Manuel, los furtivos y otros (VI)

Rayón

 

La historia que les voy a contar es de principios de la década de los sesenta, de cuando Manuel tuvo algunos encuentros con un mítico y famoso furtivo de Sierra Morena, con Bernabé. Este hombre era de un pueblo cercano al de Manuel, pero como en aquel pueblo donde Bernabé vivía había poca sierra, la caza la practicaba por la zona donde Manuel tenía por entonces su casa, de ahí estos encuentros que les voy a contar.

Bernabé era un hombre sumamente delgado y muy alto, demasiado alto diría yo para aquella época en que cuando niños no se tomaban Danones ni complejos vitamínicos de bote. Su piel era muy rugosa y estaba más que curtida por los aires y fríos de sierra Morena, y su carácter era sumamente serio, hasta el punto, que había quien tenía miedo a hablar con él, ya que según decían nunca se sabía si estaba contento o enfadado. Y luego estaba su forma de vestir, que era muy fúnebre, pues tanto su ropa como la gorra de visera que siempre llevaba puesta eran de color negro, algo que si no lo conocías te hacía sentir casi miedo cuando te lo encontrabas durante la noche en la sierra, debido a lo peculiar de su figura.

Otra cosa que tenía Bernabé es que cazaba siempre solo, jamás le gustaba salir a la sierra con nadie y, aún menos, juntarse en ella con alguien aunque solo fuera para hablar si no era de su total confianza. La verdad es que era un hombre bastante raro, aunque según decían, esto se debía a la cantidad de “mordiscos” que le había dado la vida y a lo escarmentado que había quedado de ellos, de ahí que no sólo en la sierra tuviera este comportamiento, sino también en el pueblo, donde en las tabernas siempre se tomaba el vino solo.

Bernabé además era un hombre que aunque no hablaba demasiado, cuando lo hacía se le entendía a la perfección. No tenía pelos en la lengua a la hora de decirle a alguien algo por desagradable que fuera, pues según decía, era mejor la vergüenza en la cara que el dolor de corazón. Tan claro era a la hora de decirle las cosas a cualquiera, que llegó un momento que los guardas de aquella zona de sierra pasaban de él, incluso los civiles, que casi siempre se hacían los tontos cuando lo veían en la sierra cazando, pues cuando lo cogían tanto unos como otros, siempre les decía igual, que si no querían que se ganara la vida de esa manera que le dieran trabajo, que si así lo hacían a él no le importaba pegarle un golpe a la escopeta y romperla e incluso regalársela, pero que si no le daban trabajo, tampoco intentaran darle un golpe a su escopeta ni pedírsela, pues al que le diera el golpe le daba él otro, y al que se la pidiera tampoco se la iba a dar mientras tuviera vida para defenderla, ya que la escopeta era lo único que tenía para ganarse la vida y que su familia no pasara hambre. Aunque alguna vez incluso se comentó que lo habían encerrado y que al final lo habían soltado, pues además de no tener nada a que echarle mano sabían muy bien que lo que decía era verdad, que era el único medio que tenía para salir adelante tanto él como su familia.

El primer encuentro que tuvo Manuel con este furtivo en la sierra fue un día que iba a ponerse de espera a un vado del río por donde tenía visto que lo cruzaban bastantes marranos. Aquel día, aunque Manuel salió de su casa con tiempo para llegar a buena hora al puesto, al pasar por “Juan de las Vacas” se encontró con Enrique “Trompetas”, que estaba pasando unos días en el cortijo con el hombre que tenía su padre contratado para cuidarle los olivos, pues como había suspendido no se cuantas asignaturas, su padre lo había castigado a que estuviera allí trabajando a ver si así le entraban ganas de estudiar. Enrique al ver a Manuel le dijo que entrara al cortijo, que lo invitaba a un “trepachulos”, que era como le llamaban ellos a los “cubatas” que les ponía el “Piti” en el bar de la plaza cuando eran bien cargaditos de ginebra y con poca Coca Cola. Aunque Manuel se resistía a pasar al cortijo porque conocía a Enrique muy bien y sabía que lo iba a entretener más de la cuenta, al final entró y se tomó el “trepachulos”, lo que hizo que saliera de allí hacia el puesto demasiado tarde, tanto que vio que si no corría río abajo iba a llegar de noche.

