Un día de caza memorable

Lobo Solitario

 

El próximo agosto hará veinte años que sucedió.

Unos meses antes, P., leridano afincado en Tarragona, se puso en contacto conmigo para vivir su primera experiencia africana en compañía de su mujer y su hija con un safari de búfalo, león o leopardo y general bag, dejando el otro gato y el elefante para una ocasión futura. Enseguida simpatizamos, pues es un hombre muy afable y entusiasta y, dado mi doble origen oscense/leridano, su acento nativo que no había perdido nos hacía sentir más próximos el uno del otro.

Entonces yo tenía acceso, básicamente, a tres zonas: el Chiredzi, en Zimbabwe, muy bueno para búfalo y elefante, con una excelente población de leopardo, pero muy difícil de cazar, y poco león, y Masailand y Selous, en Tanzania, con poco elefante tirable (el año anterior se había producido una masacre tremenda en que una banda de furtivos —que luego se supo que estaba capitaneada por un pariente de un alto cargo político del país— había reducido las poblaciones del Selous por su marfil a base de calabazas envenenadas; en Masailand hacía tiempo que no era abundante), mucho búfalo y además bueno y excelentes poblaciones de ambos gatos, especialmente en el Selous, así que esta fue la zona de elección.

Mientras íbamos perfilando el asunto, J., amigo y compañero de profesión de P., a quien este había informado de sus planes conmigo y le habían resultado atractivos, se añadió a la expedición y ambos me contrataron un safari de 15 días 2x1 en Selous. La licencia para esa duración incluía búfalos y general bag para ambos, pero un solo león y un solo leopardo a compartir, así que decidieron que uno optaría por el melenudo «simba», mientras el otro lo haría por el manchado «chui».

Inicié mi temporada en el Chiredzi, pero antes de que se abriera Tanzania, mi amigo F., titular de las zonas a las que yo tenía acceso en ese país, me comunicó que nos las habían cerrado y que ese año no podríamos cazar allí ni él ni yo ni nadie… Realmente, África es África y antes de pisarla hay que tenerlo muy asumido. Me devolvió el depósito del safari de P. y J. y yo, por mi parte, me puse en contacto con ellos para explicarles la situación y, a mi vez, devolvérselo también. Pero P. no quería renunciar a su bautismo de fuego africano y me pidió que organizara otro safari de sustitución lo más parecido posible. La temporada en Zimbabwe ya estaba avanzada y completa, pero negocié con M., el titular de la zona del Chiredzi donde yo cazaba, y con buena voluntad por parte de todos conseguimos cuadrar dos semanas de safari allí para P., su familia y J., con un sólo búfalo para cada uno (no nos quedaban más licencias), león, leopardo y general bag. Yo les recordé que inicialmente habíamos elegido Selous porque en el Chiredzi había poco león y los leopardos, aunque abundantes, no eran nada fáciles, pero que todos haríamos todo lo que estuviera en nuestras manos y un poco más para que tuvieran el mejor safari posible. Me contrataron el safari y aplicamos el depósito del otro fallido a este. Aunque el cierre de las zonas de Tanzania no era culpa mía, como compensación por las molestias se lo arreglé tanto como pude, ofreciéndoles los mismos 15 días pero 1x1, de manera que en días alternos uno cazaría conmigo y el otro lo haría con uno de mis compañeros —H., M. o Ph. según disponibilidad, pues también tenían sus compromisos previos—.

P. me había advertido que debía someterse a una intervención quirúrgica de riñón, de la que ya contaba estar recuperado para el safari, pero que en todo momento durante este debía tener agua potable a su disposición, cosa de la que tomé buena nota. La operación fue satisfactoria y la posterior recuperación, rápida y sin problemas. Sinceramente, creo que la ilusión de P. por su primer safari contribuyó a ello y mientras se recuperaba preparó para su mujer y su hija unas fichas con imágenes y datos de todas las especies de caza mayor presentes en el Chiredzi, así que cuando pisaron la zona ya estaban muy informadas.

