Una brama con sabor a caldén

Jorge Borque

 

La brama del 2006 en La Pampa se caracterizó por ser atípica, la sequía que debieron soportar los campos, con sus lamentables consecuencias, el excesivo calor durante los meses de marzo y abril, fueron los motivos fundamentales para que «la brama» fuera rara y errática en muchas zonas; aunque me llegaron comentarios dignos de crédito, que en algunas otras, «la brama» fue muy buena.

Hablando con un veterinario amigo, profesional dedicado casi exclusivamente a la cría del ciervo Colorado, me decía al finalizar la brama, que las cornamentas obtenidas resultaron muy pobres en comparación con otros años, en cuanto a calidad y sobre todo al peso de las mismas, por supuesto esto es en términos generales, sin descartar que en algunas zonas se hallan cazado buenas cornamentas.

Con estos desalentadores antecedentes, y ya finalizada «la brama», arribaba con Pepe, mi ladero por años, al campo de un amigo a intentar la caza de un Colorado de la manera más difícil, es decir cuando ya no está en celo, cuando ya no lo motivan los ardores de «la brama», cuando ya no lo protegen las hembras, cuando anda solo y vuelve a aguzar todos sus sentidos, los que un tiempo atrás había abandonado en pos del llamado de la procreación, y cuando no lanza al aire su brutal y ronco bramido, solicitando a las hembras o atemorizando a algún otro macho Capital con intenciones de quitarle alguna de sus hembras.

Además de la dificultad que plantea el lance en estas condiciones es realmente nostálgico y triste el transitar el bosque pampeano, caminando por esa tierra impalpable con mi rifle y mis largavistas, sin poder escuchar ese llamado brutal de la Naturaleza, que es «La Brama» y que año tras año, es un canto de sirenas para muchos cazadores de todos lugares del mundo.

«Una caldenada machaza»… al decir de Pepe, luego de una primer recorrida por las aguadas, los salitrales y dos cuadros pequeños sembrados con centeno y maíz, donde van por las noches a comer, una buena cantidad de rastros así lo demostraban.

«…ya no se ven de día, Don… andan de noche nomás…» nos comentaba un peón que arreglaba un alambrado junto al centeno.

Casi cinco mil hectáreas de Caldenada en forma de «U» rodeaban a esos dos cuadros sembrados, de manera que para los ciervos salir a comer de noche y volver antes del amanecer al bosque era sumamente fácil.

Había dos o tres lugares donde los ciervos saltaban el alambre para entrar y para salir y los rastros eran muy buenos y en algunos lugares se mezclaban con otros rastros de jabalíes, que por lo visto eran sumamente abundantes.

Al recorrer un gran salitral pudimos observar con gran admiración, los rastros de un jabalí «padrillazo», que por los comentarios del peón que nos acompañaba, bajaba todas las noches a revolcarse en un pequeño barro en medio del salitral. Les aseguro que fue muy grande la tentación, pero el objetivo era un Colorado, además no había nada de luna, de manera que abandonamos la idea, pero postergándola para una próxima luna.

Como estábamos realmente muy cansados por el largo viaje, decidimos cenar temprano, descansar y partir a las cinco de la mañana caminando desde el mismo casco de la estancia, en total oscuridad y silencio, sin arrancar ningún motor ni encender luces que pusieran en alerta a los ciervos.

Unos cuantos kilómetros nos separaban del lugar estratégico elegido, de manera que luego de un café, partimos en total oscuridad siguiendo al peón que nos conduciría hasta aproximadamente un kilómetro del lugar. Así lo hicimos, la caminata realmente larga y cansadora por ese irregular terreno, pero deberíamos aproximarnos de esa forma para evitar todo tipo de ruidos.

Llegamos a unos grandes árboles ya elegidos el día anterior en donde se quedaría Pepe y el peón, de allí en adelante continuaría solo aunque no conocía bien el camino, pero lo haría sumamente despacio para evitar ruidos con las ramas y para esperar que aclarara, que estimábamos en una hora más.

La intención era cortarles la retirada a sus «encames» desde dentro del bosque. Mis movimientos eran bastante precisos y cada tanto hacía paradas para tratar de escuchar algún ruido que delatara movimiento de los Colorados ya sea en el centeno o en el bosque.

