La última sayuela

Fernando Cantudo

 

Como tantas veces, esa mañana la jaula había estado fuerte, pero el campo nada. Era el final de un celo raro, como siempre… Esa mañana le pusiste la sayuela al pájaro, como tantas veces… sin sospechar que ésta sería la última. Aunque quizás sí lo sabías… Sabías que ésta sería tu última sayuela.

El pasado uno de abril nos dejabas y lo hacías tal y como querías, en casa y entre los brazos de tu María. Esa enfermedad, con la que habías aprendido a convivir casi desde tu juventud, al final te apagó y lo hizo de chanteo, sin ruido ni aviso. Pero nunca pudo contra esa ilusión de niño hacia el campo y la caza, aun intacta a tus ochenta años. Nada se podía adivinar cuando poco antes hablabas de empezar a preparar la mancha para la próxima temporada o de meter ya en tierra los pájaros, a pesar de que aun te hubiese gustado hacer algún puesto más: hasta el último instante fuiste tú.

Podría decirse que tuviste el privilegio de elegir cómo sería tu vida. Pero en realidad fue mucho más que una elección, porque vivir donde querías, en el campo, haciendo lo que te gustaba, la caza, no fue una opción exenta de tributos cuando el paraguas de una nómina en la gran ciudad habría hecho más sencilla tu vida y la de los tuyos. Sólo fueron pagos a cuenta y al final te salió la declaración «a devolver».

El tiempo no pudo negarte una razón que tampoco necesitabas, porque quien nació para la sierra simplemente no podía salir de ella, y allí caminaste como lo hiciste en la vida, recto, erguido pero humilde, y sin apartarte de esa vereda estrecha que se abre paso entre las necesidades inútiles y termina en el collado de lo importante. En ese camino te ganaste el cariño de mil amigos, entre los que hubo de ilustre apellido y otros de apodo sencillo. También conseguiste, sin mucho esfuerzo, el respeto y consideración de aquellos que simplemente te conocieron.

Rompiste monte más allá de tu querida Sierra Morena, pero en ella fuiste referente. No en vano habías visto la primera flor de jara muy cerca de donde murió el «Solitario», y la última, que fue la primera de esta primavera, en las solanas de Despeñaperros. Muchos te hemos tenido por maestro, aunque no fue fácil aprender de quien prefiere escuchar a hablar, y fijarse a mostrar. No… creo que no fuiste un buen maestro, porque siempre te consideraste alumno de todo y de todos. Pero de tu amplio bagaje por esas sierras has dejado un libro no escrito, siempre abierto al que quiso y supo leer. En sus páginas quedaron infinidad de lecciones no impartidas. Ahora quiero recordar alguna, como «cazar no es matar», mensaje tan muerto por desgracia para muchos como la lengua en la que nos llegó. Hiciste tuyo ese principio, cazando cuando ponías las posturas de una mancha, preparabas un cebadero para los marranos, o te fijabas en donde se apareaba el bando de perdices… Para ti un cazador no se medía por la cantidad de cuernos y huesos que era capaz de acumular. También enseñaste que el campo se pisa con ilusión, respeto y humildad, porque siempre devuelve con creces lo que en él se hace.

Me esforcé por acabar ese libro pero creo que no lo conseguí. De lo que sí estoy seguro es de que ahora, cuando hablo de caza, me parece que lo hago de otra cosa distinta, porque de caza sólo hablé contigo.

Pienso que allí arriba hay manchas infinitas y que ya habrás recibido el encargo para cortarlas. Para ello cuentas con tantos amigos y buenas escopetas como los que has dejado aquí, pero por favor, no sueltes los perros hasta que no estemos todos. Hasta entonces, adiós Pedro Cantudo, adiós maestro, adiós amigo… Adiós papá.


Fernando Cantudo