El día tenía mala pinta

Munchausen

 

Cuando llegamos al campo llovía suavemente y hacía un viento fuerte, en esas condiciones recechar entre el monte es poco agradable y, por buena ropa y calzado que lleves, terminas como una sopa y de barro hasta las orejas, a pesar de que soy un tipo bastante clásico en mis gustos, en esas condiciones saqué un rifle con culata de fibra negra, feísimo, un Weatherby del 300 W. Mg. con una lente Zeiss de 2,5 a 10 X 50.

Dicen que los gitanos no quieren ver a sus hijos con buenos principios, y por lo visto eso es aplicable a los días que amanecen feos, receché todo el día con un guarda, no paramos ni a comer ni a beber, para eso último con abrir la boca cara al viento bastaba, terminamos empapados y con una paliza más que regular, pero recuerdo pocos días más divertidos de caza, cobré tres venados selectivos, el último a la 19,15 h. lo encontramos buscándolo con linternas, no lo pudimos sacar y lo han sacado esta mañana, según me han dicho entre los cochinos y las zorras han dejado medio venado, tuve metido en la lente un cochino espectacular, estaba lejos pero si hubiera tenido en vigor el permiso, que ahora está en tramite pues venció hace unos días, me hubiera arriesgado a tirarlo, más tarde nos salió a veinte metros otro cochino algo más pequeño que el anterior pero también grande y con unos colmillos que se veían importantes.

Mi acompañante tiene la misma teoría que Justo Cuadros, el que fue primer Guarda Mayor de Cazorla, que decía que la caza mayor la matan los prismáticos y el culo, el nuestro dice lo mismo de otra manera:

—Si nos movemos nosotros nos ven las reses, si nosotros nos estamos quietos se mueven ellas y nosotros las vemos.

A pesar del viento y el agua nos colocamos en unas piedras altas, que dominan dos laderas sobre un barranco profundo, ideal para que las reses se protejan del viento, al poco tiempo descubrí un venado muy bueno en la ladera de enfrente:

—Mire qué venado más bueno tenemos enfrente, justo al lado de la sabina donde usted me cobró a «El Rubio».

—Sí, Sr. Barón, lo veo y es un buen venado, pero ese no es el venado de ese sitio, para mí que es un intruso.

Lo era, pues al momento salió del monte otro venado, magnífico, que se lió a darle cornadas en las ancas al intruso, se lo llevó corriendo por delante lo menos medio kilómetro, le dije al guarda:

—Puñetas E., qué mal genio gasta su amigo el dueño y señor de ese territorio.

A costa de la carrera de los venados se levantó el gran guarro, lo estuvimos viendo un buen rato, paso a paso se cambió de encame, abultaba una barbaridad, incluso en los pegotes de monte espeso le veíamos el lomo y cuando cruzaba un claro parecía un novillo, como resistí la tentación todavía no me lo explico, pues los consejos de mi compañero de fatigas no podían ser peores.

—Tírele, que usted, bien apoyado en la vara y con los codos en las rodillas, con ese rifle es muy capaz de darle y donde estamos no se enteran ni las águilas, tírele que un bicho como ese no lo volvemos a ver en años.

No lo tiré… pero casi me arrepiento de no haberlo hecho, creo que sólo fue por aquello de que un jefe no debe de dar mal ejemplo y no puedes exigir honradez sino la practicas, sólo esa consideración me paró pues desde luego ante tamaño animal de las leyes de caza ni me acordé.

Al poco rato nos pasaron careando por el fondo, a unos 150 m. unas ciervas con algunos varetos y tres venados, uno de ellos selectivo, lo tiré cuando cruzaba un pequeño claro, le rompí la columna por los riñones, tocaba bajar a por él para rematarlo y sacarlo, si llegó a saber lo que nos esperaba creo que lo tira una tía abuela de Calderón de la Barca, pero desde luego yo no, aquellos 150 m. que desde arriba no parecían gran cosa fueron difíciles de bajar, pegando resbalones por la tierra mojada y teniendo que romper el monte cerrado, tras un disparo de remate, sacar el venado fue un infierno, sudamos más que en una sauna y eso que el termómetro del coche no subió de los 6º en todo el día, cuando finalmente lo dejamos a la vera de un camino donde se podía cargar en el remolque, éramos dos tipos asquerosamente sudados y llenos de arañazos, al llegar al coche nos lavamos, con el agua de un bidoncito que siempre lleva en él el guarda, y yo aporté unas toallitas de colonia para desinfectar los peores arañazos, descansamos un cuarto de hora sentados en el coche sin siquiera decirnos palabra.