Y llegó la fecha de inicio de su bautizo africano. Como P. y su familia tenían inquietudes culturales más allá de la caza, programamos que antes del safari les acompañaría a visitar las ruinas del Gran Zimbabwe, restos arqueológicos bien conservados (quizá excesivamente restaurados) de una civilización ya desaparecida en el siglo XV y que da nombre al país. Para hacer el trayecto con mayor comodidad que en uno de los excelentes pero duros Toyota Land Cruiser modelo original que usábamos para la caza, pensé en contratar una furgoneta Volkswagen de alquiler y así lo hice, aunque me advirtieron que debía ser con chófer —¡África, África!—, así que, como no había otra opción, acepté, pero al ir a recogerla a Harare, la furgoneta se había convertido —¡África, África! otra vez— en un Land Rover largo, tan excelente como nuestros Land Cruiser, pero también tan duro como ellos. Aunque yo tenía la reserva confirmada, toda mi dureza en la negociación consiguiente no sirvió de nada y, como tampoco había otra opción, pues mi Land Cruiser estaba en el Chiredzi, nos embarcamos en el Land Rover, en el que me situé —lógicamente— en la posición más incómoda: la plaza central delantera, con el cambio de marchas molestando durante todo el trayecto. Por cierto, el conductor —que nos dijo que a menudo ejercía su oficio para el personal de la Embajada Española— era el único shona que he visto con ojos azules, pero no del mismo azul que tienen varios miembros de mi familia y los ojizarcos de por aquí, sino de un azul deslavado, casi blanco, que, en abierto contraste con el color de su piel, le daba un aspecto absolutamente peculiar.

Llegamos al hotel en Masvingo (Fort Victoria en la época británica y rhodesiana), la población más cercana a las ruinas del Gran Zimbabwe, y nueva sorpresa: había reservado cuatro habitaciones —una para las damas, otra para los cazadores, una tercera para el conductor y otra para mí— y sólo había tres disponibles. Hice llamar al director del hotel y —¡África, África!— me dio la misma solución que el recepcionista: que yo durmiera con el conductor. No soy racista (considero que las maneras más tontas de medir a un hombre son por el color de su piel, por su estatura, por su bolsillo o por quiénes fueron sus abuelos), pero lo había conocido tan sólo unas horas antes y no me parecía adecuado. Como no había más habitaciones, finalmente acabé compartiendo habitación con P. y J. en una cama supletoria.

La cena, de calidad y bien servida, estuvo amenizada por un cantante que nos ofreció varios temas en portugués. Al final de la primera canción, se nos acercó, se presentó como refugiado mozambicano y entablamos conversación, yo en mi pobre carioca (siempre me ha gustado mucho la música brasileña y, aunque tengo algún amigo portugués, mozambiqueño y angolano, el limitado portugués que sé lo hablo con acento marcadamente brasileiro). Cantó varios temas más para los cinco españoles y el shona que compartíamos mantel, pero varias personas de otras mesas protestaron (nosotros éramos los únicos blancos en el local) y nuestro cantante fue pasando por todas las demás.

Después de la cena, cuando ya todos los de la expedición estábamos en nuestras respectivas habitaciones, me disculpé con P. y J. y me fui al bungalow central, pues tenía interés por que nuestro nuevo conocido me contara cómo estaba su Mozambique natal que tan recientemente había abandonado. Todas las sorpresas anteriores no fueron nada con la que vino entonces. Había mucha agitación y mucha gente, pero localicé rápidamente al mozambicano y me contó que la policía se acababa de llevar detenido a un pinche de cocina que —¡África, África!— había envenenado al cocinero para poder así ocupar su plaza, el mismo pinche y el mismo cocinero que habían preparado la cena de que habíamos dado buena cuenta un rato antes, ¡glups! Anteriormente había estado, sin buscarlo, dos veces en zona de guerrilla y posteriormente aún me tocó una más, pero mi primera reacción no fue otra que pensar para mis adentros en dónde nos habíamos metido… El mozambicano quiso quitarle importancia y conversamos un rato, pero pronto me fui a dormir, pues queríamos visitar las ruinas temprano por la mañana.

La primera semana de safari fue poco productiva, especialmente para P., pues se había instalado una borrasca en el Canal de Mozambique, que separa el continente africano de Madagascar, y, como siempre que pasa eso, la temperatura baja, el sol se esconde y el cielo es el reino de las nubes, con lo que los animales se refugian en lo espeso y salen poco a los claros. J. tuvo más suerte y cobró más animales que P., entre ellos un kudu y un ñu azul de clase récord y —de tres tiros bien colocados del .375 H&H Mag— un búfalo, no excepcional, pero sí correcto.

