Amanecer y oscurecer recechando en Paradosala

Gerardo Cosmen de Lama

 

La noche del once de mayo era oscura y, entre el robledal, solamente la luna, cuando entre una nube panza burro quedaba un pequeño claro, alumbraba como un candil de carburo con llama tenue. Estábamos en cuarto menguante, recechando el corzo, «El duende del bosque», en Paradasolana.

Una ligera brisa movía las pequeñas hojas de un abedul que con su corteza blanquecina, ayudaba a divisar, siempre con dificultad, la mancha de brezo florido de color añil. Después un claro con hierba verde, cruzado por la senda de las vacas. Aquel era un buen sitio para recechar al «Duende del bosque». Preparé el rifle, me acomodé entre las retamas y me dispuse a esperar sentado sobre una débil silla, entretanto empezaba una algarabía de pájaros que al aparecer el alba, se movían alegres cantando, o tal vez llamando la atención de que algún extraño invadía su territorio.

Siempre pensé que los pájaros, en el bosque, son los espías que trasmiten a sus congéneres la llegada de los intrusos. Se comunican con gorjeos que cantan al humano, confundiendo su recibimiento de sones de fiesta, con avisos que los pone en guardia. Primero saltan en el mismo árbol de rama en rama y enseguida en vuelo rápido, inesperado, salen en grupo, te dejan solo, huyen mientras sus crías indefensas comienzan a practicar su primer vuelo. Dice el refrán «abril hueveríl y mayo pajarayo». Seguramente se llevaron a sus polluelos temiendo que el intruso pudiera causarles algún daño.

Comienza a resplandecer la claridad, aparece lentamente el día, los árboles imponen su respetable silencio, en tanto la brisa silba y el frío se apodera de mi nariz y orejas. Un pequeño deseo de toser me hace contener la respiración. Es preciso hacer el Tancredo sigilosamente. «El duende» tiene un oído especial, un olfato exquisito, una vista capaz de ver un pelo en el aire.

Durante unos minutos me mantengo luchando contra la naturaleza que me acosa. Arrecia el viento y arrastra un penacho de niebla que cruza gélida dejando una ligera lluvia. No hay remedio, me enfundo en el traje de agua y me acurruco bajo un serbal del cazador, que empieza a colorear sus racimos de bayas que una vez maduras servirán para alimentar, a Dios sabe qué especie de animal salvaje, en invierno.

La claridad del día es meridiana, Francisco mi compañero de rececho, se había alejado al puesto que más le apetecía. En ese puesto siempre había obtenido el premio de ver a «el duende», digo verle, pues llevamos dos años sin causarle una baja.

Una vez, las que se acercan y ofrecen un blanco inexorable, son las hembras. Otra, los que nunca están a tiro son ellos. Siempre nos ladran, como diciendo «Te he visto. Estas en mi casa. En mi territorio, entérate, hasta luego. Olvídame por el momento».

Ciertamente, «el duende» como las meigas, están allí, casi lo palpas, se deja ver cuando le conviene, en la lejanía. Cuando encaras el rifle, el brezo, la retama, el piorno, la vallina, sus aliados del bosque, te impiden hacer blanco. Son sus infalibles y eternos protectores. Jamás le traicionan.

La mente en esos trances, cuando el silencio y la discreción son los únicos elementos en juego, trabaja con rapidez, la imaginación vuela, por doquier aparece «el duende». Allá, una piña se cae del pino porque está madura y automáticamente el rifle se encara en aquella dirección. Acullá, un ruido extraño, emitido por el pica tueros de turno, te juega otra mala pasada y se vuelve a encarar. Todo es automático, es un apunta y no dispara continuo. Al poco tiempo los músculos tensos, se cansan, se hace preciso salir del escondite, para dar un pequeño paseo para distraer la tensión. Entonces el berrido de «el duende» te dice: «Este es mi territorio. Es mi casa. Vete, te he olido y conozco tus intenciones. Yo soy el duende y cuando tú vienes ya he tomado mis precauciones».

Indudablemente el corzo, el capreolus capreolus, como le llaman los científicos, es un animal curioso, un duendecillo minúsculo del bosque.

Dicen:

-Que tiene la cabeza obtusa y corta, el cuello delgado, más largo que la cabeza, el cuerpo relativamente robusto, grueso en la parte delantera y más bajo en la cruz que en la región sacra, Las patas largas y delgadas, las pezuñas pequeñas, los ojos grandes y vivos, con larguísimas pestañas en el párpado superior y con los sacos lacrimales apenas imperceptibles. Sólo llora cuando está herido de muerte.

-Que no es un animal sedentario en el verdadero sentido de la palabra, siéndolo tan sólo en aquellos lugares en que se considera completamente seguro.

-Que siente una verdadera pasión por la libertad y goza de ella más que cualquier otro cérvido.

