El macho montés

MAX

 

Los montes imperturbables, que durante siglos han ganado la mano a los hombres, nos miran con desprecio. Osamos hollar sus vírgenes espacios hoy en día, afortunadamente, huérfanos de la desgracia del progreso.

Increíblemente, ha sido la montaña la que ha ganado el pulso al hombre que todo lo domina y doblega. Con su dureza, con su agresiva belleza ha conseguido romper, definitivamente, la voluntad de este hombre, acostumbrado a partir montañas, secar ríos y dominar aguas. Pero aquí no ha sido así, hoy ya sólo quedan ancianos con viejos recuerdos y duros años de brega marcados en el rostro y en el alma. Ella ha ganado, dentro de poco, de muy poco, ya no habrá nadie para arrancarle con duro esfuerzo sus escasos frutos, tampoco lo habrá para narrar sus fatigas, sus historias, sus leyendas. La voz del anciano se va quebrando y el recuerdo olvidando, ya casi no somos, ya casi no estamos, tu ganas, has destruido al hombre por fuera, físicamente, con años de lucha desigual para que le brindaras tus misérrimos frutos, lo has destruido por dentro, en su interior sabe que no ha podido contigo, no hay otra forma de que no vuelvan, no hay cuartel, y ella nos está esperando…

Son las cinco de la mañana, suena el despertador, salto de la cama, me enfundo en el traje de «faena», desayuno frugalmente y paseo a la perra, voy rápido, he quedado con Paco a las seis menos cinco pero se que llegará antes, bueno es él.

Efectivamente, a las seis menos cuarto salgo de casa y ya está en la puerta, tras los saludos de rigor y una mirada al cielo (anoche volvió a llover) cargamos mochilas en el todo terreno y enfilamos la autopista.

Nos enfrascamos en una hora de amena charla, tanto, que nos «comemos» literalmente la salida de la autopista, tras las risas y el cachondeo (por mi parte) de rigor, nos hacemos veinte kilómetros de más hacia el norte y otros tantos de vuelta hasta volver a la salida que tocaba (¿habrá algo que esté tratando de evitar que lleguemos?).

Paco, con los nervios de la impuntualidad conduce por entre las curvas mientras despotricamos sobre la mala organización de la Conselleria, que no ha dejado ni punto de encuentro, ni teléfono de contacto del guarda.

Por fin con veinte minutos de retraso llegamos y, sorpresa, sorpresa, el guarda no está, unos segundos de estupor, de nerviosismo y de agobio y decidimos, yo me quedo esperando al guarda por si aparece y Paco se va a buscarlo a un centro de recuperación de aves cercano.

En el interín, el guarda llega, Paco regresa y la normalidad hace acto de presencia, son las ocho de la mañana, tomamos el todoterreno del guarda y salimos hacia el primer punto, allí, prismáticos en mano, comenzamos a ver las primeras cabras del día, dos hembras con una cría que van ladeando la montaña y dos machos jóvenes (unos cinco años) que el guarda sugiere a Paco (demasiado rápido, demasiado fácil, demasiado pronto), el paisaje por donde van ocultándose las cabras es denso y abrupto.

Atestigua la montaña su tesón y su dureza salpicando sus laderas, sus desfiladeros como venas, con menudos boj que se integran en el paisaje, se esconden, tratan de pasar desapercibidos, son duros, como la montaña misma. Lo atestigua su madera, que reniega de navegar por los ríos y prefiere las profundidades de los lechos. Son antiguos, viejos fósiles vivientes, únicamente los más duros han sobrevivido, solo este pequeño árbol, quizá insignificante para el hombre, «inútil», queda en pie. Arroja al rostro del hombre su propia estupidez, testarudo, sigue mirando al cielo, afianzando el terreno, sujetándolo, formando parte viva de él. Su presencia manifiesta la firmeza de la voluntad de permanecer, de sobrevivir a los cambios, de sobreponerse a ellos, la muerte lo sabe, por eso Hades lo hizo suyo, y le otorgó el bien de la longevidad, nada cambiará mientras quede un boj en pié, garantía de permanencia y continuidad, y lo jura con el perenne verdor de sus hojas.

