Verano en la sierra

Che

 

…Mediados de agosto. Sobremesa a la sombra de los grandes árboles que cubrían la explanada de Los Baños, una finca de la familia de mi mujer. Convertida hoy en un establecimiento para que los niños de los colegios conozcan de cerca la naturaleza, que vean una fuente, que rieguen los tomates y que aprendan que la leche sale de las ubres de las vacas y no de los tetrabricks, que los huevos los ponen las gallinas y no los fabrican todos igualitos y los almacenan en cartones… ¡¡qué pena!!!, ¿no?

Pues, como digo, andábamos mis cuñados y yo tomándonos de postre un gazpachito fresco y charlando en una esquina de la descomunal mesa del único tema de conversación en esa casa, la caza. Las mujeres andaban trajinando con los niños. Y Margarita, la comadreja, nuestra comadreja, que era como de la familia, andaba de rama en rama por encima de nuestras cabezas. Tenía un descaro muy particular. Vivía en la tapia de piedra que cerraba la explanada pero, en cuanto veía movimiento de gente, se subía a los árboles y zascandileaba a sus anchas sin que nadie la molestara. Correteaba por las tapias como Pedro por su casa. Ni siquiera a los sobrinillos, que con ocho o diez años se pasaban el día tratando de descolgar pájaros, se les ocurría tirarle a la comadreja. Andaban muy avisados de que aquel animalejo nos libraba de las ratas y otros bichos que andorreaban por zonas de mucha vegetación como aquella.

En esas estábamos, charlando de la ya cercana berrea, de lo bien que estaba lloviendo con esas tormentas veraniegas que allí «se agarraban» a la sierra y que hacían moverse a los animales, de cómo estarían acudiendo los guarros a los revolcaderos de barro.

«¿Y por qué no vamos a hacer una esperita a las bañas del “collao”?», dijo uno de mis seis cuñados, seis. Y todos cazadores y el mayor de todos yo, con cuarenta tacos. Con esa edad no hace nunca calor, ni frío, ni te pican los mosquitos ni hay cuesta lo suficientemente empinada como para quitarte las ganas de irte al monte.

«Venga pues, nos vamos luego a la tarde». Dos de ellos se animaron y los otros se fueron a la piscina a refrescarse y a dormir una buena siesta. De esas que te tienes que tapar del fresquete que hace.

Como el collao estaba cerca, unos tres cuartos de hora a pie desde Los Baños, acordamos subir a la puesta del sol. Y a eso de las ocho y media, cogimos las espingardas, dos cartuchos por barba y nos pusimos en camino por la trocha que subía entre los huertos que, en terrazas, cultivaban Evaristo y Juana, los caseros de la finca. El hombre no ganaba para disgustos porque los marranos le entraban una noche sí y la otra también. Se le comían los tomates, le arrancaban las patatas y siempre andaba reparando las piedras de las terrazas, los alambres y «las espantas» que les ponía para que se asustaran. «Estos cabrones», decía, «se comen los evangelios y se limpian la jeta con los trapos de colores de las espantas» y echaba unos cagamentos que daba miedo oírle. Las guarras, con sus legiones de rayones y bermejos, le habían perdido el respeto y les pegaban cada atraco a las huertas que las dejaban como una era.

«Y vosotros, pandilla de vagos, que no os gusta matar más que los bichos grandes, bien que podíais quedaros alguna noche a la espera para espantarlos, que luego bien que os coméis los tomates y los pepinos».

«Evaristo», le decía yo, «si es que esa tropa que entra son muy chicos y no tengo yo tan buena puntería; no les doy»… y el hombre agarraba unos cabreos con nosotros que hacían época. Desesperado, él mismo se subía algunas noches, con una lata de aceite con piedras dentro, moviéndola para hacer ruido. Hasta las tantas aguantaba con el concierto… Nada, no entraban. Pero no hacía más que bajarse a dormir a la casa… y ya estaban allí dándole caña a las hortalizas. Además no eran nada delicados. Lo mismo arrasaban las zanahorias que las remolachas moradas que plantaba para las ensaladas que le gustaban a mi suegra, otro día preferían los tomates y al siguiente se liaban con los pepinos o las lechugas. Pero es que imaginaros la finca, sin tapiar, en medio de un valle con un par de veneros de agua y cuatro huertas llenas de hortaliza fresca, en agosto… ¡¡menuda bicoca!!