Me movía en el «cortafuego» pero del lado del bosque esperando la oportunidad de usar mis prismáticos, unos Swarovski 8,5 x 42, realmente una joya que me acompañan en todas mis cacerías (en África fueron determinantes en la obtención de los trofeos).

Los tintes rojos verdosos en el cielo me permitieron el uso de los prismáticos y empecé a observar lentamente el horizonte; mi corazón se aceleró al ver un bulto rojo en una loma cerca del centeno, estaba lejos y la luz no era buena, de manera que esperé unos minutos y apoyado en un árbol se diluyó mi alegría al ver una vaca comiendo tranquilamente.

Pasó una hora larga, salió el sol y se iba levantando con esplendor, mientras los pájaros del bosque con sus cantos traían a mi memoria algunas nostalgias patagónicas: Según los indios Mapuches: …«El Huinca dice que los pájaros cantan porque salió el sol…» … «y nosotros los Mapuches decimos que los pájaros cantan para que salga el sol…»

Con el sol alto regresé en busca de mis acompañantes y juntos retornamos a la estancia, con promesas de mates, asado y vino.

Y realmente nuestros anfitriones nos agasajaron de maravilla, el día anterior habían carneado una ternera para la ocasión.

Luego de una reparadora siesta, salimos nuevamente a recorrer las aguadas, los pasaderos y el salitral y las improntas de la noche anterior, tanto de ciervos como de jabalíes mostraban a las claras la abundancia de animales en ese campo; incluso observamos los rastros de un buen puma que había bajado al agua.

Grandes tropas de avestruces a la carrera al ver llegar nuestra camioneta nos deleitaban. La fauna menos también muy abundante, liebres castizas, vizcachas, zorros colorados y plateados, peludos al por mayor y bandadas de palomas daban un marco cinegético singular, pocas veces visto todo junto.

Ya conocíamos un poco más la zona a cazar, incluso ya teníamos un poco más de idea de cómo rotaba el viento del día a la noche, lo que analizábamos y probablemente la causa de que los ciervos nos ventearan y escaparan antes de que nosotros llegáramos al lugar elegido, de manera que la estrategia para el día siguiente sería parecida, pero daríamos otro tipo de rodeo, el cual revisé de ida y de vuelta para no cometer errores en plena oscuridad, aunque se alargaba bastante el nuevo recorrido.

Un rico olor a café y Pepe que me llamaba antes de las cinco, lo tomamos, cargamos nuestras cosas y partimos, la caminata ya la conocíamos de manera que fuimos solos, sin el peón, había que evitar todo el ruido posible, Pepe se quedó en un esquinero del campo, un lugar bastante confortable para descansar y esperarme y yo continué para aproximarme a unos cuatrocientos metros, más o menos de donde suponíamos que podríamos ver a los Colorados cuando amaneciera.

Llegué a un árbol con una gran horqueta que sería un excelente apoyo para mi rifle en caso de que pudiera disparar desde allí si la distancia era aceptable, pues llevaba mi .375 Holland & Holland con munición de 300 gr., recargas propias, punta Swift A-frame 300 gr. Con 79gr de Reloader 19, con una mira Leupold de 6x con retículo Heavy duplex, equipo que me ha dado incontables satisfacciones en mi vida.

Con la primera claridad uso mis prismáticos y comienzo a barrer el horizonte y a escudriñar un terreno muy bello, lleno de gramilla con algunos árboles muy separados entre ellos, realmente un hermoso escenario al lado del centeno, que habíamos elegido el día anterior.

Ya había bastante buena luz cuando aparece desde la loma un vareto que se viene aproximando dando brincos como un niño, ramonea en un arbolito bajo y emprende carrera hacia el caldenal, cruza de un bello salto el alambre a unos cuarenta metros de donde yo estaba, pero ahora el viento lo tenía a mi favor, lo chequeaba permanentemente con un encendedor que llevo justamente para eso.