Cuando Manuel iba llegando al puesto, al que le llamaban el de la “piedra blanca” debido a que justo al otro lado del río el guarda había blanqueado una piedra muy gorda para luego escribir con letras negras y grandes la palabra coto, se dio cuenta que se le había hecho ya de noche, así que con las prisas se acercó hasta él sin mirar nada, hasta que estaba a menos de un metro, que fue cuando Bernabé se levantó de la mata donde Manuel se iba a sentar.

Imagínense la situación, de noche y despistado perdido que se te levante un tío del interior de una mata cuando estás al lado de él y encima sea más grande que una torre y mucho más negro que las bolitas de un grillo, a ver si no es para llevarse un susto de muerte como el que se llevó Manuel, que hasta se cayó de espaladas al suelo. Aunque al final casi más que Manuel se asustó Bernabé, que acabó tirándose de cabeza al interior de la mata al ver la reacción del chaval, pues al caerse Manuel de espaldas y sentarse en el suelo, lo hizo encañonando de manera instintiva y sin saber porqué a Bernabé. Aunque la verdad es que aún encañonándolo como lo encañonó no hubiera pasado nada si hubiera apretado el gatillo de la planilla del 16, pues era de perrillos y los tenía sin montar.

Bernabé desde el interior de la mata le gritó a Manuel que estuviera tranquilo, que era él, que no pasaba nada. Hasta que de nuevo asomó la figura de Bernabé por encima de la mata, que fue cuando Manuel, aún pudiendo ser por edad aquel hombre su abuelo, le empezó a echar una bronca de la leche. Le dijo que parecía hasta mentira que un hombre con la experiencia que tenía él en la sierra hubiera hecho aquello, que si no sabía de sobra que cuando una persona durante la noche se acercaba a un puesto ya ocupado, el que lo ocupaba, o bien salía zumbando de él si el que llegaba era el guarda u otra persona que no quería que lo viera, o bien tosía o hacía algo para que lo detectara antes de llegar hasta él, ya que lo último que se podía hacer era meterle un sobresalto así a una persona a la que por darle le podía dar hasta un infarto del susto.

Después casi acabaron en una fuerte discusión, pues Bernabé le dijo a Manuel que la culpa de todo la había tenido él, que dejara ya de decir tonterías, que cuando lo había visto no le había dado tiempo de nada, que bajaba por la vereda más deprisa que una moto, por lo que había pensado que iba a pasar de largo, y que cuando lo vio bajar desde la vereda hacia el puesto, que no había más de diez pasos, tan solo le había dado tiempo a pensar que de la forma que llegaba lo iba a atropellar y aplastar dentro del puesto, que menudas maneras llevaba.

Cuando los dos se calmaron, Manuel le dijo a Bernabé que ya que estaba él allí, se iba a bajar a poner al “Vado del Chaparro”, por donde seguro estarían pasando también el río los marranos hacia las zonas de encinas a comer bellotas. Cuando Manuel se marchaba, Bernabé le dijo que si no había tirado ninguno de los dos a las doce, que se quitara y se subiera hasta donde él estaba, que allí lo esperaba.

Manuel tomó río abajo a ponerse al “Vado del Chaparro” como le había dicho a Bernabé, pero no por la vereda, sino por fuera de ella pisando hierba para no hacer ruido al chasquear con los pies la arena del camino, pues a la hora que era podía haber algún marrano “movido” por la solana de enfrente y lo podía escuchar y espantarse.

Cuando llegó al puesto y se sentó en él empezó a mirar la solana de enfrente, dándose cuenta, que al no estar ésta muy poblada de monte, y encima con la luna que había, si bajaba un marrano hacia el río a cruzarlo lo iba a ver mucho antes de que llegara.