Sin embargo los guarros grandes, ni se acercaban. Esos se las apañaban por las alturas de la sierra. No obstante sí que, de vez en cuando, bajaba alguna cierva vieja e incluso llegamos a ver huellas de corzo en la huerta, a sesenta metros de las casas. Todo esto con el bullicio de niños y gente joven por allí hasta que se iban a la cama…

Pues aquella tarde, cuando llegamos al collado (pronúnciese collao, jejeje), uno de mis cuñados se fue a una baña que estaba a la otra cara del mismo, entre unas encinas gordas, en una hondonada de tierra rojiza y pegajosa, mientras que yo decidí acompañar al otro, faldeando por una trocha, a un nacimiento de agua que había entre juncos y zarzas. Un sitio con mucha querencia.

No nos habíamos ni sentado cuando oímos un tiro al otro lado del monte… ¡¡Joder, ya ha tirado Julio!!

Nos sentamos. Allá abajo, las luces de la casa empezaron a encenderse. Se oía a los niños chillar dándose los últimos chapuzones en la piscina. Nos acomodamos lo mejor que pudimos, y a esperar.

Se oían los clásicos ruidos del monte, el mochuelo que se asusta y chilla, una bandada de sisones que pasan por encima con un ruido de mil demonios, rueda una piedra, un bufido, el arrendajo que chilla y se cambia de árbol para distraer a algún visitante indeseado de su nido…

El codo de mi cuñado me saca de mi ensimismamiento y me señala una luz de linterna que de cuando en cuando se aprecia. Es su hermano que baja por la senda y que, cada poco, apunta la luz hacia donde él sabe que estamos. Para que le veamos.

«¿Dónde va ese tío?, ¿por qué se baja ya, sin esperarnos donde se juntan las dos trochas?». Son las once.

Al cabo de un buen rato, nos parece ver luces que suben de nuevo por la vereda… ¿Pero esto qué coño es? Parecía una procesión nocturna. Mujeres, niños que chillan. Linternas. Conversaciones. Risas. En la lejanía distingo la voz de una de mis hijas que habla en voz alta. «¿Tienes miedo, mami?». Mi cuñado y yo nos mirábamos perplejos.

Como se comprenderá, a pesar de que la excursión andaba lejos, no era cosa de quedarse allí ya a esperar a los marranos, así que, picados por la curiosidad, nos levantamos y nos fuimos a esperar a la trouppe que subía por la trocha.

Señales de linternas para que nos vieran y aclaración. Mi cuñado Antonio que nada más llegar y sin sentarse ni nada le había pegado un tirascazo a un marrano que estaba «tomando las aguas» tan ricamente, sin enterarse hasta que fue demasiado tarde, de que se acercaba su fin.

Y él, ni corto ni perezoso, no fue capaz de esperarnos y se fue a comunicar la buena nueva a los de la casa, que se pusieron en camino como os he contado, formando la de San Quintín en el monte.

En resumen, que la montonera de gente llegó hasta la baña, sacamos el guarro —que era de categoría— del barrizal, lo echamos entre todos encima de la borrica de Evaristo. Los muchachos se embadurnaron de barro hasta los pelos y que todos felices emprendimos el regreso a la casa, cantado y gastando bromas…

Y ahora, desde la lejanía del tiempo transcurrido, recuerdo aquellos tiempos y me digo «¡¡joder, éramos felices y no nos dábamos cuenta!!».

Claro que hoy también lo soy al revivirlos.