P., deportivamente, aceptaba su suerte, que yo le aseguraba que cambiaría pronto, pues ese tipo de borrascas rara vez duran más de una semana. Con él cada vez nos íbamos haciendo más amigos. En cambio, J. demostró ser un tipo raro y conflictivo: se molestó porque le retumbaron los oídos por mi disparo cuando, estando a su lado, abatí el gran ñu al que dejó herido y al que me pidió que rematara (yo le hice notar que cuando él tiraba, mis rastreadores y yo mismo experimentábamos lo mismo cada vez); provocó varios malentendidos gracias a los cuales mi relación con H., uno de mis compañeros, se enfrió y nunca volvió a ser la misma; hirió una cebra que, a pesar de todos los esfuerzos, no pudimos cobrar pues iba poco tocada, no quiso tirar otra y cuando al final del safari, contrariamente a lo habitual en África, que es pagar el bicho herido como abatido, no se le pasó cargo por ella, en vez de demostrar un mínimo de agradecimiento protestó de que si se le hubiera avisado, hubiera tirado otra; empezó a mostrarse envidioso cuando el tiempo cambió y con él la suerte de P., que cobró un búfalo mayor que el suyo; y todo ya se acabó de fastidiar el día memorable que da título a este relato. A los clientes no puedes seleccionarlos tanto, sobre todo cuando eres un guía joven que intenta hacerse un sitio entre la profesión, y así hay ocasiones en que desearías que el safari no se acabara nunca y otras en que pagarías para que finalizara ya, pero realmente hay que escoger muy bien a los compañeros de caza… De hecho, después del safari en cuestión, P. y J. no volvieron a cazar juntos.

Pero bueno, vamos a lo que vamos.

Dos días después de que P. cobrara por la mañana, después de que nos diera algo de guerra, un buen búfalo («ñati» en shangaan) y de que, por la tarde, nos acercáramos a una pareja de leones («ngala» en shangaan), macho joven y hembra adulta, a los que no tiramos, y se apuntara un bushpig («comba» en shangaan) excelente, volvía a tocarme cazar con él. Ya habíamos recuperado bastante el tiempo perdido por la mala climatología inicial, pero aquel día fue verdaderamente especial, de hecho, sigue siendo mi récord de número de trofeos abatidos por un solo cliente en una sola jornada.

Solo salir del campamento divisamos una pareja de bushbuck («choma» en shangaan). El macho era sin duda de clase récord, así que nos acercamos tapados por la vegetación y a unos 60 metros P. lo abatió sin problemas, como casi todo el safari, de un solo disparo de su 7mm Rem Mag. ¡Buen comienzo del día!

Después de los abrazos, las felicitaciones y las fotos regresamos al campamento a dejar al bushbuck y volvimos a salir en dirección a unas planicies abiertas en que conocíamos un rebaño de cebras («mbizi» en shangaan; este es el tótem de la tribu, al que no matan ni comen; yo, por respeto a mis amigos y porque se parece demasiado a un caballo, tampoco he matado ni comido nunca cebra) al que se había unido hacía tiempo un enorme ñu azul («ngongoni» en shangaan) expulsado de su manada original. Era realmente excepcional, pero todos siempre lo habíamos respetado como una curiosidad que mostrar a nuestros clientes. Al fin y al cabo, cazar, incluso en África, no es sólo matar.

