el té verde muy azucarado y las aceitunas aliñadas. El pescado era un lujo; sobre todo por la dificultad de acceder a él: en el monte, sólo se veía los días de zoco —una vez en semana—.
De ahí que agradecieran tanto la lata de sardinas.

-Hal-luf: cerdo doméstico.
Hal-luf gaba: jabalí.

-Para el cazador marroquí musulmán, el hecho de introducir los cartuchos en la escopeta significa decir: Alá húa kebar; culchi hilal (Dios es grande; todo se puede comer —no es pecado—), en sustitución del ritual de sacrificio que supone degollar al animal hasta su desangrado casi total y siempre mirando a la Meca.