De «Mono» a «Zurbarán»

David Amador

 

Os voy a contar un relato, una historia de ésas que en el devenir de la vida de un Jaulero, más tarde o más temprano, nos pasa y nos suele ocurrir a todos…

Todo comenzó hace unos meses cuando viendo que mi amplio jaulero, a excepción de dos o tres «medias cucharas» estaba cargadito de futuribles buenos Reclamos con varias-bastantes culadas dadas y que no pasan de ser futuribles. El único pollo que este año había pasado por mis manos fue el que me mandó mi amigo Joaquín de Benidorm, aquél «Templao» al que tanto aprecio le tuve, pese al poco tiempo que pasamos juntos, tan sólo por venir de quien venía y que murió posiblemente por no terminar de aclimatarse, o simplemente porque le había llegado su hora.

Me pongo en contacto con Miguel Díaz —¿os suena?—, la verdad es que hablamos telefónicamente prácticamente a diario y de fondo, se oía el reclamar y dar de pie de su jaulero, cuestión que hacía me distrajera de la conversación —¡perdón Miguel!—. Pues, ¡ya sabéis, lo que sentimos y es típico nuestro!: Le digo, Miguel ese cante es de pájaro serio y reclamo hondo, respuesta de Miguel: «pues sí, se trata de un pollo de este año, de los de Bótoa que le he hecho y le estoy haciendo un especial seguimiento y me gusta bastante—… ¡Joder, yo quiero ese pájaro!… Miguel: «pues estaba pensando en mandártelo y por eso me he venido al patio donde los estoy soleando para que lo oyeras»… Se me hicieron los días eternos de espera, hasta que me llega el pollo por transporte especial, me lo manda al trabajo, pues allí seguro me pilla por la mañana y de éste a casa, otros noventa kilómetros de coche…

Uff… cuando meto el pollo en la jaula, eso no era un pájaro, era una locomotora, bueno más bien, «un mono», ¡qué arisco es el bicho!, tan sólo arrimarme y se achantaba en la jaula, con el cuerpo temblón preparado para saltar… estrés del viaje o llámese como se quiera, pero le coloqué la sayuela casi por completo, dejándole tan sólo al descubierto la piquera para que pudiera comer y beber. Lo coloqué en una esquina del jaulero,al lado de un Reclamo muy noble —¡del Churrita, Baldomero!— para que se tranquilizara lo suficiente dentro de lo posible. Como soy como soy, de la Hermandad de los Clarillos, que no nos podemos callar, llamé a Miguel y le dije: ¡Miguel ya me ha llegado el —«mono»!, ¿no me ibas a mandar un pollo, «so mamón»? —el tono es cariñoso como se trata y habla con los amigos, por supuesto por la confianza que tengo con él, mutua y permisible, claro está—, ¿éste era el pájaro que yo oía por teléfono?… respuesta de Miguel: en tono tranquilo y sosegado, me dice: «¡¡Chacho, eres un desagradecido de cojones!!, ¿yo qué te dije, que te mandaba el pollo?, pues ahí lo tienes y relájate un poquito, obsérvalo que ya hablaremos de él —una nueva clase más de Miguel que absorbo, pues la paciencia es base de este Arte—.

El pollo poco a poco se va haciendo al jaulero el trato suave que le doy, acompañado por el casi constante entrar y salir de mis hijos al patio para jugar, el ladrido de mi perro que echa de menos el juego, los partiditos de fútbol y la minimoto de mi hijo David, han ido haciendo el resto. Ya el pollo no era «tan mono», se ha ido poco a poco amansando pese a distar todavía bastante de lo que es un pájaro noble, que le llegará, con el tiempo y trato le ha de llegar seguro.

Le saqué de paseo la mañana del sábado y en vista de ser día poco dado a colgar, pues el aire era de Levante —conocido en mi tierra por «Solano»— soplaba para no arriesgar en aventurarse a intentar ni siquiera hacerlo. Su puesta de largo sería el domingo, dicho sea de paso, se preveía una mañana excelente y después de haber colgado de alba, premonitoria de que supuestamente iba a ser de cante, pero como casi todo en este Arte, en cuanto al tiempo se refiere, no tiene reglas fijas y poco se iba a oír en ella.

Su turno, y casi de casualidad, fue a las 12.45 h, pues pensaba marcharme ya, no había oído prácticamente nada de campo en toda la mañana y eso que los Reclamos que llevaba se habían portado bastante bien, se puede afirmar que habían hecho un buen trabajo, «el cejas», Reclamo de sexto celo había tenido la collera tres cuartos de hora al lado de mi puesto y debajo de los caños de mi escopeta. Pero el par venía falto de celo, más falta la pájara que el pájaro pues éste se prodigaba en darle de pie al del mampostero y éste último, se bajaba en el recibo y le titeaba cariñosamente para meterlos en plaza, no fue posible y siguieron su paso… como este era otro puesto y no quiero quitarle protagonismo y salirme de la narración, lo dejamos así.