Nos vamos a la zona del Convento, allí, acercándonos por los campos anegados por seis días de agua ininterrumpida, divisamos a media montaña dos machos, uno en el límite de lo permitido, el otro, claramente bueno, el guarda, con buena voluntad decide iniciar el acercamiento. Imposible, la maleza nos cubre y nos rodea, no hay manera de ver a los machos, además, no está seguro de si están dentro de la zona de caza o en coto privado, así que tras hora y media de subir monte, pasar por coscojos, bucear entre carrascas y resbalar por las piedras regresamos al vehículo, son las nueve treinta de la mañana.

Después de una rápida visita a la zona del Convento Cisterciense de la zona (creado por Jaume I El Conqueridor en 1233, de clausura, para mayor abundamiento) y de ver un par de hembras más lejos que el otro mundo, nos replanteamos volver a donde a primera hora habíamos visto el par de machos jóvenes, y así lo hacemos.

Una vez allí vemos un grupo de un macho de unos seis u ocho años con cuatro hembras, vemos también más a la derecha una hembra con una cría que tranquilamente están ascendiendo por la vertiente y, de repente, sobre una peña, observamos un macho dentro de lo autorizado, aparenta algo más de ocho años (límite de lo permitido sin recargo), estamos largo rato observándolo, prismáticos en mano, hasta que se cansa y lentamente comienza a ascender montaña arriba, en su camino se junta con un macho muy joven, apenas un par de años.

Se decide que este es el bueno y nos vamos al inicio el camino (llevamos todo el día oscilando entre los quinientos metros y los mil doscientos sobre el nivel del mar), iniciamos la ascensión dos montañas más a la derecha con intención de, una vez en la cima, rodear hacia la izquierda y encontrar al macho que buscamos, fácilmente identificable por el joven que le acompaña.

Es el momento que ella ha estado temiendo, aguerrida nos enseña sus dientes, afilados peñascos dirigidos al cielo nos avisan, «escapad, ahora que estáis a tiempo», mientras, serpentea por entre los viejos centinelas el camino, apenas senda, casi trocha. Allá nos vigilan con atención, desde su altura, imponente, el Tossal dels tres Reis, sobrecogedor el Coll del Dimoni, oscuras leyendas arropan su historia. Por eso, el hombre, sobrecogido por su pequeñez, en su intento de reconciliación con la montaña plantó aquí hace ya más de seis siglos (un soplo para ella) convento de clausura, para, en recogimiento, rogar piedad para el hombre. El lánguido tañido de la campana lame las heridas de la roca, y suplica perdón, pide por todos nosotros.

Se encoge, casi desaparece, la montaña parece que lo engulla, sabedora de que ya están muertas estas veredas, y así debe ser, ya olvidado el viejo andar de la mula, ningún ingenio moderno debe violar años de trabajo y sufrimiento para surcar estos montes, para dibujar la voluntad del esfuerzo humano por vivir, por sobrevivir. Perjurio comete quien ensucia estos caminos de sudor y esfuerzo con tecnología y titanio, solo las viejas mulas son dignas para pasar, sólo ante ellas la montaña se abre y deja paso franco, se lo han ganado con su tesón y, por que no, con su muerte.

Escucho sin oír, casi siento, los pasos de Cabanillas, recogiendo fauna y flora, documentando el paraíso, y me sobrecoge pensar que, quizá, pasamos por donde hace doscientos años anduvo el Botánico. Andurreamos con esfuerzo por el monte, viejos y olvidados caseríos, muertos, con su esqueleto al aire dan fe de la victoria de la montaña, yacen como cadáveres tras la batalla, diseminados, deshaciéndose, desapareciendo, y nosotros, pequeñas figuras entre tanta magnitud, seguimos en pos del tesoro más querido de la montaña, de su hijo más amado. Viejos chozos de piedra seca nos recuerdan a su paso que sólo ayer el hombre no necesitaba apenas nada.

