Damas de «El Monasterio»

Jorge Borque

 

Un mes de junio de 2005 extremadamente frío, nos encontraba dirigiéndonos a probar suerte con los ciervos Dama del coto «El Monasterio».

Ubicado en el corazón de la provincia de La Pampa y enfrente a lo que fue la meca de la caza del ciervo Rojo otrora, me refiero al emblemático «Parque Luro», orgullo de la provincia y motivo de constantes visitas para avistaje de la fauna, y además del gran atractivo turístico de presenciar en vivo la «brama» del Rojo en el monte.

Me acompañaba Pepe, con quién partimos muy temprano de Mendoza y pasamos a buscar a nuestro guía y anfitrión, Hugo de la Arada, por Santa Rosa, La Pampa, en horas de la tarde, y de allí directamente al coto.
Tenía conocimiento de dicho coto por conversaciones anteriores con Hugo, sobre todo por las magníficas oportunidades de caza que se pueden dar en este más que excelente coto.

Poseedor de una rica fauna mayor compuesta por ciervos Rojos, ciervos Dama-Dama, muflones Black Face, antílopes negros, búfalos de la India, jabalíes, pumas, además de una fauna menor sumamente abundante como son las liebres, zorros, peludos y grandes bandadas de palomas.

Las instalaciones son de primer nivel y con capacidad para albergar a varios cazadores simultáneamente.

Uno de esos memorables atardeceres pampeanos, con las sombras de los caldenes recortándose sobre un rojizo cielo, nos traían reminiscencias de hermosas cacerías, mientras se preparaba un gran fuego, prometiendo un asado «machazo» y luego la consabida tertulia de sobremesa con las anécdotas de interminables cacerías, armas, proyectiles, recargas…

El objetivo era cazar un ciervo Dama, de los cuales habían tropas muy grandes con muy buenos ejemplares y además probar suerte con los jabalíes, que también son sumamente abundantes y algunos muy grandes, «invernados» al decir de un paisano que nos contaba por donde podíamos encontrar al «grandote», que desde hacía bastante tiempo andaba haciendo de las suyas.

Antes de las seis, de una de las mañanas más frías que recuerdo, ya estábamos desayunando mientras preparábamos la estrategia con Hugo, nuestro guía.

En plena oscuridad iríamos en camioneta hasta un determinado lugar y desde allí iniciaríamos nuestro rececho a pie, por dentro de un monte bastante enmarañado, que rodea a grandes planicies donde es posible detectar a los Dama comiendo antes del amanecer y antes de que se retiren a sus encames, durante las horas diurnas.

Los movimientos en plena oscuridad y dentro de ese monte eran muy lentos, y cuidábamos de no hacer ruidos con las ramas, de esa manera nos íbamos acercando mientras esperábamos la claridad del día para poder usar nuestros binoculares, herramienta imprescindible en este tipo de lances.

Para esta oportunidad mi equipo elegido era un Ruger .300 Winchester Mágnum, con recargas propias, puntas Barnes Triple Shock de 150 gr con pólvora IMR-4350, que en los ensayos en el Tiro Federal se comportaron a la perfección, obteniendo una agrupación de cinco disparos en dos pulgadas a 150 metros, pero nunca había usado estas puntas en cacería, de manera que era toda una novedad y una nueva experiencia para mí y mis acompañantes. Además contaba con una telescópica Leupold variable de tres a nueve aumentos y unos binoculares Swarovski de 8,5 X 42 de una definición superlativa.

Aclaraba y ya podíamos distinguir algunas formas, y al despuntar el sol pudimos divisar un pequeño grupo de ciervos pastando en medio de una pradera muy lejos, estimábamos unos dos mil metros más o menos, nosotros estábamos el lo alto de un monte y ellos en el valle.

Llegamos hasta el borde del monte que nos ocultaba y ya no podíamos avanzar más, pues seríamos detectados. El viento lo teníamos de frente, estaba a nuestro favor pero si salíamos al claro nos verían de inmediato de manera que decidimos dar un rodeo muy grande, arriesgando a que el viento se nos pusiera de manera desfavorable, para poder acercarnos a distancia de tiro.

El rodeo nos llevó casi una hora, nos movíamos sin verlos, bajamos por detrás a otro valle, lo cruzaríamos y nuevamente subiríamos a una elevación desde donde esperábamos volver a tomar contacto con la tropa de ciervos. Nos movíamos con toda la rapidez que nos permitía el terreno y nuestra condición física y al llegar al punto de observación pudimos ver con desazón que los ciervo estaban más lejos aún y se movían en dirección contraria a nosotros, seguía habiendo una gran distancia de terreno muy plano con pastos muy bajos entre los ciervos y nosotros.

El sol ya estaba muy alto y los ciervos muy lentamente pero sin detenerse se alejaban cada vez más.

Hugo me dice que lo mejor sería no alborotar más la zona y esperar al atardecer para repetir la estrategia, pero entrándoles desde el oeste y no del este como habíamos intentado esta mañana. De modo que así lo hicimos y regresamos hasta la camioneta que estaba bastante lejos.

Luego de almorzar y descansar un rato, estábamos en la posición planificada a las cinco de la tarde, un poco antes de la hora en que se ponen en movimiento los ciervos.

