El día que no cacé y casi me cazan

Montero

 

Con un amigo viajamos a Guatraché, Provincia de la Pampa, donde nos esperaba «el alemán» dueño de un pequeño coto de caza con gran variedad de especies cinegéticas, después de varios días de buenos asados y mejores vinos, con esos amaneceres pampeanos increíbles, con el canto de pájaros y esa paz que solamente se encuentra en la Naturaleza y donde uno se reconcilia con su espíritu, estaba cómodamente sentado en el quincho una mañana temprano disfrutando la vida y de unos buenos mates amargos, el alemán se arrima y luego de tomar unos mates en silencio, me dice: «ustedes ni siquiera sacaron los rifles de la caja, andate a cazar algún chancho». Yo realmente no traía intención de cazar nada, pero luego de la insistencia de nuestro anfitrión y más que nada para no despreciar una invitación, acepté.

El alemán me dijo «llevate esos dos terriers, que son buenos para rastrear una pieza herida», espero no tener que acudir a sus servicios, pensé para mí. Los foxterriers se llamaban Magnum y Mauser, y eran unos animalitos muy avispados y bien entrenados, me eché el Mauser 308 Win con munición Motta de 170 gr ideal para el jabalí por su tremendo poder de parada y salimos con los perros hacia un cuadro con aguadas no muy lejos del casco del campo.

Siguiendo el camino se debía pasar una tranquera alta (todo el coto está alambrado con New Zealand de 3 mts de altura), y sobre la izquierda había una aguada pequeña y barrosa, me paré un momento a la sombra de un caldén para mirar detenidamente los alrededores.

A los pocos minutos y hacia mi derecha, comenzaron a salir del monte una piara de jabalíes, hembras con cría, y machos y hembras jóvenes pero ningún padrillo, los observé con atención para ver qué hacían y comprobé varias cosas que me habían contado, su visión no es buena, los perros y yo estábamos a unos 30 o 40 metros y no nos vieron, los veía alzar las trompas venteando y moviendo sus orejas continuamente, pero comportándose con absoluta tranquilidad. Además comprobé que las jabalinas amamantan a los jabatos indiscriminadamente, ya que cada vez que una se echaba se arrimaban a mamar tanto rayones como jóvenes.

Hacer un disparo en esas condiciones sería una matanza estúpida y sin sentido, muy alejado de la ética del cazador a cuyas huestes me precio de pertenecer, por lo que volví a colocar el seguro y observarlos en su comportamiento natural, los terriers miraban los jabalíes y a mí como diciendo «estás ciego o qué, ¿no los vés?». Después de un rato y despacio para no espantar a la piara, comencé a alejarme en dirección a un revolcadero que había a unos 1500 m, al no encontrar ningún jabalí digno de un disparo, regresé por el mismo camino.

Llegando a la aguada, los jabalíes ya no estaban, por lo que seguí el camino hacia la tranquera, con el rabillo del ojo percibí más que ví un movimiento a mi derecha, al girar la cabeza pude ver que tres grandes machos de búfalo índico, negros como el pecado, se me acercaban, cada vez los veía más grandes, (después el alemán me dijo que estaban cerca de la tonelada de peso) el más grande levantó la cabeza de forma que yo veía sus belfos brillantes, sus ojos orejas y sus ¡cuernos!, resoplando se me acercaban lentamente, al mirar a los perros me di cuenta que teníamos un problema en ciernes, ya que agachaban las orejas y se apresuraban hacia la cercana tranquera, el Máuser se me antojaba un rifle de aire comprimido, en un momento pensé que hubiera sido mejor traer el 470 NE Krieghoff que había en las casas. Sin correr y observándolos de reojo me fuí acercando a la tranquera, fueron los 40 o 50 metros más largos de mi vida, al fin la traspuse y un poco más tranquilo volví al casco.

Ya nuevamente en el quincho tomé el viejo libro de cacerías africanas y asiáticas que estaba leyendo, fuí a la parte asiática y en el capítulo referente al búfalo indico, se hacia mención cual era su demostración de agresividad, ¡la misma que yo había visto! y además acotaba que son de carácter imprevisible y pueden llegar a atacar si algo los ha irritado. Cuando llegó el alemán le conté mi experincia y con su habitual cachaza y bonhomía me dijo «ah, me olvidé de decirte que en ese cuadro teníamos unos cuantos búfalos machos», cuando le conté su comportamiento, me contestó «se ponen así cuando algo los molesta, pero no siempre atacan, viste que grandes que son los desgraciados?». Ante esta respuesta no tuve otra opción que reirme y alcanzarle un mate. ¡Buena y deportiva caza!