A la media hora más o menos de estar puesto escuchó un ruido en la solana que le hizo recorrerla o barrerla con la vista de arriba abajo, viendo como un marrano bajaba con cierta prisa hacia donde él estaba. Aunque de vez en cuando, aún bajando al trote y con ciertas prisas aquel animal, se paraba y con la cabeza en alto hacía una escucha y observación visual de la zona. A Manuel ya le empezó a galopar el corazón más deprisa de lo normal, pues veía que en muy poco tiempo iba a tener el marrano, que además se veía bastante grande, justo delante de él y al alcance de su planilla. Pero al final no fue así, pues cuando el marrano estaba a unos cincuenta pasos del río se paró, y al reanudar la marcha de nuevo, en vez de dirigirse a cruzarlo lo que hizo fue coger río arriba por la orilla de enfrente. Manuel lo siguió escuchando subir río arriba, por lo que pensó que lo más seguro es que el marrano fuera a pasar por el vado donde Bernabé estaba puesto. Y así fue, pues al ratito soltó Bernabé un tiro que a Manuel le pareció que se lo había soltado en la misma oreja, por lo que pensó que al marrano le había tirado hacia abajo, hacia donde él estaba, de ahí que escuchara ese pepinazo. Aunque la verdad es que tampoco le quedaba duda alguna de que lo había tirado así por las dos o tres postas rebotadas que escuchó pasar por delante de él sesgadas hacia arriba por la solana silbando más que el pito de un afilador.

Manuel dejó pasar un rato y después tomó río arriba en busca de Bernabé, pues ya tenía casi seguro que después del tiro y con lo castigados que allí estaban los marranos no iba a entrar otro. Cuando llegó donde Bernabé estaba lo vio en plena faena con el marrano, al que tenía destripado y con media piel quitada.

Después de fumarse un cigarro y de los típicos comentarios del lance, Bernabé empezó a quitarle al marrano los jamones, las paletas, los lomos, los solomillos y toda la carne que pudo, con la que hizo dos montones iguales.

Aunque Manuel se dio cuenta del motivo de los dos montones de carne, a Bernabé no le dijo nada hasta que éste le dijo a él que metiera uno de los dos, el que más le gustara, en el morral. Al decirle Bernabé aquello a Manuel, le contestó que el no se llevaba carne, que se la llevara él toda, que todavía le quedaba en casa del último marrano que había matado. Manuel le dijo a Bernabé que no quería carne no porque aún le quedara en casa de otro marrano, sino porque sabía muy bien la necesidad que Bernabé tenía del dinero que le pudieran dar por ella y porque sabía también que aquello era su única fuente de ingresos. Aunque la verdad es que no solo de Bernabé no quería parte de la carne, sino de ningún otro furtivo con los que de vez en cuando se juntaba en la sierra, ya que tenía claro que para ellos la carne era su medio de vida.

Cuando acabaron de los tiras y aflojas de la carne, Bernabé la echó toda a su morral tal como le había dicho Manuel que hiciera, y juntos tomaron río arriba hasta la “Pasá de los Baileneros”, que fue donde se despidieron y cada uno se marchó hacia su casa.

Después, aunque Manuel cazaba casi a diario por aquella zona de Sierra Morena donde vivía, pasó mucho tiempo sin ver a Bernabé por ella, casi un año. El día que volvió a verlo, Manuel iba cazando conejetes acompañado por su podenca “Diana” por la umbría de Burguillos que daba al río y, al mirar hacia abajo, lo vio sentado en el suelo recostado sobre el tronco de una encina centenaria que había en la orilla del río.

A Manuel aquel día le extrañó mucho ver junto a Bernabé un perrete, pues tiempo atrás le había dicho que un furtivo no se podía permitir el lujo de llevar un perro en la sierra junto a él por lo que “cantaba”, que dos de las veces que lo habían cogido en la sierra había sido por un perro que tenía, que la primera fue un guarda al que vio venir desde largo, y aunque se escondió de él en una mata, cuando ya había pasado sin verlo, al jodido perro, que lo tenía sujeto junto a él, no se le había ocurrido otra cosa nada más que liarse a ladrarle al guarda, algo que le hizo llegar al hombre hasta la mata donde estaba escondido y cogerlo casi del cuello.

La segunda vez fueron los civiles, a los que también vio con tiempo para esconderse de su vista debajo del “Puente de las Viñuelas”, pero también ese día el perro se la lió bien liada, pues cuando éstos pasaron cerca, como también llevaban un perro, el suyo se le escapó de las manos y no se le ocurrió otra cosa nada más que salir de debajo del puente a hacerle fiestas al de los civiles. Pero lo malo no fue que el perro saliera de allí, sino que al regañarle los civiles para que dejara tranquilo al de ellos, salió corriendo con el rabo entre las patas a meterse debajo del puente a resguardarse de la regañina junto a Bernabé, lo que hizo que al momento asomara un tricornio por cada lado del ojo del puente y lo pillaran con el morral hasta arriba de carne.