Nuevamente vimos una pequeña tropa a unos quinientos metros, eran varias hembras con dos machos muy jóvenes, de manera que luego de acercarnos por dentro del monte, decidimos alejarnos sin que nos vieran para no alarmarlos.

No tuvimos suerte esa tarde tampoco, ya prácticamente de noche yo insistía en seguir buscando, pero Hugo con un conocimiento muy grande de la zona y de los movimientos de los ciervos, me aseguraba que ya no había caso, que debíamos regresar y volver mañana a intentar nuevamente.

Esa tarde Pepe visitó los apostaderos sobre algunos charcos con agua y barro, y nos comentaba que habían muy buenos rastros, sobre todo donde nos había indicado Hugo. Debajo de un alambre había una «pasada» o «portillo» por donde cruzaban los chanchos, y el tamaño hasta donde subía el alambre indicaba la alzada de un jabalí descomunal, según contaba Pepe, y por los largos años de experiencia que se que tiene, es palabra autorizada para adelantar un diagnóstico.

De manera que luego de una cena temprana, ellos irían a acechar a ese gran jabalí, mientras yo prefería descansar, para seguir tras los ciervos a primera hora de la mañana, además no cambiaría jamás un rececho de día en el monte tras los ciervos por muchos acechos nocturnos, pero no reniego de ellos.

Debo destacar la capacidad técnica y física de Hugo, nuestro guía, es incansable, esa noche no entró el «grandote», pero sí un padrillo de muy buen tamaño, al que Pepe lo acostó con un magnífico tiro de un 30-06 en el cogote, de manera que tuvieron tarea casi hasta las tres de la mañana y a las seis nuevamente estábamos preparándonos para ir tras los ciervos.

Esta vez elegimos un lugar algo más alejado, donde rececharíamos a los Damas. Dejamos escondida la camioneta bajo unos caldenes y nos pusimos en marcha a través del monte espeso mientras esperábamos el amanecer. Llegamos a un punto elevado desde donde podríamos ver una amplia zona cuando las condiciones de luz lo permitieran, de manera que nos sentamos a esperar la salida del sol; el frío era realmente insoportable, las manos las sentía heladas por más que tenía guantes, y el viento en la cara nos hacía soltar cada tanto algunas lágrimas, pero es la cuota de sacrificio que supongo, exige San Huberto, antes de conceder al cazador el trofeo buscado, además como digo siempre: «Quien no da nada a cambio, no merece ningún respeto…».

En cuanto aclaró pudimos divisar una tropa bastante grande de ciervos Dama, a unos mil metros de distancia, y nuevamente iniciamos nuestro acercamiento siempre dentro del monte sin mostrarnos. Cuando nos pusimos a unos quinientos metros, pudimos ver claramente dos buenos machos en el grupo; la distancia era grande para arriesgar un disparo, los ciervos se movían lentamente hacia el sur, mientras comían, las opciones eran dos: arrastrarnos unos doscientos metros por los pastos o movernos hacia el sur y esperar a que ellos siguieran caminando hacia ese lugar y no nos ventearan.

Decidimos movernos hacia el sur pero por detrás de una elevación, fuera de la vista de los ciervos, y pasaría un buen rato antes de que pudiéramos volver a verlos, de manera que mi angustia iba en aumento.

Dimos toda la vuelta y los ciervos muy lentamente se movían casi hacia donde estábamos, pero para acercarnos a distancia de tiro deberíamos arrastrarnos unos cincuenta metros hasta una isleta de monte, la cual nos serviría para escondernos y desde allí probar un disparo.

En ese trámite estábamos, ya casi llegando a la isleta de monte arrastrándonos, cuando por algún motivo que nunca nos enteramos, los ciervos emprendieron una carrera casi en dirección a donde nos encontrábamos nosotros, algo cruzados a la derecha, de manera que me incorporé y me pude apoyar en el tronco de un caldén, los ciervos venían a la carrera y de frente, todo se sucedió muy rápido y en cuanto pude meter dentro de la cruz a uno de los dos machos solté el disparo, busqué el pecho del ciervo algo cruzado a la izquierda, sentí el «tamborazo» del impacto y pude ver que dio un gran salto, luego una carrera de no más de cuarenta metros y se desplomó.

El tiro había entrado casi al frente en su costado derecho en dirección cruzada hacia la izquierda, a la entrada rompió tres costillas lo que provocó un agujero impresionante y una deformación inmediata del proyectil, tomando la forma de un hongo de casi el triple de la sección original.

Una vez trasladado el ciervo al casco de la estancia, se realizó la autopsia de rigor, y más en este caso que estábamos testeando un nuevo proyectil de última generación. Puedo asegurarles que la balística de efectos de este proyectil en el .300 W Mag. es realmente asombrosa, el grado de incapacitación es altísimo, los efectos son devastadores, los pulmones estaban separados y en forma de tiras y el hígado prácticamente no existía, era una especie de circunferencia con un agujero de unos veinte centímetros de diámetro, es un misil…

Es cierto que un ciervo Dama es de menor corpulencia que un Colorado, y que los imponderables están presentes casi siempre en todo lance, pero en mi larga carrera de cazador, pocas veces he podido ver unos efectos, sobre una pieza abatida, tan impresionantes como con este proyectil.