Su «primera» torcaz

Manuel Castro

 

Lo que paso a contarles ocurrió el último día de caza de torcaces, allá por febrero, teniendo como principal protagonista a Fernandito, un niño que a su corta edad, seis años, no sé porqué me da, está empezando a llevar la afición a la caza en las venas.

Fernandito ya nos había acompañado a su padre (mi hermano), a su abuelo (mi padre) y a mí durante toda la temporada al coto a cazar las torcaces con cimbel, pero lo que hizo este último día nunca se lo había visto hacer y nunca lo olvidaré.

El día amaneció con niebla que pronto empezó a romper en agua —ya se sabe el dicho pesimista: «la neblina del agua es madrina»—, pero eso no nos desanimó, ya que era el último día, y ya que nos habíamos pegado el madrugón y quedaba toda la jornada por delante —también sabréis el dicho optimista «mañanitas de niebla, tardecitas de paseo»—, no era cosa de volvernos a casa, así que nos decidimos a colgarnos todos los trastes, el cimbel, el palomo, los puestos, zurrones, escopetas, etc… y ahí ya me sorprendió que nuestro protagonista se colgase su superpuesta, de juguete por supuesto, y se animase a acompañarnos al puesto sin importarle la lluvia, como si esa agua que caía fuese refresco de cola para él.

Después de buscar el lugar más apropiado para colocarnos, y una vez estamos ya con todo preparado y los puestos clavados, su padre observa un bando de torcaces que, por el agua que caía, intuíamos que no entraba en sus pensamientos el abandonar aquel cerro de encinas secas como apostadero, con lo que decide darse una vuelta para intentar deshacerlo para ver cuál es su reacción, momento que aprovecha el crío, al encontrarse solo en el puesto, para ponerse de pie y así poder ver mejor, no sin antes decirme «tito, si veo venir alguna yo te aviso para que le tires al palomo, ¿vale?», a lo que le contesto, «muy bien». Deciros que aquel bando se levantó y, como es normal en estos casos, no lo volvimos a ver, con lo que después de ver que el tiempo no mejoraba y la hora de comer se acercaba, decidimos desmontarlo todo e irnos al cortijo a saludar al personal y a comer al lado de la candela.

La comida no pudo tener mejores vistas, desde una de las ventanas Fernandito podía ver boquiabierto a una pareja de cigüeñas en su nido sobre una encina a escasos veinte metros del cortijo, además de poder tener referencias nosotros de cómo iba avanzando la jornada que, finalmente y gracias a Dios, una vez acabados de rendir cuentas de la tortilla de patatas, queso y demás viandas, dejaba de llover, cosa que nos dio esperanzas para la tarde, ya que si por la mañana no se habían movido las palomas por la climatología adversa lo harían pronto por la tarde, con lo que a toda prisa recogimos todo y nos fuimos a colocarnos.

Una vez llegamos a la «cerca» donde ya había visto otras tardes que la tenían tomada nos ponemos a buscar-intuir cuál podía ser el mejor sitio para colocar el cimbel y los puestos, y buscando buscando, Fernandito incluido, observamos unas ramas que, según estaban, parecían haber servido de parapeto en otra ocasión a cualquier compañero del coto para tirarlas al paso. Seguimos con la búsqueda y, a escasos cuarenta metros, vemos el chaparro adecuado para colocarnos. Acercamos el coche, bajamos todos los trastes, dejamos todo colocado y mi hermano se decide a retirar el coche y ponerlo debajo de una encina espesa para evitar brillos que pudieran asustar a las palomas; y aquí empieza lo curioso de la jornada.

Una vez el coche se retira veo que mi sobrino, Fernandito, se cuelga su zurrón, su catrecillo y su «superpuesta de juguete» y me dice: «tito Manolo, me voy a mi puesto», con lo que le pregunto: «¿cuál es tu puesto?», y me contesta: «tito, ese que hemos visto allí antes, ahí a la derecha, ¿tú no lo has visto?», y le respondo: «ah, sí, muy bien, pero aguántalas bien antes de tirar», cosa que le hace irse hacia allí sonriéndose al puñetero. Y empiezan a moverse las primeras y ahí me tenéis tirando de la cuerda del cimbel, empiezo a observar un piquete que se quiebra hacia el puesto queriendo tomar el cimbel y, cuando están a punto de entrar, como si hubiesen visto algo raro, veo que se van asustadas. Pensé: «mi hermano no ha tapado bien el coche o viene andando ya fuera del amparo de las encinas, joe parece que nunca va a aprender». Al minuto más o menos vuelvo a ver otro piquetillo que asoma por el mismo camino que traían las anteriores y volvemos a las mismas, toco el palomo, se quiebran y me hacen lo mismo que las anteriores, se me van a criar.

En ese momento ya empiezo a pensar, «no estaremos entonces colocados en el sitio, las palomas recelan entrar aquí por algo, mi hermano aún no viene, no lo han podido ver a él y, por lo que tarda, el coche está bien retirado». Al momento dos más que aparecen, me coso a la tela del puesto, por si es a mí a quien ven, les doy palomo, me agacho para ver qué hacen y cuando están casi a tiro y a la derecha del puesto, ¡ay de mí!, ¿pero qué estoy viendo?, el nene estaba echándoles la escopeta y haciendo de boca «¡pum, pum!».

No os podeis hacer una idea lo que me entró en ese momento, os juro que hasta las lágrimas se me saltaron, pero la cosa no queda así. Veo que vienen otras detrás de aquellas y repito operación, todo esto sin llamarle la atención al chiquillo por haberse movido y haberlas asustado, y las palomas repiten la trayectoria de las anteriores, pero esta vez no las dejo irse de rositas y la primera que coge de sorpresa al crío me entra y me quedo con ella, yendo a caer entre los dos puestos, el de Fernandito y el mío. Veo que sale de su puesto y se viene a recogerla, y uno que es un guasa, dicho sea de paso, le deja que la coja y una vez la tiene en las manos le pregunta: «oye, Fernandito, ¿a esa paloma la has tirado tú?» A lo que el nene se queda pensativo por unos segundos y contesta, sonriéndose el cabrito: «¿yo?, sí ¿por qué?» Y le respondo: «no, por nada, es que no me ha dado tiempo a tirarle y como la he visto caer y que has venido a recogerla pues he pensado que habías sido tú», a lo que responde con una pequeña carcajada, pero volviendo a su puesto con la paloma. A todo esto, su padre sin aparecer.

No os podéis hacer una idea de lo que sentí en ese momento. Este crío ya me tenía robado el corazón, pero esto ya es para hacerle un homenaje, cosa que desde estas líneas, y una vez impresas, conservaré de por vida.

Bueno, deciros que parece ser que acertamos con el puesto de tarde y cobramos veintitrés palomas, la de Fernandito incluida, cosa que la verdad para mí fue lo de menos.