Unos días antes, cazando con P., yo había cometido un error imperdonable. Como ya he dicho antes, él me había advertido de su necesidad, tras su post—operatorio renal, de tener siempre agua potable a su disposición, así que, además de la provisión de agua que siempre había en el coche, yo había comprado, para conservar el agua bien fría, un gran termo de dos litros y medio que uno de mis rastreadores siempre llevaba en bandolera mientras cazábamos. Siempre… menos aquel día y yo, que debí supervisarlo, no me dí cuenta hasta que P. pidió agua ¡y no teníamos! Quería morirme y no por la justificada reprensión que de manera educada me hizo, sino porque él había depositado su confianza en mí, yo le había fallado y, como consecuencia de ello, su salud estaba en peligro. Como estábamos más lejos del coche que de un abrevadero cercano y P. no podía estar sin beber, decidimos acudir a este último. Con unas briznas de hierba entretejidas le hice el mejor filtro que pude improvisar y así pudo saciar su sed. El filtro funcionó y afortunadamente no se derivó ninguna consecuencia negativa posterior para su salud. Yo estaba desolado. Durante todo el safari, P. se había comportado como la gran persona que es, andando como un valiente y tirando muy bien, pero la caminata hasta el abrevadero sin agua lo había dejado bastante descompuesto. Envié a un rastreador para que volviera al coche y que el conductor lo trajera hasta allí, hice sentar a P. a la sombra y esperamos. Durante la espera, P. se fue reponiendo y cuando llegó el Toyota, ya estaba mucho mejor. Bebió todo lo que quiso del termo que se había quedado en el vehículo y cuando llegamos al campamento estaba recuperado del todo. Desde entonces me sentía en deuda con P., así que para compensarle de algún modo por el error cometido —a partir de entonces, nunca doy por sentado que todo el mundo será responsable si yo no lo soy personalmente—, decidí que el súper ñu sería para él.

Tal como ya he dicho antes, después de dejar al bushbuck en el campamento, nos fuimos hacia las planicies en que el ñu corría con el rebaño de cebras. Aquel día teníamos la suerte de cara y los divisamos de lejos. Aparcamos el coche e iniciamos la aproximación, a la que nos acompañó su mujer, que otras veces permanecía en el Toyota con su hija y el conductor, a quien todos llamaban, curiosamente en inglés, Jackal Arse (literalmente «Culo de Chacal»), hasta nuestro regreso. A unos 200 metros ya no podíamos acercarnos más sin provocar la estampida (los bichos no sabían lo que éramos todavía, pero nos habían visto y estaban todos inmóviles mirando en nuestra dirección), así que había que tirar desde allí. Siguiendo mi indicación, J. se sentó en el suelo, se apoyó en su bastón telescópico, apretó suavemente el gatillo, el 7mm rugió y el ñu quedó en el sitio. Las cebras salieron corriendo a todo trapo y tras los abrazos y felicitaciones pertinentes nos fuimos acercando al animal abatido. Era realmente impresionante, saqué la cinta métrica, la fui extendiendo y, sin lugar a dudas, aquel bicho estaba entre los diez primeros. Así se lo dije a P. y a su mujer, que aún se pusieron más contentos. De vuelta al campamento, lo primero que hice fue coger mi ejemplar del Libro de Récords de Rowland Ward, comprobé que ocuparía el octavo lugar y se lo comuniqué a P. y su familia que tuvieron una mayor alegría todavía (meses después, tras el reglamentario período de secado del trofeo, lo medí oficialmente en España y, efectivamente, era el octavo mejor ñu azul registrado).

Estábamos comentando todavía la jugada mientras esperábamos el almuerzo tomando un aperitivo, cuando vi algo que me hizo coger los prismáticos. Como muchos campamentos africanos, el nuestro se abría a una lámina de agua y a la otra orilla, a unos 200 metros, acudían a beber muchos animales, a los que nunca tirábamos para que no se resabiaran, siguieran viniendo y ofrecieran a nuestros clientes y a nosotros mismos el espectáculo de la naturaleza africana en toda su grandeza a domicilio. Lo que me hizo coger los prismáticos era el eland macho («mof» en shangaan) de una manada que estaba abrevándose y que realmente era de clase récord. Se lo comuniqué a P. y le dije que fuera a por su .375 H&H Mag, que no lo tiraríamos allí porque no lo hacíamos nunca, pero que lo esperaríamos en la zona que, por donde estaban y de donde habían venido, yo suponía que atravesaría de vuelta de beber. Así lo hicimos. Nuestro campamento se abría al pie de un extenso «kopje» (palabra tomada del holandés, que se pronuncia «kopi» en castizo y que quiere decir «cabeza»), es decir, un cabezo rocoso granítico. Nos situamos sobre el mismo «kopje», pero en el otro extremo, a unos 300 metros de la cabaña que hacía de comedor y a unos 100 de donde estaban los eland bebiendo y esperamos un buen rato. Al cabo, a menos de 30 metros debajo nuestro apareció la primera hembra de eland. Siguieron otras con crías y algún macho joven. Luego apareció el gran macho. Le dije a P. que le centrara la cruz encima y le tirara. Él ya tenía el rifle apoyado sobre la roca en la dirección prevista, apuntó, disparó y un eland magnífico se quedó en el sitio. Bajamos a verlo. Abrazos y felicitaciones. Luego llegaron todos los demás. Más abrazos y felicitaciones y las fotos de rigor. El personal se encargó de transportar al bicho y nosotros fuimos a lavarnos un poco y a tomar el almuerzo, durante el cual comentamos, entre otras cosas, la suerte que estábamos teniendo en claro contraste con la de los primeros días, el tino de P. con sus rifles y yo apunté que el día aún no se había acabado…