Tras el disparo y el trasiego decidimos cambiar de zona, por el camino como conducía el guarda yo vigilaba el entorno, vi cómo desde la cuerda descendía un pelotón de siete venados, le avisé, nos bajamos, saqué el rifle y siguiendo, con serias dificultades, a mi acompañante que anda y salta como una cabra montes, logramos cortarles el camino y ponernos a tiro, dos de los venados eran selectivos, elegí el que parecía peor y… posiblemente por el ruido que yo metía, rompiendo monte cual elefante cabreado y resollando como un caballo que acaba de correr el Derby, los venados se enteraron de nuestra presencia y arrancaron a correr como solo ellos saben hacerlo cuando les entran las prisas, volaban, a pesar de su velocidad, de mi mala respiración de mis pulsaciones alteradas y de los árboles que se ponían por medio, todavía no se como, le coloque una bala en pleno codillo, dio cuatro pasos y cayó muerto:

—Joder Sr. Barón que se lo había dicho, que usted era capaz de haberle pegado un tiro a aquel guarro enorme, que ya podía haber gastado usted la bala en él y no en este venadete, que este lo habíamos cobrado igual a la semana que viene y ese guarro… no lo volvemos a ver, que un guarro así es como la lotería que o no toca nunca o solo toca una vez en la vida…

Ánimos que dan los amigos en algunas ocasiones.

Las aventuras del día no habían terminado, o yo no sería Munchaussen, ese venado estaba mucho más fácil de sacar, nos pudimos acercar con el coche a cincuenta metros y además solo había que arrastrarlo cuesta abajo, coser y cantar, y así fue hasta que ya a punto de llegar arrastrándolo hasta el camino, escuchamos un tropel en nuestra dirección y la inconfundible conversación de una partida de cochinos chicos, nos quedamos como la mujer de Lot, dos humanos estatuas de sal y un venado que ya no movía nada sin necesidad de sal alguna, cinco preciosos rayones aparecieron entre el monte derechitos a nosotros, se agolparon muy juntos en la otra cuneta del camino, mirándonos con curiosidad, afortunadamente el rifle colgaba de mi hombro derecho y mi mano de ese lado quedaba oculta para los bichillos, muy despacio y con gran suavidad, gire la anilla de los aumentos al mínimo y fui descolgando el rifle a cámara muy lenta, esperaba que de un momento a otro sucediera lo que tenía que suceder, y sucedió, el cloqueo de la jabalina a nuestras espaldas, estábamos exactamente entre ella y su familia, y ella lo sabía, el guarda me dijo al oído en un susurro:

—Sr. Barón, ésta nos pega una carrera que nos enciende y además para colmo nos domina en altura, cuando venga suelte el venado moviéndolo fuerte y corra usted para la derecha que yo lo haré para la izquierda.

—Mejor ni se mueva, ella sabe donde estamos y como se arranque a mí me pilla seguro, por lo tanto si sucede no corra, tírese al suelo, a la cuneta, que yo ya tengo el rifle agarrado y sin el seguro, lo siento por los rayones pero se quedan huérfanos.

Nuevo cloqueo de la guarra, movimiento entre los de la librea, arrancan a caminar y cruzan el camino, pasan a nuestro lado, uno me huele las botas otro mete el hociquillo en la herida del venado, tres pasas entre el venado y el guarda por debajo del brazo con el que tiene agarrada la cuerna, la cochina insiste en un cloqueo más rápido y más perentorio, los pequeñajos acatan las ordenes y se reúnen con ella, cuando los tiene a todos a su lado los empuja en dirección contraria a la nuestra y los hace correr, nos volvemos a mirar y:

—Coño, Sr. Barón, la suerte que le hemos echado, era «La Manca», por eso nos se nos ha echado encima, corre muy mal cuesta abajo.

«La Manca» es una vieja conocida, lleva años en casa, capitanea una partida de cochinas y su minusvalía, le falta prácticamente entera la mano izquierda, le ha dado unas especiales facultades para no meterse en líos, la hemos visto muchas veces casi siempre de lejos y con prismáticos, jamás entra a una espera, es la primera vez que la tenemos tan cerca, se conoce que al sacar el venado hemos cortado el camino a la familia, afortunadamente los cochinetes no se han asustado nada y no han chillado, si uno de ellos llega a hacerlo «La Manca», a pesar de su problema para bajar cuestas, nos carga y con el tamaño y la boca que tiene nos podía haber dado un disgusto mientras nosotros se lo dábamos a ella; fue un momento tenso pero una vivencia maravillosa, no creo que al guarda lo hubiera podido coger «La Manca», él es ágil como un gato y ella tiene mermadas las facultades, pero a mi seguro que me agarra, tenía pensado interponer el cuerpo del venado, al que tenía agarrado por la cuerna con la mano izquierda, mientras que le disparaba a bocajarro con la derecha, de todos modos sucedió lo mejor que pudo suceder, en caso de habernos cargado es probable que hubiera logrado evitar los mordiscos de la cochina pero no que el 300 disparado a una mano me rompiera algún dedo; la adrenalina emborracha y en ese caso la borrachera nos produjo risa, estoy seguro que el guarda si está solo en esa situación en dos saltos se pone en la copa de un árbol, aguantó a pie firme por no dejarme solo y le di las gracias:

—Bueno pues sí es verdad que yo habría subido a un árbol antes de que me llegase la guarra, pero a usted no lo veo yo trepando como los macacos, por eso le propuse correr cada uno para un lado dejando el venado ante la cochina, es probable que la hubiéramos desconcertado lo suficiente, pero su idea me pareció mejor… para usted.

Aviamos los dos venados, los cargamos en el remolque, y nos fuimos con la música a otra parte, como la comida y la bebida la teníamos en el coche de mi hermano y estaba en la otra punta de la finca, tuvimos que elegir o dejábamos la caza y nos íbamos a reponer fuerzas o dejábamos la pitanza y continuábamos cazando, habíamos venido a cazar y eso hicimos continuar cazando, dejamos el coche, había dejado de llover pero hacía más frío, cambiamos las chaquetas de agua por otras más abrigadas y salimos cara al viento, caminando por un terreno bastante llano aunque con un monte pardo muy apretado, buscábamos un valle muy abrigado y muy querencioso para las reses al atardecer, de pronto el guarda me agarra por el brazo y se pone el dedo en los labios mientras me señala un punto con los ojos, frente a nosotros, en el medio de una especie de jaula de encinas un guarro de buen tamaño, con unos colmillos que le blanquean y le forman un buen bulto a cada lado de la boca, nos mira sin mover siquiera una oreja, está a unos veinte metros, como al de la mañana no debo de tirarle, tampoco es fácil que le llegue la bala a donde está, se le ve bien pero tiene muchas ramas en su entorno, subo con cuidado los prismáticos y el cochino aguanta, lo miró y con los 10 aumentos de los Zeiss le puedo contar hasta los pelos del bigote, es un tío, noto como arruga la nariz tirando con ganas del aire, intentando sacar por él que bichos raros son aquellos que tiene delante, no puede, el viento es fuerte y nos da a nosotros en la cara, nos aguantamos mutuamente un rato, por un instante gira un poco la cabeza y le puedo ver mejor los colmillos, son francamente buenos, sus ojillos no se apartan de nosotros, clavados, puede que no vea muy bien pero se fija una barbaridad, y tiene una mirada muy seria, de repente le noto como un temblor en todo el cuerpo, se tensa como un muelle, pega un bufido de esos que hace a las ciervas abandonar el campo y callarse hasta a los arrendajos, gira sobre sus cuartos traseros y sale escopetado con el rabo como una antena, enseñándonos impúdicamente sus vergüenzas, probablemente para provocar nuestra envidia, no entiendo que puede haber provocado esa reacción, me vuelvo hacia el guarda para preguntarle, no hace falta que lo haga, se entiende fácilmente, el tipo ha sacado un pitillo y lo está encendiendo:

—Es que como usted se ha vuelto tan mirado para eso de los papeles no merecía la pena aguantarse las ganas de fumar, coj… que día lleva, ni soñando vuelve a tener uno igual, dos guarros como los de hoy no los vuelve a tener delante «tan seguíos» ni aunque viva cien años, puede que el otro fuera mayor, pero colmillos como los de este mozo, difícil, difícil.

—Pues sabe lo que le digo, que al otro es posible que le hubiera dado pero a este era dificilísimo, no hubiera aguantado lo suficiente como para descolgar el rifle y llevármelo a la cara y de todos modos siempre hemos tenido por medio un montón de ramas de carrascas.

—Ramas, ramas… los huevos es lo que nos ha puesto por medio el jodío…

Menos mal que en lugar de la carabina lleva colgados al hombro los catrecillos, el suyo y el mío, si llega a llevar al carabina creo que la hubiera usado contra mí y menos mal que no le gusta nada la carne de jabalí, si le llega a gustar yo creo que me pide la cuenta sobre la marcha, de todos modos algo tendré que hacer para contentarlo y que deje de rezongar por lo bajines.

