Cinco lobitos tenía la loba…

JC

 

cinco lobitos detrás de la escoba.

Este cuento se lo dedico a los escépticos y a los que opinan diferente a mí, y lo hago con toda cordialidad.



El atardecer de primeros de abril está precioso, la dehesa rebosa vida, entre una inmensidad de alcornoques y encinas dos jinetes cabalgan tranquilamente, el más viejo de los dos es F., un guarda ya de edad, monta a «Malave», un árabe puro con muchos años, el otro es J., ronda los veinte y monta sobre «Lucera», que tiene cinco, la verdad es que Lucera no se llama así, cuando nació, en su lejana Irlanda, le pusieron un largo nombre ingles de imposible pronunciación para los habitantes del mundo rural extremeño, sus padres habían corrido el Grand National, de potranca la compró en una subasta el español Antonio Blasco, la yegua que era un todo, un aparato en lo que a tamaño se refiere y una preciosidad en morfología, no cumplió las expectativas en el hipódromo, mi familia que había decido dejar de criar árabes puros y criar algunos anglo-árabes se la compró con ese fin a Blasco, al llegar a la finca le cambiaron el nombrecito inglés por el muy español de Lucera y con ese se quedó para los restos, la yegua tenía dos raras virtudes en los de su raza, un carácter delicioso y una total carencia de malas ideas, por ello en lugar de pasar a la yeguada de cría se quedó en la cuadra como caballo de silla, he montado caballos mejor domados y mejores para andar con ganado bravo, los de mi cuñado Q.E.P.D. por ejemplo, pero esa yegua fue el animal más rápido y con más fondo que he montado nunca, ese día la montaba con una silla potrera y un filete suave, todavía estaba en fase de cambio entre la doma de carreras y la de campo pero no ofrecía dificultades.

Algo raro pasaba, Malave se mostraba inquieto y bufaba con frecuencia, Lucera pronto empezó con las inquietudes los bufidos y a medio espantarse, ambos caballos se mostraban cada vez más nerviosos:

—F., a esta yegua le pasa algo raro, vamos a comprobar si le hiere la cincha o tiene algo molesto bajo la silla.

—Deja en paz a la yegua y mira a tu alrededor, hace un rato que llevamos dos lobos bastante cerca caminando en paralelo a nosotros, a los jacos les ha dado el «fato a lobo» y por eso tienen los nervios de punta.

—Pues ¿sabe lo que le digo?, que vamos a pegarle un caballazo a los «patas pardas», así los incordiamos nosotros a ellos y no como ahora que nos incordian ellos a nosotros.

—Bueno, no me parece mal eso de darles un galope a los lobos, lograr lograremos poco pero al menos les fastidiaremos la tarde —y diciendo esto F. picó espuelas y salió tras los lobos.

Lucera se arreó como un tiro tras su colega árabe, en dos trancos se puso por delante y en otros cuatro estuvo sobre los lobos, los lobos son unos galopadores maravillosos y aguantan lo indecible pero una yegua pura sangre inglesa, de origen irlandés y bien entrenada, tiene más punta de velocidad que ellos y puede que tanta o más resistencia, en terreno como la dehesa y por derecho gana a cualquier lobo, la loba estaba pesada, abocada a parir que dicen en el campo, la yegua estaba a punto de alcanzarla, creo que el lobo lo comprendió así y como todo un caballero se cruzo por delante y… sucedió lo que nunca suele suceder, al cruzarse el lobo perdió pie con las patas de atrás y fue al suelo, al verlo en el suelo a Lucera se le debieron remover todos los genes antiguos de las de su especie, se le despertaron los instintos atávicos de la manadas de caballos salvajes, le salió la madre, que ni era ni fue hasta varios años más tarde, defendiendo al potro, se fue a por él con las manos por delante, como una fiera, aquellas dos tremendas mazas herradas prácticamente rozaron el lomo y la cabeza del lobo, que se levantaba con las prisas que cabe suponer, el tipo no era tonto precisamente, sabía que por derecho la cosa pintaba mal, hizo lo mejor para él y lo peor para mí, corrió de alcornoque en alcornoque y de encina en encina, pegado a los troncos, vamos que él se dejaba los pelos del lomo en cada árbol y yo en uno veía que me quedaba sin rodilla y en el siguiente sin cabeza, la yegua volaba con las peores intenciones fijas en su ancestral enemigo, el de arriba, que casualmente era yo, le importaba un comino, con el filete no lograba pararla, como mucho a base de manejo conseguía que en cada pasada de tronco le ganara los centímetros necesarios para que no me dejara la rodilla como un sello, pero aquello no podía durar, más bien pronto que tarde yo terminaba mal parado en aquella loca e incontrolada persecución, quien no se haya corrido una caña sobre un pura sangre inglés entrenado para carreras no sabe la velocidad que alcanzan esos animalitos, tumbado sobre el cuello de la yegua, para esquivar las ramas, cogí la rienda derecha lo más cerca que pude de la cara de Lucera y fui tirando con fuerza sólo de esa rienda, afortunadamente ya habíamos empezado a flexionarle lateralmente el cuello como se hace para la doma de campo y no se hace en carreras, poco a poco logré que galopara en circulo y se olvidara del lobo, cuando se paró por cada pelo le caía un chorro de sudor, y sus ollares totalmente abiertos soltaban dos gruesos chorros de vaho, yo también sudaba, pero mi sudor era frío, al poco rato llegó F. a nuestro lado, por su compostura y la de su caballo comprendí que su carrera nada había tenido que ver con la mía:

—Joer, creí que te tenía que recoger a cachos, vaya pies que tiene esa yegua y qué afeitaos le has pegao a los alcornoques, llevas corcho hasta en las orejas, para mí que ese lobo no se vuelve a arrimar a un caballo ni muerto de hambre.

Estoy seguro de que si en lugar de una silla potrera llevo una cómoda albardilla vaquera, mucho más ancha, al tercer regate del lobo me destrozo una pierna; pasé miedo, pues sí que lo pasé, disfruté, pues sí que disfruté y no poco precisamente, fue uno de esos ratos en los que sólo importa una cosa, la que estás haciendo, el viento en la cara, el ruido de la cascos golpeando el suelo como cuatro ametralladoras, el hondo y acompasado ritmo respiratorio de la yegua, sus orejas «alebradas» pegadas al cogote y entre ellas, viéndolo como en la mira abierta de un rifle, el lobo haciendo quiebros de árbol en árbol, adrenalina como para llenar una buena piscina.

De esa tarde de «caza» todos los protagonistas salimos vivos, de milagro, pero salimos sin un arañazo, ciertamente la cosa tuvo un resultado más que incierto para el lobo y para mí, el lobo pudo morir, hubiera sido raro pero alguna papeleta tuvo en esa rifa, yo tuve muchas para salir seriamente averiado, al final todos indemnes.

Cuando al día siguiente F. le contó la aventura a un cabrero de la finca, éste le dijo que a esos dos lobos no era raro que los viera cruzar el clarito de la Cruz del Sombrerero cuando al atardecer juntaba a las cabras en el cerro de La Milana; ese cerro domina desde algo menos de medio kilómetro el pequeño claro antes citado, yo tenía mi 264 W. Mg. con su lente de 14X puesto para tirar las avutardas, durante tres tardes metí en el Land Rover la mesa de tiro, la silla y el soporte de tiro Outers, y con ellos me dirigí al Cerro de la Milana, tarde tras tarde esperé, con todo el equipo bien montado, a que salieran los lobos al claro, al atardecer del tercer día salió el lobo y se paró, le puse la cruz sobre el lomo y… vi salir a la loba, al igual que Lucera yo también tengo instintos ganaderos atávicos, desprecié el magnifico trofeo del macho y me fui a por la hembra, con ella me quitaba de en medio tres o cuatro cachorros, apreté suavemente el gatillo y… Booooom, la loba dio un salto y se revolvió furiosa a morderse un costado, en segundos quedó completamente quieta, había muerto.

La primera parte de esta historia es verdad, la segunda casi verdad, toda ella es cierta menos el disparo final, los lobos no se dignaron a cruzar el claro ninguna tarde y mi viejo 264 W. puesto en tiro fino fino para cobrar avutardas muy lejos no pudo intervenir en el lance.

La historia tuvo otro final y esta tercera parte también es cierta, a primeros de mayo y ya con la loba criando, el cabrero, que hacía tiempo le buscaba las vueltas, le colocó un par de cepos en un paso seguro, la loba cayó en el cepo, el cabrero fue a por ella con tres mastines y un destral, la cosa acabó como os podéis figurar.

De verdad, ¿cuál de las tres muertes posibles creéis que habría elegido la loba?, ¿morir atropellada por Lucera y Malave con sus cascos herrados, morir de un disparo del 264 W. a unos 400 metros, o morir sujeta a un cepo destrozada por tres mastines mientras un cabrero enfurecido le pegaba hachazos?; para mí la cosa tiene pocas dudas.

Cordialmente, JC, El Cuentista