Sin muchas esperanzas, como decía antes, y con la intención de que se campeara y darle unos minutos de campo al pollo. Lo coloco en el mampostero, quitarle la sayuela y asustarse fue todo en uno, pese a hacerlo con suavidad e intentar tranquilizarle desde la distancia dando un par de pasos hacia el puesto. Desilusionado por la reacción me encamino al puesto, el ritual de sentarme y cerrar el aguardo, sin prácticamente interés lo dejo abierto, me enciendo un cigarro, la escopeta abierta y descargada en la tronera del puesto descansa inerte sobre la muletilla. Miro por la ventana, esperando contemplar lo obvio, esperando ver un pollo asustadizo dando saltos y bregando o aculado en el esterillo. Cuánto más lejos de lo imaginado, ante mí había un Reclamo, pese a ser pollo, tuve que mirar dos veces, pues la gorgoja se le movía y por décimas de segundo pensé le había dado un pasmo de calor, ¿me fallaba la vista por el esfuerzo de tantas horas fijada a dieciocho metros?… ¡qué veo, está dando de pie buscando campo!, erguido como una vela y dando de pie, ahora sí audible. Se engancha con reclamos y piñón para rematarlos, suave dar de pie para de nuevo volver con reclamos… ¡Dios, no me lo creo! Cerré el puesto, le meto los cartuchos a la escopeta y la cierro, ¡a disfrutar!

El pollo, tras los reclamos segundos de silencio, cambió de postura y vuelta a empezar hacia otro punto cardinal, veinte minutos alternando cante, mi sonrisa en la cara y en mi mente un primer deseo, ése que todos pensamos, ¿y si le cantara el campo?, ¡concedido! Se formó un recital lejano, muy lejano pero en todas direcciones había campo, el pollo más ganas si cabe le ponía. Como todo pollo, quería contestarles a todos, les cortaba el cante, cosa que hace enardecer el campo y segundo deseo, ¡si no estuvieran tan lejos!, ¿le podría entrar algún pájaro y ver cómo lo toma?, en la lejanía siento el «pichooó» de una arrancada de vuelo, tres cuartos de hora de trabajo habían tenido sus frutos, pues a escasos cinco metros el sonido de aterrizaje de un pájaro me hizo temblar todos los nervios. ¡Dios mío, qué machaco!, dio unos pasos de donde había aterrizado y dejó caer las dos alas al suelo, inmóvil le indicó al «pollastre» que aquel lugar tenía dueño. Enmoñado y dando de pie comienza su andar hacia el mampostero, andar gallardo, picotazos al suelo, no muevo un músculo, tan sólo miro con el rabillo del ojo a mi pollo que, tieso como una estatua, recibe como si fuera un maestro, suave, suavito pica el esterillo y titea. ¡qué pájaro, tengo!, me acordé de Miguel, mentalmente buscaba las palabras para explicarle lo que yo estaba viviendo, cómo agradecérselo, qué puestazo me estaba haciendo el pollito… Mientras el machaco se escudaba con el ala izquierda, dando de pie, se pone detrás del pincho y lástima que hay una pequeña variación del terreno, que tan sólo me permitía verle la cabeza. El pollo le recibía tanto con el pico en el suelo, como cuando se le iba haciéndole una bulana rápida y delicada y vuelta a fijar su mirada en el contrincante, le titeaba… no sé las veces que lo metió debajo, mi pensamiento estaba en que, con ese recibo, de darle la vuelta al tanto habría que buscarle su sitio para finalizar esa pedazo de faena.

Pues nada, el campero detrás del pulpitillo, todo lo más me enseñaba medio cuerpo, contemplaba cómo picaba el suelo y miraba retando de recibo a mi pollito para que bajase de su tanto. Los minutos pasaban y la situación no mejoraba, eran ya las dos y cuarto —hora y media en su primer puesto—, cuando asoma de nuevo y sin esperar más que asegurarme por última vez que le tomaba como mandan los cánones, ¡PUM… seco disparo! y sin cortar, el pollito carga el tiro y sale por reclamos… reconozco que dos lágrimas brotaron de mis ojos, me fumé un cigarro relajándome y memorizando todo lo que había vivido y disfrutado. Eran las dos y media —tardísimo— y me acordé de mi padre y… en fin, qué os cuento que vosotros no sepáis de los sentimientos Jauleros.

Llamé a Miguel el lunes para contarle lo ocurrido, cuando me dijo «¿qué pasa, Chacho?», mi única respuesta y repetitiva fue ¡gracias, gracias! «¿Cómo le ponemos al pollo… Miguel?» «¿Te lo dije que servía?… ZURBARÁN, por ser nombre de pintor y por ser, cómo yo, de Fuente de Cantos», fue la respuesta… ¡buen nombre para este futuro Reclamo!

Con bulanas,
David L. Amador Fontalva.