Mis palabras fueron premonitorias. Después de una siesta reparadora, nos dirigimos en el coche hacia una zona a la que los shangaan llamaban «Mañoka», es decir, «Lugar de serpientes» y, una vez allí, lo dejamos y empezamos a caminar. No habíamos andando mucho por aquel terreno cubierto de espinos cuando Kwelekwele, el rastreador con el que teníamos mayor complicidad, me coge del brazo, me señala un tronco caído al pie de otro árbol a unos 80 metros de nosotros y me dice: «Kangela lapa lo ingwe». Miro y efectivamente, allí, a plena luz del día, estaba Maese Ingwe, el leopardo, pero tapado por el tronco, de manera que sólo se le veía la cabeza y el arranque del cuello. Al tiempo que se lo digo a P., me echo los prismáticos a la cara, le digo que no es muy grande y él me responde que no le importa. Cambio el .458 por la vieja Garbi, le pongo dos cartuchos de postas de los seis que llevo al cinto y le digo que se apoye bien en un árbol que está a nuestro mismo lado y, que si lo ve claro, le dispare entre los ojos o al cuello debajo de la boca. A todo esto, el leopardo, sorprendido pero sin dejar de mirarnos, ni se mueve. Realmente no es muy grande porque no es muy viejo, pero P. lo quiere y tiene licencia para ello. Suena el disparo y la cabeza del leopardo desaparece detrás del tronco. P. arranca hacia él, pero lo cojo del brazo y lo paro en seco. Esperamos un poco. Ni un ruido ni un movimiento. Me acerco con los pisteros. Le tiramos una piedra. Ni se mueve. Le tiramos otra. Nada. Está muerto de verdad, con un damán («mbila» en shangaan) entre las garras a medio devorar, por eso no quería moverse. Tiene el tiro en el cuello, justo debajo de la boca. Se lo grito a P., que se acerca muy excitado. Le felicito por el tiro magistral que ha efectuado y nos fundimos en un sincero y emocionado abrazo. Los rastreadores también le felicitan y es evidente que en ese momento es el hombre más feliz del mundo. Al cabo de un rato acude el coche al sonido del tiro con la mujer y la hija de P. que lo felicitan efusivamente. Todos estamos muy, muy contentos. No es para menos. Días como este hay pocos en la vida de un cazador y en la de un guía.

Durante la cena abrimos varias botellas del cava que siempre llevo de safari para celebrar cuando un cliente abate un «grande» o un trofeo excepcional. Hoy hay cuádruple motivo…

Han pasado casi veinte años. Yo no he regresado por el Chiredzi. Con J., aunque una vez me llamó, no nos hemos vuelto a ver nunca. Con P. nos hemos visto y hablado por teléfono en distintas ocasiones, con su mujer me ha visitado en mi lobera barcelonesa, he hecho lo propio en su casa rodeada de avellanos del Campo de Tarragona donde guarda, entre otros, los trofeos cuya caza compartimos aquel día, sabemos uno del otro porque tenemos amigos comunes y conservamos la empatía que tuvimos desde el primer momento. Desde hace diez años y contra todo pronóstico mantiene un duro combate con un cáncer de pulmón, al que P., valiente, esforzado y luchador, no se lo está poniendo nada fácil. ¡Suerte, amigo!