Llegamos al valle que era nuestro destino, nos dirigimos a un puesto de monte que tenemos hecho desde hace años, que lo domina muy bien, colocamos los catrecillos, nos sentamos y a esperar, poco a poco van saliendo ciervas, me gusta ver que andan en familias, no en pelotones, esa es la ventaja de hacer caza selectiva y no matarlas en batidas indiscriminadas, cuando matas las matriarcas te cargas las jerarquías, descompones el equilibrio y las ciervas se agrupan en rebaños, lo que es malo para ellas y fatal para la flora, esos rebaños arrasan por zonas, empezando siempre por lo mejor, si las ciervas se mantienen en grupos familiares, con la inclusión de algún venado, el aprovechamiento es mejor y más ordenado, puede que eso que llaman descaste de ciervas, sea preciso en algunos casos pero es una barbaridad como la copa de un pino, he ido a muchos, siempre tiro crías o gabatas de año, y procuro inculcar esa idea a los que me quieran escuchar, no siempre logro convencerlos.

Ya con muy poca luz el valle tiene reses por todos los lados, machos y hembras, hay un venado malo de cuerna y flaco, cuando este año las reses están gordas y lozanas, como el terreno es llano es muy difícil poder tirarle sin correr el peligro de matar además otro animal no deseado, llevo un buen rato con el rifle sobre la horquilla buscando el momento oportuno, finalmente ya casi sin luz, a las siete y cuarto de la tarde, lo veo en un margen pastando el solo y sin ningún animal tras él, la distancia es de unos ciento ochenta metros, pero la Zeiss puesta en 10X me permite ver perfectamente y su cruz aparece clara y quieta sobre las costillas, aprieto el gatillo y el venado pega un salto al tiempo que suelta una coz, se mete en el monte corriendo como si no le pasara nada.

Recogemos los catrecillos y sacamos las linternas del morral del guarda, yo solo llevo el rifle, las balas, los prismáticos y la vara, con eso y con mi nada humilde persona ya llevo peso suficiente, llegamos al sitio del tiro, ni gota de sangre, rastros a mansalva, difícil saber cual es el del venado herido, el guarda me dice que no encienda la linterna, que él quiere ver las cosas al natural y las ve:

—Estos «esbarrones» son los del venado, mire qué abierta marca la pezuña.

Los seguimos, los perdemos, vuelta al principio, vuelta a seguirlos, vuelta a perderlos, ya nos se ve ni a un cura en un montón de nieve, finalmente enciende su linterna y yo la mía, tropezamos menos pero adelantamos poco, hasta que:

—Pare usted un momento, creo que nos hemos dejado atrás el venado, el aire me trae olor a sangre.

Yo he encontrado algún venado herido por su olor, mi mujer bastantes para eso parece un perro, pero en este caso el olor a venado no servía de nada, todo el monte apestaba a venado, mi compañero, que fuma como un carretero, era capaz de oler la sangre, echó la nariz al viento, me puse tras él y derecho como una vela me llevó hasta el venado, tenía un tiro de codillo bajo, por el tiro no daba sangre pero al caer por la nariz y la boca mucha esa es la que había olido nuestro hombre, el venado estaba muy difícil de sacar de noche, decidimos dejarlo para la mañana siguiente, nos limitamos a cortar la cabeza, sirvió para explicarnos la razón de su delgadez y mal estado, el pobre animal tenía una miasis importante, la garganta estaba llena de larvas de Oestrus Ovis, esas puñeteras moscas, zumbadoras y no punzantes, que les entran por la nariz y al cabo de varios meses salen por la boca en forma de larvas para enterrarse durante unos días como pupas y salir de la tierra convertidas en moscas que durante sus 28 días de vida buscan nuevo hospedador, normalmente lo encuentran en las ovejas, pero en ocasiones, nada raras, también en los rumiantes salvajes, solo cuando el animal es muy joven o está enfermo suponen un peligro para su vida, pero deben incordiarles cantidad.

De vuelta al coche, alumbrando el camino con esas maravillosas linternas de leds que tenemos ahora, escuchamos la bronca que tenían montada un par de machos de perdiz, hacia un frío del carajo y era noche bien cerrada, pero aquellos dos estaban encelados a tope:

—Coño, Sr. Barón, como «andan de salíos» los perdizos, si tuvieran el frío, el hambre y el cansancio que traemos nosotros encima ya se estarían «callaícos», qué jodíos, qué escándalo tienen montado.

Al llegar al coche de las viandas mi hermano y su hijo no nos habían esperado, habían empezado por su cuenta, nosotros, entre los dos y para empezar, nos bebimos un litro de consomé caliente, regado con un buen chorro de Río Viejo, el resto no estuvo mal pero el consomé y el Río Viejo nos sacaron de penas.