Tobalo, su puntería y el peso de la fama

Munchausen

 

Mi madre, que está bastante más cerca de los cien que de los noventa, afortunadamente conserva muchas de sus facultades físicas y se puede decir que todas las mentales, hace poco, tras una comida en nuestra casa, uno de los nietos le preguntó si había sentido miedo en muchas ocasiones; la contestación fue curiosa:

«Miedo por enfermedades y ante desgracias familiares tras haber perdido un marido y dos hijos lo he sentido muchas veces, miedo físico por mi persona muy pocas, y de esas pocas que recuerde dos fueron ante bombardeos aéreos, una ante un incendio en el campo, otra ante una inundación que arrastraba el coche en el que estaba metida, otra ante una discusión en la mesa, en casa de mis padres, en la que dos coroneles, uno alemán y otro italiano, sacaron las pistolas y mi padre se puso en medio y los expulsó a ambos de su mesa y de su casa, y el resto… todas por culpa de los toros, que esos me han dado un montón de sustos y en alguno me han hecho pasar mucho miedo, la vez que más miedo físico he pasado fue por culpa de los toros y todavía, más de ochenta años después, alguna noche sueño con ella y me despierto angustiada…».

Esa historia que causó tanto miedo a mi madre es la que contaré, carece de la menor relación con la caza pero sí tiene mucha con la buena puntería, y muy especialmente con la fama de tener buena puntería y lo útil que puede ser esa fama:


Los hechos tuvieron lugar en los años veinte del pasado siglo, cuando mi madre tendría entre doce y quince años, «Tobalo» era el cabestrero en la finca de sus abuelos maternos, mi madre no recuerda, o quizá nunca supo, si el apelativo era apellido o mote, pero sí recuerda bien al tal Tobalo, alto, delgado, fibroso, serio y muy de fiar para cualquier asunto, tan de fiar que era el encargado por la bisabuela de que sus nietos no se metieran en líos cuando aparecían por la finca.

Tobalo llevaba al hombro una alforja de loneta llena de cantos rodados bien elegidos, y en la mano una honda de cuero repujado rematada por un fino cordelillo de seda que hacía restallar con un sonido similar al de un disparo de pistola de grueso calibre, mientras el mayoral y los vaqueros se manejaban a caballo Tobalo trabajaba a pie, al parecer era ligero y sigiloso, siempre estaba colocado en el sitio preciso, y su conjunción con el mayoral y sus ordenes perfecta, bastaba que éste gritara desde lo alto de su caballo: «Tobalo, llama al 'Ventero'», o bien: «Tobalo, cuidado con ese toro castaño, dale leña que se quiere largar», para que volara una piedra hacia el animal que intentaba desmandarse, si era cabestro la piedra pegaba en los pitones, si era toro en las costillas, que los pitones se podían romper, el recado era contundente y al parecer muy convincente, los receptores de un par de recados de ese tipo los recordaban de por vida.

Tras años de bregar juntos fue suficiente que el mayoral gritara: «¡Tobalo!» para que el llamado actuara de inmediato contra el animal díscolo y muy especialmente para que toda la ganadería supiera las consecuencias del grito. En la mayoría de las ocasiones con el grito, o como mucho con el restallar de la honda, era suficiente; sólo en casos muy especiales, con toros muy enfadados y en las peleas, eran necesarias las piedras. La fama de Tobalo, la de su puntería y la contundencia de sus mensajes pétreos bastaba para imponer el orden.

Cuenta mi madre que en la finca había una gran panera cuyas puertas tenían el tamaño adecuado para que entraran las galeras cargadas de mies, y en la que se amontonaban en enormes montones separados el trigo, la avena y la cebada, a esos montones se subía por unos tablones con travesaños colocados en hilera, con función parecida a la de una escalera de varios cuerpos.

Recuerda que era verano, que probablemente fue en los primeros días de un septiembre, cuando al atardecer, ya con la fresca, estaba dando un paseo a pie, cuando oyó los zumbos de los bueyes sonar jaleo con toros, así lo define y me parece muy expresivo y gráfico, oyó el galope de cascos herrados y las voces de aviso de los vaqueros:

—¡Taparse, taparse rápido que dos toros se han desmandado y van derechos a las casas, ocultarse que van muy calientes…!

Dice mi madre que más que correr voló, pero que estaba lejos y no consiguió la suficiente velocidad como para llegar a la casa. Con los toros ya muy cerca se metió en la panera, cuyas puertas abiertas de par en par tuvo que dejar como estaban, subió por los tablones hasta lo más alto del más alto de los montones, supone que era el de cebada y… los dos toros entraron en la panera, no sabe, ni le importa, si lo hicieron tras ella o como ella buscando refugio, el caso es que ellos entraron y ella sin dudarlo saltó desde el tablón al montón de mies y empezó a hundirse, se pudo agarrar a la tabla con la mano izquierda mientras con la derecha y con los pies intentaba nadar, con el resultado que con el movimiento cada vez se hundía más, angustiada, con la cebada al cuello, y con los dos toros encampanados hacía donde ella producía un más que mediano bullicio, solo se ocurrió gritar desesperadamente:

—¡Tobalooooooo!

El resultado del grito fue instantáneo, pura magia del pánico a la honda: los dos toros giraron sobre sus patas traseras y salieron de la panera como almas que lleva el diablo. Nada más salir los toros entró Tobalo a la carrera y tras él el mayoral a caballo, Tobalo subió a rescatar a mi madre y la bajó en brazos para subirla a la grupa del caballo del mayoral, que la trasladó hasta la casa.

Hoy, muchos años después, recuerda toda la escena, pero muy especialmente la entrada de los toros en la panera, su angustia al verse ahogada en cebada, el respingo y el cómo se revolvieron los toros ante su grito y la entrada del mayoral a caballo, dice que sin embargo no recuerda a Tobalo subiendo por los tablones ni sacándola de entre la mies, sólo recuerda cuando, ya en sus brazos, bajaba hasta el caballo sobre cuya grupa la depositó.

Es cuando menos curioso cómo una señora tan urbanita como la que más, y nada aficionada al campo, ha tenido toda su vida ligada a él de uno u otro modo, y vivencias como la que nos acaba de relatar o como haber hablado con una loba en el jardín de su casa de campo.

La fama de buena puntería ha logrado que muchos de nosotros, cazadores, estemos dispuestos a creer lo que cuentan los que la tienen y a dudar de lo que cuentan los que tienen la contraria, creo que sólo las famas con tan sólidos fundamentos como la que tenía Tobalo merecen la pena, tenerlas tan convincentes es labor ardua y continuada.

Cordialmente, JC