De subir monte arriba no os digo nada, porque todavía me falta el «fuelle», pero, para hacer la cosa más divertida, el guarda pierde y encuentra la senda como el Guadiana tiene ojos, así que, imaginaos, vuelvo a pensar «¿habrá algo que esté tratando de que no lleguemos?».

Por fin alcanzamos las alturas, más arriba todavía, en el monte cercano, vemos un macho muy bueno (mejor que el otro) tumbado y tapado por la maleza otro, todavía mejor, el guarda se lo piensa y repiensa, Paco también, yo callo y aprendo, al final, cuando decidimos acercarnos algo más, los machos se van.

Así pues, acordamos seguir con la idea original, y seguimos hacia la izquierda, descendiendo un poco, estamos en la zona por donde debería aparecer el macho, no lo vemos cuando, algo más lejos de donde pensábamos, lo vemos por entre dos sabinas, es él, lleva el macho joven unos metros más abajo.

El guarda comienza a valorar la pieza, se lo piensa mucho, le pasamos todos los prismáticos que llevamos para que pueda verlo mejor, duda, comienzo a ponerme nervioso, Paco no pierde la calma, yo le digo «hombre, está claro que es el de abajo, si allí valía para tirar, aquí también»; al final el guarda, buen hombre, autoriza.

No nos teme la montaña, ha calmado el cielo sobre ella, para tratarnos con desprecio, «ni siquiera necesito de la lluvia, del viento o del frío para venceros, insignificantes mortales» parece echarnos en cara, por eso luce el sol o las nubes, según cambie el humor del gigante, para que no tengamos ni la pobre excusa de las inclemencias, ella está segura de vencernos, lleva haciéndolo miles de años, no lo vais a conseguir.

Ahora es Paco el que me hace sufrir, durante un tiempo que a mí se me hace eterno (el macho hace rato ya que nos está mirando, que ha comenzado a rascarse, a cabecear y a mirar hacia arriba, síntoma evidente de que se está poniendo nervioso), como digo, Paco se mejora, se acerca hacia el cortado en busca de un mejor tiro, unos cinco metros hacia delante, saca el medidor de distancia murmura «ciento diez» (la Virgen, que serenidad tiene este hombre), se acomoda, mejora la mochila, cambia un poco de sitio, vuelve a medir, por fin pone el rifle sobre la mochila y… por Dios, dispara ya que se va a mover (pienso yo), en esos pensamientos estoy, mirando por los prismáticos, cuando un estruendo rompe la tensión del momento, de un disparo limpio la pieza cae seca, rueda y una sabina la acoge compasiva como mortaja. Está claro porqué Paco lleva varios en su haber y yo soy un «novato», yo hace ocho «días» que hubiera disparado.

Todos saltamos de alegría, nos felicitamos y… a nadie se la ha ocurrido tomar referencia de donde estaba el macho (no es del todo cierto, yo sí lo he hecho, pero, ante cazadores expertos, es mejor ser humilde y callar), total, tras unos minutos de acercamiento y otros tantos para encontrar la pieza, al fin, allí aparece, en su sudario de hojas, son las doce y media de la mañana, nos ha costado desde que comenzamos a subir hasta llegar a la pieza exactamente dos horas y media, no está mal.

Observamos al animal, magnífico y lustroso, le hacemos los honores, las fotos de rigor, tenemos ese segundo de cargo de conciencia por haber arrebatado una vida pletórica, el guarda mide y apunta «es algo mayor de ocho, pero no hay problema», Paco orgulloso indica «haz muchas fotos, la cuerna, saca la forma de lira de la cuerna», está contento, no es para menos, yo pletórico, ha sido mi primer rececho (quizá el segundo, o el tercero, no hay que contarlo todo, sabemos que se vigilan las palabras) y no podría haber salido mejor ni haberlo hecho en mejor compañía (o quizá ya lo hice, quien sabe).