El sol despuntaba y se me hacía un nudo en la garganta, si no aparecían en unos veinte minutos, ya no habría oportunidad tampoco hoy; tenía dos días mas para quedarme y estaba sacando esas cuentas en mi cabeza, cuando de frente viene bajando desde la loma y directamente hacia mí un Colorado «machazo», estaba a unos doscientos metros y se acercaba lentamente, cuando le puedo ver toda su cornamenta nuevamente fue grande la desilusión, era un ciervo de los llamados «asesinos», una cuerna hermosa de seis puntas muy bella y regular grosor, y la otra tenía un pequeño candil cerca de la roseta y luego continuaba en forma de sable muy aguzado. Ya nos separaban unos ciento treinta metros, abandoné los prismáticos, lo metí en la mira, el apoyo era perfecto (había metido mi chaleco entre el tronco y el rifle), le busqué la base del cogote (mi lugar preferido cuando se puede) y sin llevar el dedo a la cola del disparador, imaginé que disparaba…

Aseguro que fue una lucha interna el dilema de: «DISPARO O NO DISPARO» porque primero, era un animal que debería ser eliminado para evitar que deje descendencia y también para evitar que lastime a otros en las peleas por las hembras. Además siempre pensé que la Federación de Caza debería premiar al cazador que presente un tipo de trofeo de esta clase.

Igual que el día anterior volvíamos a la estancia con el sabor amargo y gran cansancio, y mientras regresábamos pensé en actuar de manera diferente, es decir volver a la tarde temprano y hacerme un escondrijo en la parte montosa pero al borde de la caldenada y esperar que vengan desde atrás mío, por supuesto deberíamos tener en cuenta el viento y los rastros por donde entraban. El lance iba a ser muy corto, pues lo normal es que salgan ya de noche, pero no tenía nada que perder que los esperara al atardecer «A la oración…»al decir de los paisanos.

A las cinco de la tarde me encontraba buscando un lugar adecuado, un grupo de árboles me cubriría la espalda y un costado, en el medio puse mi silla para apostarme y al otro costado Pepe colocó algunas ramas. Una rama de los mismos arbolitos me serviría de apoyo en caso de poder tirar desde allí, y me quedé en total soledad y silencio.

Los ruidos del bosque se iban apagando paulatinamente, el cielo rojo intenso anunciaba la cercana oscuridad y mis oídos hacían gran esfuerzo para escuchar algún indicio de movimiento dentro del caldenal.

Gritaron unos teros a mi izquierda, no los podía ver pero suponían que estaban en el borde del centeno, luego siento un extraño ruido, como una bolsa al caer al suelo, esto sucedía a mi izquierda que era desde donde venía el viento hacia mí, pasaron tres o cuatro minutos más en total silencio, cuando puedo ver por un pequeño agujero entre las ramas que puso Pepe, la trompa de un ciervo mirando en todas direcciones sin moverse. Calculaba unos cincuenta metros la distancia y sabía que al menor movimiento se esfumaría, de manera que me quedé «congelado» dejándolo a él tomar la iniciativa. La luz era buena todavía, pero calculaba que en unos diez minutos más ya no vería nada, además antes de disparar necesitaba ver sobre qué lo haría, que tipo de ciervo era, cuantas puntas, etc. etc.

Yo notaba que el ciervo no veía ni venteaba nada, pero por sus actitudes, él intuía el peligro, era realmente asombroso ver cómo daba sus movimientos, levantaba muy lentamente una pata y la asentaba, miraba hacia los costados y movía la otra pata, era la personificación de la prudencia y la cautela, pero el centeno evidentemente es una tentación grande y se asomó al cortafuego. No hacían falta los prismáticos a esa distancia, yo contaba doce lindas puntas y de buen grosor. Continuó su camino hacia la comida en dirección oblicua respecto a donde yo me encontraba, la levantada de mi rifle a la posición de tiro me pareció infinita, no podía arruinar el lance, busqué el apoyo, lo metí en la mira, calculaba unos ciento veinte metros, busqué la base del cogote y toqué el suave disparador.

Como el viento nos cruzaba a través sentí la gran detonación del disparo y el «bolsazo» del impacto, el Colorado cayó de rodillas en el mismo lugar, y como diría Pepe, fue un tiro «quirúrgico».

Resultó ser un lindo «trece puntas», armonioso, de buen grosor y muy lindo perlado.

Creo que esta vez San Huberto me lo sacó de adentro del caldenal justo antes que fuera noche total.