Cuando Manuel bajó umbría abajo y se juntó con Bernabé en la orilla del río, tras saludarse, le preguntó que hacía allí a esa hora y tan tranquilo, sin escopeta y encima acompañado por un perro, a lo que Bernabé le contestó que después de haber tenido una pierna jorobada durante bastante tiempo había cambiado la forma de cazar, que ya no cazaba reses con la escopeta, sino menor con trampeo, pues entre la pierna y la edad que ya tenía, le costaba la misma vida ir hasta donde se podía matar un ciervo y luego volver hasta el pueblo con él cargado, y que los marranos que podía matar por aquellas cercanías le costaba mucho venderlos, que la gente cuando su mujer iba por las casas a vender la carne le ponían muchas pegas debido a las dudas que tenían sobre que les hubiera hecho las pruebas de la triquinosis o no y, que además, los bares a los que antes de vez en cuando también se los vendía, cada vez, aprovechándose de la situación, se los pagaban peor, que más o menos parecía que querían que se los regalara. Después le siguió comentando, que sin embargo la caza menor cada vez la vendía mejor y a más precio, que la gente “tiraba” más de ella.

Por otro lado le dijo a Manuel, que la escopeta en la sierra cada vez era más comprometida, que los civiles si no la llevabas hacían todo lo que podían la vista gorda cuando te veían en la sierra o de vuelta de ella hacia el pueblo, pero que si ibas con la escopeta jamás la hacían, que si te pillaban con ella no te valía, que últimamente parecía que era a lo que más alergia le tenían y lo que más perseguían, debido a las quejas que recibían de los propietarios de las fincas de caza mayor, que de ahí venía tanta presión por parte de los civiles a los de las escopetas.

También le dijo a Manuel aquel hombre, que aparte de todo lo anterior, la caza menor con trampeo era mucho más tranquila y bastante más apropiada para su edad, que él ponía los cepos y lazos para los conejos por la tarde y con darle una vuelta por la mañana para quitarles los pillados tenía de sobra y, que los perchones y trampas que ponía para las perdices, con darles una vuelta al anochecer para quitarles las que hubiera pilladas para que durante la noche no se las comieran los zorros, también era suficiente, que con eso cogía diez o doce conejos al día y dos o tres perdices, con lo que tenía más que de sobra para ganarse el jornal y seguir tirando sin tener que pasar las penurias y calamidades que antes pasaba con las reses.

Manuel, después de haber escuchado lo que Bernabé le había comentado, acabó diciéndole, que no se podía creer que hubiera renunciado de esa forma a la escopeta sabiendo como sabía lo que había significado para él durante toda su vida, que le costaba mucho trabajo creérselo. Bernabé, sonriendo como pocas veces lo hacía, le dijo a Manuel que tampoco era que la hubiera tirado a un pozo ni nada de eso, que como su escopeta era “mora”, de las que no tenían papeles, la tenía muy cerca de allí liada en un plástico y escondida junto con un puñado de cartuchos en la raja de una piedra por si algún día le picaba mucho el gusanillo y le hacía una espera a los marranos, pero que podía tener seguro, que si no le picaba demasiado, posiblemente se pudriría allí en la raja de la piedra sin tocarla, que lo único que le recordaba la jodida escopeta eran malos ratos en la sierra. También le dijo a Manuel, que la caza que él practicaba era divertida y para disfrutarla, pero que la que practicaba un furtivo jamás era como esa, que era una caza que siempre estaba envuelta en disgustos, penurias de todas clases y berrinches, así que la escopeta, si no cambiaba la cosa, que lo veía difícil que cambiara, lo podía esperar mucho tiempo allí donde estaba escondida.

Cuando llevaban más de una hora hablando, Manuel le dijo a Bernabé que tenía que marcharse, así que tras un cariñoso saludo de despedida se marchó para su casa y ya jamás volvió a ver ni a saber más de aquel legendario y mítico furtivo de Sierra Morena, un hombre que aún siendo eso, furtivo, supo ganarse el cariño de la mayoría de los serreños de aquella zona donde cazaba, por lo que fue respetado y querido por casi todos. Incluso por los civiles y guardas de caza, pues muchos de éstos últimos en noches de climatología muy adversa, le brindaron los pajares de los cortijos para que durmiera resguardado de las lluvias y fríos del crudo invierno.


Un afectuoso saludo.

Rayón.