Como siempre que cazo, en mis pensamiento divago sobre la vida que acabamos de arrebatar, qué bello sería poder tener la magia de volverla a insuflar, de, satisfecho el ego, retornar este magnifico animal a donde debe estar, sobre los altozanos y los barrancos de vértigo. No es posible, la muerte forma parte de la caza, no siempre, pero sí en muchas ocasiones. Me reconforto con el pensamiento de la dignidad con que se ha peleado, el instinto, la sabiduría, la fuerza, el vigor contra la inteligencia, el acero y, porqué no, la suerte.

Con años de experiencia Paco eviscera al animal y con orgullo de cazador decide que él es el que, cargado con todos los trastos (mochila, rifle, etc.) lo va a sacar hasta la carretera, ayudado por el guarda, comenzamos a bajar (bajada de vértigo), media horita, por una senda de cabras que en más de una ocasión está a punto de darnos un susto.

A la una y diez de la tarde llegamos por fin abajo donde el guarda de la tarde nos está esperando, cargamos la cabra en el coche de Paco, nos despedimos del guarda que acaba turno y junto con el de tarde nos vamos a comer.

Mientras subimos aparece ante nosotros una imagen que nos devuelve a varios siglos atrás en el tiempo, parejas de monjas de clausura, ataviadas con hábitos y grandes sombreros de paja, transitan por los márgenes de la carretera, con el silencio de su clausura nos miran a los ojos, saludan con la mano, el Padre nos bendice, quizá rueguen por nuestras almas, falta hace en este mundo que alguien se preocupe por sus semejantes, quizá con sus oraciones se nos perdone, o por lo menos, el castigo no sea excesivo. Dejamos atrás a las hermanas con su lento caminar, es el signo de nuestros tiempos, ellas siguen en otra época, más pausada, no sé si más feliz para el hombre, pero sí más acorde con la naturaleza de las cosas creadas por Dios.

La comida y la sobremesa se nos alarga por amena e interesante conversación (el guarda habla por los codos y otras extremidades), así que, quizá demasiado tarde, volvemos a por la hembra que también le corresponde.

Contrarreloj, ganándonos la noche el pulso, damos vueltas y vueltas para encontrar una que valga. Encontramos un grupo de hembras, el guarda insiste, «tírales, tírales», pero Paco decide que no desea cazar a cualquier costa, que ambas llevan cría y que no les tira (buen criterio).

A última hora, con apenas la luz justa para tirar e ir a por la pieza, encontramos una apropiada, pero los nervios, las prisas, la luz y un mal apoyo hacen que Paco falle.

Son las seis y diez de la tarde y la noche nos ha vencido, mañana él regresará a por la hembra.

El gigante ha perdido a uno de sus hijos, está triste y nos lo demuestra, llora lánguidamente, una fina lluvia comienza a caer y con su débil capa va ahogando los silencios de la noche, ahora está más solo que antes, le han arrebatado aquello que más quiere, uno de sus hijos, uno de sus guardianes, le embarga la emoción y moja con bálsamo que aplaque el dolor de esa nueva herida que le han causado, una vez más, los hombres. Mañana hará algo más sabios a los suyos, les enseñará a alejarse todavía un poco más de los ojos acechantes, de los hombres sigilosos, lo pondrá, si cabe, un poco más difícil, será, si ello es posible, algo más peligroso, algo más alto, algo más abrupto, algo más salvaje, o quizá simplemente libre.

Las lecciones que he aprendido en un día como hoy me las guardo como íntimas, porque los tesoros deben permanecer allá en lo más oculto. Cuando nos veamos, amigos, os las contaré, aunque algunos ya me lleváis años de ventaja agrandando el tesoro de vuestra experiencia, por eso estoy seguro de que me comprendéis.

Os dejo aquí el relato de lo ocurrido, en este momento no sé transmitir en palabras los sentimientos, pero, por lo menos, los hechos aquí quedan.


Gracias Paco.

PD Esto es un relato novelado, aunque parezca una obviedad decirlo, ni todo lo que se relata ha ocurrido, ni lo que ha ocurrido tiene por que haberse producido como se relata, es más, estoy casi seguro de que no ocurrió.

PDD Conscientemente se ha evitado cualquier referencia a lugares concretos donde se ha vislumbrado la caza.


Federico Torrella, MAX