-Que sus movimientos son además de ágiles, elegantes; da saltos portentosos, con los que salva fosos y pasa sin dificultad por encima de los matorrales.

-Que nada y trepa de forma original.

-Que es astuto y a la vez prudente.

-Que al envejecer es testarudo, desabrido y de mal carácter.

-Que el macho adulto pierde la cuerna entre octubre y noviembre, pero la recupera a finales de marzo o principios de abril y es cuando los nuevos cuernos han alcanzado su pleno desarrollo.

-Que afila las gachas de la cuerna, frotándola fuertemente sobre el tronco de ciertos árboles.

-Que al renovar su cornamenta, recupera su instinto fiero y rebelde.

-Que a mediados de julio, empujados por un singular instinto de lucha, se aleja de sus compañeros para vagar solitario por el bosque, dispuesto a atacar a cuantos congeneres machos se le presenten. Es el instinto de conservación de la especie. Es la ley del más fuerte. Es el momento de aparearse con las hembras, de constituir el aren.

-Que curiosamente, después de la fecundación, el óvulo de la hembra permanece estacionario cerca de cuatro meses, aproximadamente hasta diciembre, en cuyo momento comienza a desarrollarse con una singular rapidez. Dicen, que puede alcanzar una edad hasta de doce años, en libertad si ningún cazador da con su cuerna en el césped de la campera.

-Que después de su muerte algunos cazadores, presumen con el esqueleto de su cráneo y cornamenta. De sus ligeras patas, hacen perchas.

-Que todos los corzos pertenecen a la misma especie, pero se distinguen numerosas variedades geográficas y en nuestra zona hace algún tiempo tenían un corbatín blanco en el cuello.

-Que después de diez o doce días de su nacimiento, es lo suficientemente listo y robusto, para seguir a su madre, defenderse y comer los tallos jóvenes de las plantas silvestres.

-Que durante los primeros días de su vida cuando aún está incapacitado para defenderse, la madre se aleja de la yacija y se deja ver ostentosamente para atraer al enemigo hacia ella.

-Que la madre esconde a los recién nacidos y al menor riesgo posible, les advierte del mismo, golpeando el suelo con una de sus patas delanteras o emitiendo un silbido especial.

-Que la época de parir es en el mes de Mayo y que esa época se les debe dejar tranquilos.

-Que cazar el corzo en Mayo no es conveniente, el corzo defiende su familia y está siempre vigilante, difícilmente se les ve.

-Que en esta época cambian el pelo y es cuando el trofeo es peor.

Dicen, dicen… pero,¿quién es el duende del bosque?:

-Una entidad fantástica o un espíritu sobrenatural de las leyendas.

-Una especie arbórea de una hoja extraña de una planta peluda.

-Una figura antropomórfica minúscula y regordeta que se esconde bajo las pinturas rupestres.

-Un ser guardián del bosque, al que se le tiene mucho respeto. El duende los extravía en el bosque durante días, semanas o meses pero sin dañarles físicamente.

A los cazadores, a los que durante años hemos salido a tempranas horas de la noche para amanecer en una postura y cazar a rececho el corzo, no conocemos otro duende. «El duende del Bosque» es EL CORZO.

Las leyendas, los cuentos, las creencias de los indios, de los celtas, de los vikingos o de los normandos, nos tienen sin cuidado.

Además el espíritu del bosque, también lo tiene EL CORZO. Casi podemos decir que un bosque sin corzos es como un jardín sin flores. Le faltaría esa fantasía que nos inunda cuando lo vemos, lo oímos o simplemente lo imaginamos, rascándose en uno de esos pinos a los que tiene querencia, saltando entre el brezo alto, escondiéndose y arrastrándose porque ha olido a su enemigo el hombre, pastando los tallos distraídamente cuando sabe que el enemigo está lejos. Escondiéndose aceleradamente cuando barrunta el peligro y acto seguido ladrando o berrando como él lo sabe hacer, diciéndote en su lenguaje «Que te veo, que tú a mí no».

Después de estas reflexiones, de este sueño que indefectiblemente mantienes cuando, en la soledad del rececho, las horas pasan y el resultado es negativo, aunque el amanecer en un puesto en pleno bosque sea de una belleza plástica impresionante, surge la necesidad de moverse, de desentumecer los músculos, de descubrir lo que hay después del cortafuegos, al otro lado del pinar, en el robledal del arroyo, en la vallina que parece estar apta para cruzarla por alguno de los senderos que todavía perduran. Y sin pensarlo echas al hombro el zurrón y los prismáticos, coges el rifle y de puntillas, sin emitir ni un sólo ruido, casi sin respirar, caminas y espías, miras a hurtadillas, te paras repentinamente y escuchas con precisión, porque presientes que algo se acerca, que algo extraño tienes en tu cercanía, que allí puede estar el tan buscado «Duende del bosque». Te quedas inmóvil, no respiras, quitas el seguro del arma, la encaras, esperando que de un momento a otro surja lo esperado, pero el silencio se prolonga unos minutos y al cabo de otros pocos oyes el ladrido duro, recio, seco, rabioso, «Ya te olí, no te esfuerces en verme, estoy a salvo y además no me veras».

La escena se repite otra vez del mismo modo, cuando te cambias de ladera y, casi extenuado, llegas a otro claro del monte en el que también aparecen huellas recientes, excrementos que delatan su presencia, te colocas y con los prismáticos revisas palmo a palmo el territorio. Pero allí no se mueve ni una hoja, todo está tranquilo y desesperadamente ves que el reloj marca las once de la mañana. A esa hora sabes que el duende está encamado, descansando, quizá echando una cabezada, pero siempre vigilante. Entonces reaccionas y encuentras en el zurrón ese bocata que con tanto cariño te han preparado la noche anterior en casa, lo destapas sin remilgos, el estómago tiene una orquesta que entona una sinfonía, das unos sabrosos bocados y al final te sientas sobre el verde húmedo y piensas que has sido espiado por el «Duende del bosque» y como siempre que estás en el mejor momento degustando la merienda, lo ves en la lejanía metiéndose entre los robles que te impiden dispararle un solo tiro. La mañana está perdida. Lo mejor es ir a encontrarse con Francisco que seguramente ya viene hacia el coche para comer, comentar lo sucedido y después de comer, dormitar un rato y salir a batir el cobre a última hora de la tarde, cuando vuelven a moverse buscando comida, o regresando a su guarida nocturna.

La pradera bañada por el río estaba frondosa, verde, la primavera hacía crecer la hierba. En la mente seguían las bayas de los capudres sin saber quien sería el que las vendimiaría en épocas de escasez, cuando la nieve y la inclemencia del frío cubrieran la pradera.

Qué desarrollo de la imaginación en esas circunstancias tan especiales, después de quedar otra mañana sin llegar a conseguir el trofeo deseado. Y el precinto en el zurrón, en un bote para que no se deteriore si no se usa.

Pero aún queda el encuentro con Francisco, la comida, la charla de los sucesos vividos, la casi siempre interrumpida siesta montaraz y el rececho de la última hora de la tarde.

Amanecer y oscurecer en el bosque, desde la salida a la puesta del sol, la jornada completa, es al menos lo más sano y saludable que existe.

Al fin llegó Francisco, con paso cansino y su indumentaria al hombro: Me dijo que había estado a punto de tirarle a un hermoso ejemplar, pero fue breve el tiempo que lo tuvo a la vista, inmediatamente se ocultó en el bosque ladrándole, como suele hacer para decirle en el idioma que usan estos cérvidos: «Te has descuidado, adiós».

Atrás dejaba el escondite donde tantas veces había espiado al «Duende» y donde las hembras llegaban frecuentemente, ignorando que allí estaba un caza-culos-blancos. Pero el macho, «El Duende» no se dejaba ver, seguramente su instinto de conservación de la especie lo retenía escondido en las cercanías, vigilante tratando de trasmitirle a la hembra que saliera de aquel paraje, que allí había un enemigo.

Así es como se pasa recechando a ese «Duende del bosque». Sacrificios que el profano desconoce, sueños que no perciben aquellos que no practican el bello deporte de la caza

La cara de Francisco denota un cierto desencanto, la mañana pudo haber terminado en un exitoso encuentro con un interlocutor válido. Pero en el bosque «El duende» sólo habla él. Es el que no cede la palabra a nadie. Tú no tienes opción a expresarte porque cuando lo ves ya es tarde, ya no te escucha, ya no te oye.

No sé realmente lo que quería indicarme al extender la mano izquierda, seguramente me decía que había tenido a una corza a unos pocos metros de distancia, que pena que la ley transexual no les haya llegado a los cérvidos.

Francisco se desenfunda la chaqueta y el buzo y enfunda el rifle, la mañana se había concluido. Lo razonable era ir a la fuente a reponer fuerzas y dejar el zurrón más manejable.

Pero el monte estaba precioso, el brezo invadía el pinar y de esta manera no es fácil sorprender al Capreolus, Capreolus. Su casa está guardada y blindada, tiene la alarma conectada con nuestros enemigos los arbustos, los agentes naturales, las quebradas y las ondas sonoras, magnéticas y telefónicas.

El palo que se remata con un cuerno de tres varetos de corzo, caído en una bonita lid, mantiene mi rifle y mi silla que esperan impasibles a que los recoja en el automóvil y los releve del duro trabajo de continuar colgados, medio ahorcados y desamparados en medio del cortafuegos y cercanos al Suzuki. A ese palo le llaman los niños pijos, palo reposa rifles.